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Montañismo y Exploración
La epopeya del Everest
10 junio 1999

El primer acercamiento a la montaña más alta del mundo con el propósito de escalarla se realizó en 1921 por la vertiente norte, en el Tibet. Esta es la historia de las primeras expediciones al Everest, de 1921 a 1924, es el descubrimiento de la ruta norte (otra exploración de montaña), el intento sucesivo por llegar a su cumbre y, finalmente, la desaparición de Mallory e Irvine en 1924 mientras subían a la cima, lo que supondría la creación de una hombre legendario.







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CAPÃ?TULO VII

SE DESCUBRE LA RUTA

Debían acercarse al Everest desde el Este. Se impondría un rodeo de diversos kilómetros para doblar las estribaciones extremas, a fin de alcanzar el Collado Norte por su parte oriental y ver si desde allí era más accesible que partiendo de Poniente.
Entre nieve y ventisca, Mallory y Bullock desmontaron sus tiendas y dejaron el Glaciar Rongbuk el 25 de julio. Se dirigirían a Kharta, población situada a más de 80 kilómetros, a causa del rodeo, pero que caía casi al este del lugar donde se hallaban. Tal era la nueva base establecida por Howard Bury, enclavada en el extremo de un valle que bajaba hacia el este y que, a juzgar por las apariencias, arrancaba directamente del Everest. Durante el mes en que Mallory y Bullock exploraron el Glaciar Rongbuk, Howard Bury inspeccionó aquellos contornos, llegando hasta la frontera del Nepal; Morshead y Wheeler adelantaron sus trabajos geográficos; Heron se dedicó a sus observaciones geológicas; y Wollaston efectuó estudios de botánica y coleccionó ejemplares de la fauna local. Kharta sería el punto de reunión de los expedicionarios dispersos, y allí llevó también Raeburn al cabo de un mes, ya bastante repuesto; estaba animoso y decidido a contribuir, según sus posibilidades, al éxito de la expedición.
Kharta se halla a 3,750 metros sobre el nivel del mar. El clima es suave, por lo que existe allí abundante vegetación y diversos cultivos. Fue, pues, un delicioso cambio para ,Mallory y Bullock. Por sublime que fuera la región donde habían rea]izado sus tareas, la tremenda austeridad que la reviste resulta, a la larga, insoportable.
Nos hemos ya acostumbrado a oír hablar de escaladores que conquistan montañas de 6,ooo metros o más, y, como los propios alpinistas hablan tan poco de la sofocación y el mareo que se siente en las alturas, casi olvidamos el esfuerzo requerido para tales gestas. Se aclimatan a las extraordinarias altitudes, pero lo cierto es que entonces pierden el íntimo fulgor. Un hombre de ardiente espíritu como Mallory conserva aún su decisión en esas tremendas zonas, pero es una voluntad dura y fría, no un ardoroso propósito. De momento, las altitudes extraordinarias desvanecen la fibra y el gozo deportivo del escalador. Es una dura tarea a la que se entrega sin entusiasmo. Sólo disfruta de la hazaña mucho después, cuando desapareció la niebla de la fatiga y las penalidades y pueden lucir en todo su esplendor las impresiones recibidas.
Por magníficas que sean las montañas, las zonas con las que entran en contacto quienes suben hacia un glaciar �y son lo único que pueden contemplar cuando las cumbres nevadas se esconden entre nubes� resultan positivamente feas; son largas y yermas pendientes rocosas o monótonas y onduladas estribaciones. Ya en el glaciar, los deportistas experimentan el singular cansancio propio de esos parajes. Al cobijarse en sus angostas tiendas, donde se entra a duras penas y se duerme en el suelo, tal vez durante un par de días se muestran indiferentes a la falta de comodidades, pero después, el frío, la nieve y el confinamiento empiezan a pesar y la vida del alpinista se convierte en un cúmulo de molestias y fatigas.
Mas en Kharta todo era distinto. Había árboles, verdes praderas, flores, bancales donde se sembraba la cebada. En el aire revoloteaban pájaros y mariposas. El tiempo era como un bálsamo. Los envolvía una atmósfera suave y tibia y brillaba un sol espléndido. Los exploradores volvían a saborear el gozo de la vida.
Pero Mallory sólo se permitió cuatro días de delicia y bienestar. El 2 de agosto se puso de nuevo en marcha hacia el Everest, afanoso de adueñarse de su flanco oriental. Al principio tuvo el propósito de remontar el río Kharta hasta el glaciar de donde emerge, pero su guía local lo acompañó desde aquel valle, cruzando un collado, hasta otro valle paralelo situado hacia el Sur: el de Kama. Luego, el valle de Kharta resultó ser el más conveniente �como había conjeturado Mallory� pero fue una fortuna que lo guiaran al de Kama en esa excursión marginal, pues debe de ser el más hermoso de todo el Himalaya (a menos que la vedada región del Nepal cele algún secreto de mayor maravilla).
La belleza del valle de Kama estriba en que arranca directamente del Everest, con cuyas laderas se confunde; en que se extiende al pie mismo de las tremendas simas del Makalu, montaña de apenas 400 metros menos que el Everest y que le aventaja en hermosura; y finalmente, en su pronunciadísimo declive, pues, aun en los parajes desde donde se dominan plenamente aquellos dos ingentes picachos, la altitud es ya tan moderada que permite una exuberante vegetación. Desde lozanas praderas donde pacía el ganado y florecían gencianas, prímulas y saxífragas, se divisaba el Everest sólo a veinticuatro kilómetros y el Makalu a algo más de doce. Estas distancias se refieren únicamente a las cumbres; las estribaciones y abismos exteriores estaban mucho más cerca. Un tercer picacho se erguía también en las fronteras del valle: un satélite del Everest, del que solo lo separa la abertura de un collado. Era el Pico Meridional, entonces recientemente descubierto, y al que ahora se denomina Lhotse (8,506 metros). Y arrancando de allí, en dirección al Makalu, vieron los exploradores una abrupta serranía nevada, que formaba una estupenda muralla de fulgurante blancura, aunque matizaba su nitidez el exquisito tinte azulado del aire impregnado de humedad.
Frente a los exploradores, al descender hacia el valle, alzábanse los deslumbrantes abismos del Makalu y el Chomolonzo, que ofrecen un desnivel. de casi 3,000 metros hasta el valle que se tiende a sus pies. Lucían entonces una capa de reciente nieve: era un espectáculo acaso sin par en la prodigiosa pompa de las montañas.
¡Qué maravilloso escenario para quienes lo admiraban por vez primera! Mallory, Bullock, Howard Bury y Wollaston completaron su descubrimiento una semana después, internándose valle abajo mientras los escaladores lo remontaban. Al avanzar hacia el punto de unión entre el valle de Kama y el de Arun, precisamente junto al lugar donde el río se abre paso a través del Himalaya, discurriendo por tremendas gargantas, llegaron �a casi 4,000m de altitud� a un denso bosque de enebros, abetos plateados, fresnos, sauces, abedules y rododendros. Surgía aquella floresta sólo a veinticuatro kilómetros de la falda del Everest, al pie mismo de los acantilados del Makalu y alcanzaba espléndido desarrollo. Los enebros, de un contorno de seis metros, tenían treinta y aún cuarenta y cinco de altura ; !os seguían en talla magnolias, alisos, sicómoros y bambúes; y apenas a treinta y cinco kilómetros del Everest el río Kama tiene su confluencia con el Arun, sólo a 2,300 metros sobre el nivel del mar.
Descubrir un valle que ofrece tan variada belleza en montañas, árboles y flores sería ya un timbre de gloria para cualquier expedición. Durante largos años serán pocos los elegidos que podrán visitar aquel rincón solitario; pero se recordará con íntimo gozo que, escondido tras el Himalaya, existe un tesoro del que en tiempos venideros podremos gozar. Es una de esas riquezas que nunca se agotan, pues posee la sorprendente cualidad de resurgir inacabablemente.
Pero existe otro valle que puede rivalizar con el de Kama por la magnificencia de las montañas que lo rodean. Desciende a una altitud de 3,600 metros al pie del K2 (la cumbre que ocupa el segundo lugar en la jerarquía del Himalaya) y de sus cimas gemelas, que alcanzan 8,200 Y 7,900 metros. Pero ese valle de Shaksgam, situado en el extremo del ramal himalayo de Karakorum, más lejos aún que el valle de Kama, se encuentra mucho más hacia el Norte y apartado del influjo de los monzones. El aire es áspero, seco y frío, en vez de ser húmedo y suave. No hay verdes pastos, rebaños, gencianas ni prímulas; el paisaje no ofrece esa armonía de lo bello con lo sublime. No posee allí atenuante a la severidad de tan abrupta grandeza.
Tales son, quizá, los dos valles de mayor gloria y hermosura en el Himalaya, salvo que bajo el Everest y el Makalu, en la vertiente del Nepal, exista �lo que es muy probable� algún rincón más espléndido. Pero aunque el de Shaksgam sea de aspecto más duro y hosco que el de Kama, no se crea que ofrece rasgos repelentes. Esos majestuosos picachos lanzan como un reto al intruso y desvanecen las falsas fibras de su ánimo. Mas la pureza y elevación de aquellas cumbres inundadas de sol atraen al viajero con la sugestión de la llama que hechiza a las falenas nocturnas, y gustosamente arriesgaría la vida para contemplar esas cimas en toda su gloria.
Aunque a duras penas se decidían Mallory y Bullock a interrumpir el éxtasis para alejarse de la asombrosa belleza del valle de Kama, tuvieron que dedicar sus energías a la urgente tarea de buscar una ruta hacia el Collado Norte, arrancando de aquel flanco oriental, o algún otro paso a lo largo de la sierra septentrional del Everest.
Ascendieron a una cumbre situada en la parte meridional del valle, para dominar plenamente el flanco Este de la montaña. Era un maravilloso espectáculo, pero en lo alto se extendía un glaciar y, como dice Mallory, bastaba una ligera observación "para convencerse de que, casi en todo el recorrido, las rocas situadas debajo estarían expuestas al hielo que se derrumbara; y si se podía ascender por otros puntos de aquel flanco, la empresa sería ardua en exceso, exigiría mucho tiempo y no conduciría a ninguna plataforma viable". En suma: no existía paso por el flanco oriental.
No quedaba otro recurso que buscar una ruta hacia el Collado Norte. Mallory no acertaba a descubrirla desde el valle de Kama, pero observaba que el de Kharta, del que acababan de salir, ofrecería probablemente un paso si lo recorrían hasta su punta. Partiendo del esplendoroso valle de Kama, se dirigieron hacia el de Kharta, ascendieron hasta el collado de Hlakpa La, situado en su extremo, y allí encontraron una probable ruta hacia el Collado Norte. Pero esperarían, antes de intentar su exploración, a que pasara la época de los monzones; entonces podrían más fácilmente no sólo alcanzar el collado septentrional, sino ascender por el Everest hasta cierta altura. Tal sería el punto culminante de las tareas de aquella estación y requería los convenientes preparativos.
Efectuado el reconocimiento preliminar, Mallory y Bullock regresaron a Kharta el 2 de agosto, con el propósito de dedicarse, durante diez días, al descanso y a las tareas de reorganización. Allí se reunieron todos los expedicionarios, incluso Raeburn. Wheeler les trajo una noticia importante que modificó todos los planes. Al fotografiar la región del Everest, descubrió un glaciar �denominado actualmente el Rongbuk Oriental� que se unía al brazo principal del Glaciar Rongbuk, a unos cinco kilómetros de su extremo, y cuya zona más elevada arrancaba probablemente del Collado Norte. Ahora, al contemplar el mapa, nos parece todo facilísimo, pero descubrir una ruta en la maraña de glaciares, serranías y estribaciones secundarias es un arduo problema. Mallory ya había observado aquel brazo del glaciar al ascender por el Rongbuk y se propuso explorarlo, pero se acercaba la época de los monzones y urgía seguir adelante. Tampoco era de suponer que una pequeña corriente de hielo que se dirigía hacia el Este arrancase de las propias vertientes del Everest, situado algo al este de la dirección Sur. Lo natural hubiera sido que procediera del Norte o del Nordeste. Pero lo cierto es que aquel glaciar, según afirmaba Wheeler, arrancaba del Everest y acaso sería la hipótesis se confirmó más tarde pues la ruta, la única ruta, para alcanzar el collado septentrional. Tal era la minúscula hendidura de la coraza por donde podría herirse al gigante.
Procedía, pues, estudiar dos posibilidades. del Collado Norte podría alcanzarse por su parte meridional, desde el Glaciar Rongbuk Oriental, o por el Este, partiendo del Glaciar Kharta. La exploración de esas rutas sería la tarea inmediata de los expedicionarios.
Habían ya establecido un campamento avanzado en el valle de Kharta, en una meseta muy apropiada y cubierta de hierba, a unos 300 metros, y también dispusieron otro a mayor altura, a unos 6,000 metros. El impaciente Mallory se proponía no sólo alcanzar el Collado Norte, sino escalar el propio flanco del Everest, poco más o menos hasta su sierra nordeste. Sus esperanzas eran aún más ambiciosas. ¿Por qué no establecer �decía� un minúsculo campamento a 8,000 metros e intentar desde allí la conquista de la cumbre? Tal era su ambición. Aún no advertía cuán terrible tarea es escalar la más elevada cumbre del mundo.
El 31 de agosto, él y Bullock regresaron al campamento avanzado del Glaciar Kharta, pero se vieron obligados a esperar allí casi tres semanas, hasta el que el 19 septiembre. Los monzones no llevaban trazas de acabar. Y cuando, al fin, se serenó el cielo, no parecía probable que el sol tuviese fuerza suficiente para derretir la nieve. Nada se ganaría, pues, esperando más tiempo., por lo que decidieron emprender la marcha. Pero eran muy inciertas las probabilidades de alcanzar considerable altura en el Everest; la capa de nieve era espesísima y el frío resultaba insoportable. Mallory decidió, sin embargo, atenerse a sus planes hasta que las circunstancias le obligasen a modificarlos.
Su primer objetivo era el Hlakpa La, paso situado en el extremo del Glaciar Kharta. Anteriormente ya contempló desde allí lo que, según afirmaba Wheeler, debía considerarse como hondonada superior del Glaciar Rongbuk Oriental. Se proponía bajar a esa cuenca de hielo y ascender desde allí al Collado Norte. Pero ante todo debía lograr que transportasen al collado de Hlakpa La los fardos necesarios para instalar un campamento, preliminar indispensable del asalto.
Partieron en la madrugada del 20 de septiembre, en circunstancias propicias. Mallory y su compañero Morshead pisaron con delicia la nieve crujiente, pero sólida. Lo cierto es que se dirigían derechamente al Everest y abrigaban las más risueñas esperanzas. Pero resultó muy difícil el paso por las hendiduras del glaciar y por la nieve de su zona alta, en polvo y resbaladiza. Los jefes de la expedición intentaron abrir una pista para los pobres peones cargadísimos, pero sus esfuerzos fueron vanos. El grupo avanzaba a duras penas y Mallory apretaba el paso, procurando acercarse lo antes posible al collado para demostrar que era accesible. Acuciados por su ejemplo, los demás conquistaron trabajosamente los últimos declives y depositaron once fardos en la cumbre.
Ya volvía a estar Mallory en el Hlakpa La, con tiempo tan bonancible que desde allí veía claramente el Collado Norte y los flancos del Everest. Pero al observar aquella región, empezó a preocuparse. La ascensión al Collado Norte desde el fondo del glaciar no era tarea fácil. Tratábase de una muralla de formidables dimensiones, cuya superficie ofrecía la desagradable particularidad de estar cruzada por numerosas e infranqueables grietas; el declive era, en general, muy pronunciado. Se trataba, en suma, de un glaciar colgante de titánicas proporciones. Mallory abrigaba la esperanza de que lograrían una ascensión feliz, pero la empresa requería gente curtida. Ni por un momento podía pensarse en encordar a una serie de peones cargados, más o menos afectados de vértigo, bajo la dirección de sólo tres alpinistas.
Era preciso reunir un nutrido grupo. Mallory, trazado ya el camino del Everest y abierta la pista hacia el collado de Hlakpa La, regresó con los peones, aligerados de su carga, al campamento avanzado, donde estaban ya reunidos Howard Bury Wollaston, Raeburn, Bullock y Wheeler.
Durante el día debió de ser un campamento agradable. Aunque se hallaba situado a una altitud de 6,000 metros, el sol era allí tan cálido que los expedicionarios se desayunaban, almorzaban y tomaban el té de la tarde al aire libre, frente a las tiendas. Desde la cumbre de una eminencia situada a pocos metros del campamento se divisaban maravillosos panoramas. Howard Bury describe en sus Memorias cómo, sobre el grandioso mar de nubes que invadía los valles, surgían las cumbres más fantásticas de la Tierra, al modo de resplandecientes islas de color de perla en un océano de olas avellonadas. Hacia el Este, a unos 160 kilómetros, se elevaba la mole del Kangchenyonga y en sus aledaños el Jannu v el Chomiomo. A escasa distancia, dominando majestuosamente a las demás, se erguía el Makalu, la más soberbia de las montañas. Junto a ella estaban algunos de los gigantescos picachos del Nepal y a escasos kilómetros, hacia el Oeste, surgía el propio Everest, que mostraba su limpio perfil y su extraordinaria blancura, pues el mes anterior habían caído en él copiosas nevadas. Ya no lo empequeñecían las elevadas crestas que irradian desde su mole: Erguía su cumbre solitaria en todo su esplendor.
Un sol radiante bañaba el paisaje. Parecía un mundo nuevo y lozano, perdido en las alturas, lejos de la sombría tierra tendida a sus pies. Por doquier reinaban luz y pureza.
El 22 de septiembre todo se hallaba ya dispuesto para el avance final. El pobre de Raeburn tuvo que quedarse, pues no estaba aún bastante repuesto para soportar las grandes penalidades que esperaban a los expedicionarios. Pero los otros seis se pusieron en marcha a las cuatro de la madrugada, mientras el termómetro marcaba 6° bajo cero. Los acompañaban veintiséis peones, divididos en cuatro grupos y debidamente encordados. Era un ataque en gran escala y todos sentían intensa emoción al acercarse la fase crítica de la empresa.
La viva luz de la luna inundaba el paisaje y en la límpida atmósfera de aquellas altitudes las montañas cubiertas de nieve se veían casi tan claramente como en pleno día; pero tenían un aspecto etéreo, como si fuese realmente un país encantado. La nieve del glaciar estaba en excelentes condiciones: era durísima, lo que permitió a los expedicionarios marchar a buen paso.
Empezó a alborear. Frente al grupo se erguía el Everest acusando nítidamente sus detalles en el aire cortante, sobre el obscuro zafiro del cielo, hacia el Oeste. En su cumbre se posaron los primeros leves rayos del sol, coloreando su albura con finos tintes de rosa, que no tardaron en trocarse en matices anaranjados.
Mientras la luz se hacía cada vez más intensa, el grupo avanzó glaciar arriba por la pista que abrió Mallory. A las diez y media alcanzaron el paso de Hlakpa La (6,816 metros); el Everest estaba sólo a unos tres kilómetros. Pero aquel día no pudieron ya avanzar más, pues se impuso el descenso, de unos 350 metros, a una hondonada del glaciar, que se extendía hasta el muro de hielo desde donde podrían marchar hacia el Collado Norte. En lo alto tuvieron que detenerse. Soplaba un viento furioso y glacial y el polvillo de nieve que levantaba se filtraba por todas partes. Al fin, hallaron una pequeña concavidad en la nieve, a pocos metros de la cumbre del muro, y establecieron allí el campamento. Era el único sitio posible, si bien no estaba resguardado del viento, y a duras penas lograron montar las pequeñas tiendas alpinas "Meade" y "Mummery". Hasta tal punto se hacían ya notar los efectos de la altitud, que el simple esfuerzo de entrar a gatas en las tiendas dejó largo rato sin resuello a sus ocupantes.
La situación era en extremo difícil. Apenas puesto el sol, el termómetro descendió a -13º y no tardó en señalar -19º. El viento aullaba en torno a las leves e incómodas tiendas. Nadie, salvo, acaso, Mallory, pudo conciliar el suelo. A la mañana siguiente todos sufrían fuerte jaqueca, debido al aire enrarecido de las tiendas, y los peones estaban como aletargados.
Al levantarse el sol y después de tomarse los expedicionarios un ligero desayuno caliente, les desapareció el dolor de cabeza y se animaron algo. Sin embargo, el aspecto de la muralla de hielo del Collado Norte era imponente, y se decidió que sólo avanzarían desde allí los alpinistas expertos: Mallory, Bullock y Wheeler. Los demás regresaron al campamento situado a 6,000 metros de altitud y los escaladores prosiguieron la marcha, acompañados de unos pocos peones.

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