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Montañismo y Exploración
Cartas de relación de un viaje
1 octubre 1999

Lo que ahora se conoce como la “Ruta de Cortés” fue la primera ruta seguida por los europeos para penetrar un continente que conocían apenas por su costa. Después de Cortés y sus soldados, nadie volvió a recorrerla jamás y dados los pocos detalles que hay de ella, quienes han repetido ese recorrido han tenido que hacer una investigación exhaustiva para elegir una de las variantes que hay. Sin embargo, ninguno ha quedado conforme con la certeza que adquieren de la ruta elegida por Cortés y la vaguedad de sus descripciones en la Segunda Carta de Relación.







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CARTA PRIMERA

El fin del principio

Y después de varias horas de camino, llegamos al Zócalo de la ciudad de México.

No les cuento eso de caminar por las calles de la ciudad porque no tiene chiste y más en sábado. Lo que sí le puedo contar es que el encuentro con los aquellos que tuvieron que regresar a México de algún sitio y que ya no pudieron seguir con nosotros.

Tonatiuh que no dejaba de hablar y sonreír; Carlos Alberto con su silencio de siempre, pero tan cercano a cada uno de nosotros que parece sentirse más su silencio que las palabras agobiadoras; Galo con su pelo ya más crecido que había rapado en Veracruz con las tijeras de una navaja de bolsillo; Tazzer, con el pelo limpio y rizado, parecía uno de los apóstoles de Jesucristo Superstar que me llevó los muchos rollos de fotografía que había enviado a México con él; el más callado Fernando, a quien pocos han escuchado hablar: al menos ya no estuvo tan reservado como antes; Marisol, con la sonrisa en la cara y la mente atenta a lo que fuera a pasar.

Y, por supuesto, mis compañeros de todo el viaje: Berna y Nacho. Los tres ya teníamos un aspecto diferente al que siempre teníamos en la sierra o en el desierto: estábamos limpios (Nacho y yo, rasurados), bien comidos, descansados. Y contentos de volvernos a ver.

Estaban, también, los compañeros que participaron en la caminata pero que no pudieron caminar hasta el zócalo, los amigos, los parientes, las novias, novios, esposas o esposos, madres, hijos y todos aquellos que siempre estuvieron con nosotros.

Una multitud en nueve personas que íbamos a caminar el último tramo de la ruta de Cortés. Habíamos comenzado en la Villa Rica de la Veracruz, el 21 de marzo, y llegábamos al zócalo el 19 de abril.

La llegada al Zócalo la hicimos por la avenida Pino Suárez, que llega por un costado de la Plaza de la Constitución. No pudimos ver la bandera ni la catedral desde lejos, pero así pudimos pasar por el sitio por donde Moctezuma recibió a Cortés: una iglesia que se estaba remodelando o destruyendo. A dos cuadras del Zócalo, veríamos horas después una senda placa de piedra en donde se decía que era ahí el sitio mientras la iglesia estaba en el olvido.

Y más adelante, a la escultura donde los aztecas encuentran el águila devorando a la serpiente sobre un nopal.

¡La alegría que me dio ver esa escultura! Y luego la bandera desplegada en lo alto, la catedral, el templo mayor, el Palacio Nacional... Si hubiera sido un poco más romántico, hubiera llorado. Pero todos esos símbolos que parecen falsos, que no procuran una imagen de México en tanto que no sabemos qué significan, significaban mucho para mí, para todos nosotros. Estábamos en la capital del imperio tenochca, cientos de años después: en el tiempo que nos tocó vivir.

Nos abrazamos todos, nos tomamos las fotografías de rigor: bajo el asta bandera, con la catedral al fondo, todos formados. La foto de grupo la hizo Abrham, que fue a recibirnos bajo el asta bandera. Y en ese momento... comenzaron a repicar las campanas de catedral. Al principio, no lo creíamos. ¿Eran teponaztles y chirimías? De alguna manera, todo coincidía para recibirnos: el Zócalo vacío de gente en un sábado a mediodía para apreciar la bandera y la catedral, las campanas a revuelo, el día despejado y soleado, quemante. Yo, todavía con la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz y las Cartas de Relación de Cortés en la mochila.

Duró el repique casi quince minutos.

Estábamos ahí, en el centro de un imperio que se había extinguido ("En tanto exista el mundo, seguirá viviendo México-Tenochtitlan") y habíamos hecho un viaje en el espacio y también en el tiempo.

Yo todavía me seguía sintiendo como un soldado español de 1519, con todo mi cansancio de 579 kilómetros, con semanas de sudor, de lluvia sobre el cuerpo, con ascensos a varias montañas, con soles marcados en el color de la piel, con tantos y tantos sitios descubiertos por nuestros ojos y nuestras manos: ruinas de cientos de años, puntas de flecha encontradas entre la tierra y las rocas, pinturas rupestres que decían algo que no supimos descifrar, gente increíble que nos abrió las puertas de su casa y nos ofreció un banco para sentarnos, un vaso de agua, un plato de frijoles con tortillas recién hechas, pláticas con palabras y cuentos guardados por siglos en generaciones de hombres y mujeres...

Totalco, Tenextatiloya, Tenampulco, Zautla, Ixtacamaxtitlán, Perote, Zempoala, Tlaxcala, Tepeyahualco... Tantos y tantos nombres de pueblos, tantas vidas tocadas, rozadas apenas y lo que habíamos aprendido. Veracruz, Puebla, Tlaxcala y el Estado de México nos vieron pasar por sus cerros, por sus montañas o ríos, por sus desiertos o selvas, por sus ciudades o pueblos.

Y estábamos ahí, sin saber hacia dónde ir. Habíamos llegado. "Se acabó", dijo alguien y respondí rápido: "Te equivocas: apenas comenzamos, es el fin del principio". Todos sonrieron y comenzamos a platicar del siguiente viaje.

Hace años, esta caminata fue un sueño, comenzó con una plática, como la que teníamos bajo el asta bandera. Ahora es algo que se puede contar por cada uno de nosotros. Seguiremos soñando y, más que nada, haciendo lo posible por hacer reales los sueños, por descabellados que parezcan. Pero, ¿cómo había comenzado este sueño?

...en aquellos arenales donde estábamos había siempre muchos mosquitos, así de los zancudos como de los chicos, que llaman xexenes...

Bernal, p. 70

...continuaron hasta una ancha cortadura que daba paso a las aguas de la acequia d eXoloc, Xoloco o Xoluco. Esta acequia la cruzaba el puente de igual nombre. En la ciudad colonial la acequia y el puente recibieron el nombre de San Antón, porque junto a ellos se construyó el convento de San Antonio Abad... En la ciudad moderna, la acequia ya cegada recibía el nombre de Calzada Chimalpopoca, mas las obras del periférico de Tlalpan, cambiaron la fisonomía de esta zona. Sólo quedan restos del claustro del convento y la iglesia convertida en bodega.... Toda esta explicación se da porque fue este el sitio en que tuvo lugar la primera entrevista entre Hernán Cortés y Moctezuma.

Gurría Lacroix p. 47

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