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Montañismo y Exploración
Los silencios de África


Fruto de dos viajes, realizados en 1978 y 1986, por tierras del Senegal, Gambia, Costa de Marfil, Zaire y República Centroafricana, Los Silencios de África es una magnífica recreación literaria de los bosques y la sabana africanos y de la búsqueda de animales amenazados (elefantes, gorilas y rinocerontes) que es una fuente de datos importantes para los viajeros de África.







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Peter Matthiessen. Los silencios de África. Ediciones Península, Barcelona. 2002. 348 páginas. ISBN: 84-8307-494-X

 

El silencio de la selva es impermeable, absolutamente inalterable por las suaves notas cantarinas de las aves ocultas, el tictac de las hojas y las ramitas, el golpe sordo de un fruto al caer o los lejanos chillidos de los monos... este submundo es pardo y verde y el color del aire sofocante también es verde.


Se tiende a pensar que un viaje a África implica también encuentros con elefantes, jirafas, rinocerontes y otros grandes mamíferos. Pero ya en 1934, el viajero Geoffrrey Gorer mencionaba: “Pero me habría sorprendido si me hubieran dicho que viajaría unos once mil kilómetros sin ver un solo animal salvaje más grande que un antílope.” (p. 63)

Peter Matthiessen realizó dos viajes a diferentes partes de África en diferentes épocas (1978 y 1986), siempre en busca de elefantes, uno de ellos, posiblemente una especie nueva de elefantes enanos, de gorilas y de rinocerontes y el resultado es la narración de estos viajes distintos en un solo tomo. Los silencios de África es el viaje del naturalista en pos de animales pero también la decepción por no hallarlos:

“Era como si de pronto hubiéramos caído en cuenta de que, en los cientos de kilómetros de viaje por tierra de Costa de Marfil, el único animal que habíamos visto fuera de los parques era el mono solitario de la carretera al oeste de Boundiali, y que la mayor concentración de mamíferos salvajes que habíamos visto en todo el país eran los murciélagos frugívoros del parque urbano aquí en Abiyán. Y no cabía esperar mucho más de los otros países de África occidental.” (p. 88-89)

Por supuesto, la búsqueda de algo en un territorio donde uno es el extraño, implica el contacto con los seres humanos y de este contacto Matthiessen proporciona una imagen multifacética, tanto como los grupos que conoció y trató. “...nos reciben con alegres sonrisas que los blancos ya no ven mucho en África, sonrisas que alegran y también entristecen un poco, como cuando ves por última vez un ave rara que está desapareciendo... Estos lugares sencillos y alejados del alboroto del mundo moderno reflejan un orden y un bienestar que parecen haber desaparecido en las aldeas que quedan junto a la carretera principal, donde los vehículos estruendosos y los fuertes vientos del cambio agitan e inquietan a la población... aquí no hay excedentes ni desperdicios, desechos ni basura de ningún tipo.” (p. 32-33)

“—A los mbuti les gusta el dinero como a todo el mundo, pero cuando quieren volver a la selva, no habrá cantidad de dinero que se lo impida. Eso es lo que me agrada de ellos, ese carácter despreocupado, que tan rara vez se encuentra entre los bantúes. Te venderán encantados si mejor lanza aunque la necesiten al día siguiente. Pero si son caprichosos, también son libres; vienen y van como los pájaros, jamás se preocupan del mañana. Esa falta de previsión y de formalidad puede hacer exasperante el trato con ellos, pero lo compensan de muchas otras formas. En realidad sin ellos sería imposible trabajar aquí en la selva.” (John Hart, cit,. en p. 299)

A pesar de que su gran aprecio por las culturas africanas y la pasión con que describe los encuentros, su objetivo sigue siendo la búsqueda de animales y uno de estos viajes lo realiza en un avión monomotor que plantea una seria dificultad: viajar sobre un territorio donde no hay prácticamente señal de radio ni pistas de aterrizaje más que aquellas que están previamente localizadas en los erróneos mapas que llevan consigo: “...rara vez menciona lo pavorosamente inhóspita que es la selva ecuatorial desde el punto de vista de una avioneta monomotora, quizá porque huelgan los comentarios sobre el tema: en el caso de fallo mecánico o de aterrizaje forzoso, a menos que haya un río o un claro en el que poder deslizarse planeando, una avioneta desaparecería en este verdor como una piedra arrojada desde el aire al mar... Y no tenía sentido preocupar a la gente explicándoles nuestro rumbo, que suele alejarse del contacto radiofónico, aunque el contacto radiofónico sea útil. Considerándolo todo, lo mejor que podría pasar era morir en el acto, porque nunca encontrarían a los supervivientes. Así que cuanto menos habláramos de ello, mejor.” (p. 230)

Pero, ¿qué ha pasado con los animales?

“Las comunidades de la pluvisilva son las más antiguas de la tierra, con centenares de especies de insectos específicas de cada una de las muchas especies de árboles. Casi la mitad de las criaturas de la tierra, muchas aún por descubrir, viven en este mundo verde que se está convirtiendo a pasos agigantados en una manchita sobre la superficie terrestre. El hombre ya ha destruido la mitad de las selvas tropicales, que están desapareciendo a velocidad creciente. Y con ellas desaparecen también una flora y una fauna desconocidas.” (p. 243)

Hay muchas hipótesis, algunas de las cuales se usan de acuerdo a los intereses comerciales, pero con dos pasajes del libro el lector se puede dar idea de las razones: “...forasteros con tendencias comerciales. Detuvieron a uno con cuarenta y tres monos moribundos, con los que esperaba complacer a sus clientes de Libreville después de un viaje de ciento quince kilómetros en piragua. Norbert nos explica que fue mucho más grave el caso de un piloto blanco que disparó desde un avión militar contra un grupo de elefantes. Un cómplice del personal de Wonga Wongué escondió luego los cadáveres para desenterrarlos cuando se desprendieran los colmillos por la putrefacción.” (p. 260)

“África occidental está mucho más poblada que África oriental y los seres humanos llevan aquí mucho más tiempo cazando y poniendo trampas, quemando y cultivando, compitiendo por los pastos y el agua y erosionando y agotando los suelos ya pobres. Aunque ahora hay muchos menos animales en África occidental que cuando los blancos trajeron sus armas y sus artefactos hace cincuenta años, el descenso se había iniciado muchos siglos antes.” (p. 61)

Un libro que parece un poco aburrido por no haber mucha acción física, pero que en realidad es una fuente de datos para los viajeros actuales de este continente, Los silencios de África es un título que hay que leer con calma para poder extraer lo más provechoso de él.


Erratas

Página 275, línea 13, menciona al “Stanley Pool” cuando en la página 270, línea 18, lo menciona como “estanque de Stanley”.



 



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