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Montañismo y Exploración
Barrancas y sierra
16 agosto 2004

La Sierra Madre Occidental del estado de Durango se está convirtiendo en una importante zona para los exploradores. De las barrancas más accesibles, las de los ríos Presidio y Piaxtla son las que serán abordadas más rápidamente. Además de las vivencias obtenidas, en este artículo se ofrece un panorama histórico de la Sierra.







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RÍO PIAXTLA

Llegamos a Tayoltita varios días después y fue una experiencia estremecedora: después de Ventanas, el fondo de esta otra barranca (río Piaxtla), con su pueblo modernizado, energía eléctrica, tiendas, camionetas y hasta Internet era como dar un salto de décadas. Tayoltita, donde está una de las minas más importantes de oro y plata de México. Pero huimos de ahí. Alejandro había tomado la avioneta para regresar a Durango por la vía más corta.


Desde el inicio, Piaxtla nos recordaba las exploraciones hechas en 2003 por el Grupo La Venta con mexicanos. Al día siguiente, habíamos llegado a Guarisamey y caminábamos tras un burro que llevaba nuestras mochilas. Dos vueltas antes de llegar a Las Huertas, me quedé sorprendido: había tiendas de campaña de todos colores a un lado del río. El modernizado Tayoltita, donde hasta un muchacho llevaba una playera que decía: “Relajo en el río, Tayoltita 2003”, ¿también tendría turistas? ¿Un grupo que iba a descender el río sin rápidos?


Eran soldados. Habían llegado de Yamóriba el día anterior y nosotros íbamos para allá. Pese a los jejenes y zancudos que no dejaban de picar, pronto nos llevamos bien con su comandante, un hombre joven apasionado de la arqueología y que nos recomendó que buscáramos en Yamóriba a una persona de edad que conociera y nos llevara a “Los Monos”, un lugar con pinturas rupestres.


Él fue quien nos dijo que Yamóriba no estaba realmente a un lado del río, sino a media sierra, es decir: entre la parte alta y donde nos encontrábamos entonces. Y entonces, ¿qué había pasado? Lo que perseguíamos era un pueblo más fantasma que Ventanas. Así que replanteamos todo. No tenía caso ir hacia donde no había ese pueblo. La temporada de lluvias haría poco accesible seguir el río y nos quedaríamos sin ver desde el fondo la garganta donde varios ríos se habían abierto paso en la roca para unirse al Piaxtla.


Esa fue otra tarde de mangos y mosquitos y al otro día subimos la pendiente por una vereda hacia Yamóriba. ¿Dónde estaba? No lo sabíamos porque en el mapa no estaba marcado, así que caminaríamos buscándolo esperando encontrarlo.


LLUVIA Y NUBES

No era más que una mula, pero esta me asombraba. La habíamos rebasado como a cualquier otro animal en las veredas pero en cuanto yo pasé a su lado, echó a andar tras de mí y delante de Abraham. Temiendo que mordiera mi mochila, me cuidaba y la veía de reojo constantemente. Me detenía y ella hacía alto. Echaba a andar y ella también. Incluso me monté y me sonreí pensando que ya tenía montura a pelo para llegar mientras los demás caminaban. Pero no se movió conmigo sobre ella. Finalmente, me empujó y echó a trotar cuesta arriba. En vez de enojarme, no dejaba de sorprenderme su actitud.


La barranca se extendía a nuestros ojos hasta que chocaran con las montañas, los ríos o el cielo. Siempre más arriba, la vereda era siempre nítida. Después de algunas horas, comenzó a llover y en poco tiempo se convirtió en aguacero. Dos equivocaciones hacia caminos que no lo eran y luego... nubes. No sobre nosotros, sino a nuestro derredor. Nubes. Poco antes de que nos cubrieran habíamos atisbado algunas casas de Yamóriba, pero con tanta vuelta y sin puntos de referencia, ¿hacia donde ir si uno tiene enfrente tres caminos a seguir? Dos muchachos que iban en dirección contraria nos sacaron del problema.


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