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Montañismo y Exploración
Kangchenjunga, el pico no hollado

Después de la conquista de los grandes colosos del Himalaya, el Kangchenjunga se encontraba como una montaña de ocho mil metros que nadie había siquiera explorado. La expedición, dirigida por Charles Evans, pfrece la promesa de no hollar la cima para no molestar a los dioses. ¿Podría alguien a pocos metros de la cumbre no hollar la cima?







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Charles Evans. Kangchenjunga, el pico no hollado. Editorial Juventud, Barcelona. 1959. 224 páginas. ISBN: 84-261-1197-1

 

A cualquiera que nunca haya sentido el poderoso deseo de escalar una montaña, de poner pie en ella, de palparla, de familiarizarse con ella en detalle, de ver el mundo desde su altura, la vida por encima de los 7,000 metros le parecería extraña. Si tal visitante hubiese venido a uno de los campamentos elevados del Kangchenjunga y hubiera visto a sus indiferentes ocupantes, sin duda se habría preguntado qué era lo que les había llevado tan lejos." (p. 106)

"La magnificencia de esos gigantes vistos de cerca es indescriptible, y cuando a la fuerza del viento, del sol y de la helada se añade el enrarecimiento del aire, el escalador sabe que se halla en el límite del mundo viviente." (p. 192)

Después de haber sido conquistados el Everest y el K2, la montaña más alta por conquistar era el Kangchenjunga (8,586 metros) pero contrariamente a lo que había pasado con otras montañas, de ésta se poseía muy poca información, así que la expedición al mando de Charles Evans, participante en la expedición al Everest de 1953, se enfrenta a un reto parecido al del grupo de Maurice Herzog en 1950 en el Annapurna. Cuentan con una ventaja y es el poseer fotografías aéreas de la montaña. Así, poco a poco, la ruta se va haciendo perceptible y escalada con cierta facilidad y el 25 de mayo George Band y Joe Brown realizan la primera ascensión y al día siguiente lo hacen Norman Hardie y H. R. A. Streather.

Sin embargo, la cima permanece virgen porque Evans tuvo "...el privilegio de celebrar conversaciones con Su Alteza sir Tashi Namgyal, maharajá del Sikkim, y con el maharajá Kumar, teniente coronel P. T. Namgyal. Yo les prometí que no tocaríamos la cima ni sus inmediaciones y que no subiríamos más que hasta donde fuera necesario para asegurarnos de que se podía llegar a ella." (p. 25)

"George dice que mucha gente le ha preguntado: «¿No sentisteis la tentación de recorrer aquellos pocos metros?» Y que la respuesta fue: «No.» Y añade: «Por una parte, estaba demasiado fatigado para querer dar un paso más, pero, de todos modos, me alegro de no haber hollado la cumbre.» Creo que todos pensamos lo mismo. De no haber sido por nuestra promesa, hubiéramos llegado a la cima, sin ninguna duda, pero, tal como se presentaron las cosas, no hemos sentido mantener esa promesa, y quedamos satisfechos de nuestro simbólico gesto." (p. 166)

El libro es una auténtica pesadilla en cuanto a facilidad de lectura se refiere porque es sumamente minucioso con los detalles de la ascensión. Muchos han abandonado el libro antes de llegar a la mitad. Sin embargo, es una verdadera joya para quienes quieren ir al "Kangch" (como se le conoce abreviadamente) por la riqueza de sus descripciones físicas.

Vale la pena asomarse a las particularidades de una expedición de 1955, en la que se cree que las montañas no pueden ser abordadas sino de manera militar y se depende del oxígeno poco por encima de los siete mil metros: "La mayor diferencia que existe entre el escalador de ayer y el de hoy es el empleo del oxígeno, que permite vivir a gran altura y, sin embargo, continuar escalando con vigor; ahora se depende menos de la capacidad individual para actuar cuando hay poco oxígeno..." (p. 189) Pero esto no deja de tener sus grandes inconvenientes:

"De repente, cuando estaba tallando los últimos escalones, sentí como si una mano me tapara la boca y la nariz. No podía respirar. Después me di cuenta de que el revestimiento de caucho de la mascarilla se había aflojado, pero en el primer momento sólo sabía que me ahogaba. Jadeante y en postura difícil en una cara muy inclinada, estaba desesperado. Sujetándome con una mano, me quité la mascarilla con la otra. Creía que el aire fresco me reanimaría, pero no cesaba de jadear, porque el aire allí, aunque tenía todo el que quería, era bastante ligero. Sólo faltaban algunos escalones para llegar a lo alto de la pared y los había tallado ya. Eché una mano hacia arriba y clavé el piolet en la nieve., hundiéndome firmemente unos quince centímetros. Metí los enguantados dedos de la otra mano en la nieve junto al piolet y me icé hasta el borde. No quería más que poder tumbarme y recobrar el aliento. Al cabo de unos minutos me había recuperado lo suficiente para quitar el forro de caucho de la mascarilla y conectar de nuevo el equipo." (p. 114)

Sorprenden tres aspectos más: la alimentación, el equipo y la falta de análisis profundo en alguna situaciones. De la alimentación, Evans menciona:

"Los alimentos para los campamentos de altura se eligieron cuidadosamente, mas ningún cuidado en la elección de alimento puede estimular el apetito a esas alturas. Resultaba difícil comer, y no se tenían ganas de nada, salvo de beber. Las peores náuseas se experimentaban por la mañana: para desayunar tomábamos con frecuencia cachas, que se preparaban fácilmente, pero no había muchos que, más arriba del campamento III, fueran capaces de acabarse un plato de ellas; generalmente, bastaban unas cucharadas para hacer salir a uno de la tienda a desembarazarse de lo que había ingerido. Por la tarde, corrientemente, las cosas iban mejor y era posible tragar una taza de sopa y algunos bizcochos con algo de carne seca o en conserva." (p. 105)

Sin embargo, pese al cuidado que se puso en la alimentación, es claro notar que fue realmente mala:

"Durante los primeros días [al regreso de la montaña] nos sentíamos muy cansados. Estábamos flacos, y cuando nos desnudábamos nos veíamos en relieve las costillas, y los músculos de brazos y hombros, fláccidos; al afeitarnos aparecieron unos rostros tan demacrados que resultaban extraños. Nos tumbábamos al sol y por l anoche dormíamos mucho, con sueño pesado." (p. 185)

En cuanto al equipo, un fragmento es muy llamativo: "La suave inclinación de la pendiente casi permitía subir con crampones, y la nieve era firme; se turnaron en el primer puesto, y cuando Tony [Streather] iba en cabeza dice que estaba preocupado con el problema de si valdría la pena de tallar otro escalón o debía confiar en los crampones." (p. 174) Sin embargo, se había decidido usar un tipo de crampones que ya nadie utiliza en ningún tipo de montaña: "4. Crampones.- Se empleó el tipo «Grivel» de crampón ligero, con los dos pinchos frontales dirigidos verticalmente hacia abajo, no hacia delante." (p. 197)

En cuanto a la falta de análisis profundo, sólo un ejemplo: un serpa muere por agotamiento al bajar de la montaña tras un esfuerzo entre los campamentos IV y V y Evans menciona de ello que "en el transporte de cargas al campamento V sobrepasó los límites de su resistencia en la ejecución de su tarea." (p. 184) Aunque John Clegg, médico de la expedición, menciona que "parece probable que muriera de una trombosis cerebral." (p. 219) Hoy un médico de montaña diría que fue edema cerebral.



 



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