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Montañismo y Exploración
Al asalto del Khili-Khili, Parte IX
8 enero 1999

La montaña más alta del mundo no es el Everest, sino una que tiene más de catorce mil metros. Esta es la historia de su primer y único ascenso. Una novela que, además de divertida, es la única que trata al montañismo de forma sarcástica.







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Capítulo X

MÁS ALTO QUE EL EVEREST


Después de una comida que más vale no describir, nos reunimos en una de las tiendas para discutir nuestros planes. La cuestión que se planteaba era: ¿qué íbamos a hacer de Pong? Varias soluciones fueron examinadas, pero ninguna era a la vez práctica y humana. Wish, con la precisión que le caracteriza, resumió la situación declarando que debíamos aceptar a Pong como uno de los riesgos de la montaña y concebir nuestros planes en consecuencia.


Constant dijo que él y yo habíamos sufrido a Pong durante cuatro días y que ahora le tocaba a otro. Wish respondió que, en principio, estaba completamente de acuerdo, pero que deberíamos entonces reflexionar en los medios de establecer la fórmula práctica. Había que partir de la hipótesis —dijo— de que cuando nos separáramos Pong seguiría al grupo más numeroso, a fin de causar el máximo estrago. Pero bastaría una estratagema bien sencilla para burlar sus propósitos. Eramos ahora cinco. De madrugada, dos de nosotros partiríamos juntos para ir a establecer el campamento III, y los otros tres se quedarían en el campamento II. Pong permanecería, naturalmente, con estos últimos. Pero poco después uno de los tres partiría a su vez, sea para ir al campamento III, sea para descender al campamento I. Pong, una vez más, se quedaría con la mayoría. Después, los dos que permanecieran aún en el campamento II se separarían. De este modo, la esfera de influencia de Pong se encontraría reducida a un solo individuo.


—¿No es esto muy duro para el ultimo? —pregunté.

—No será por mucho tiempo —me aseguró Wish—. Podemos establecer turnos según las circunstancias. ¿Estamos de acuerdo en principio?


Constant y yo cambiamos una mirada vacilante. Pero Shute y Jungle declararon que era una excelente organización, y felicitaron a Wish por su talento de estratega.


—Muy bien —siguió éste—. Veamos: es bien evidente que Lazo de Unión y Excelencia no están en condiciones de subir al campamento tres.


—Desde luego —dijeron Shute y Jungle a coro.

—A decir verdad —continuó Wish—, es indispensable que se tomen un día de descanso.

—Absolutamente —dijeron Shute y Jungle.

—Se deben quedar aquí con Pong.

—Esa es la única solución—dijeron Shute y Jungle.

—En cuanto a ustedes —prosiguió Wish—, presumo que no querrán hacer equipo el uno con el otro.

—Ciertamente, no —dijeron Shute y Jungle.

Yo me pregunté por qué.

—Yo iré entonces al campamento tres con uno de ustedes. ¿Cuál?

—Jungle —dijo Shute.

—Shute —dijo Jungle.

—Harían mejor echándolo a cara o cruz.

—Cara —dijo Shute.

—Es cruz —dijo Jungle.

—Felicitaciones, mi viejo —declaró Shute—. Será usted el primero en subir más alto que el Everest.

—Pero ¡si he ganado! —protestó Jungle.

—Naturalmente. Es el que pierde el que se queda aquí.

—Pero yo creía que era al contrario.

—¿Por qué?

—Y bien... —comenzó Jungle.

—Bien entendido —siguió Shute—, si usted cree que yo trato de...

Jungle no decía nada.

—Usted no tiene confianza en mí.

Jungle permanecía con la cabeza baja.

—Después de todo lo que he hecho por usted...

Jungle adoptó un aire embarazado.

—Muy bien —dijo Shute—. Vamos a retirarlo. Y a repetir. Cara.

—Ha salido cara —anuncio Jungle.

—A mí me toca, pues, elegir —dijo Shute—. No quería decirlo, pero no me siento muy bien. No me atrevo a correr el riesgo de flaquear ahora. Voy a descender al campamento uno.


Jungle pareció un poco desconcertado. Se retiró de la conversación y quedó un largo rato, las cejas fruncidas, rezongando. De vez en cuando abría la boca, como si fuera a hablar; después se callaba. Para terminar, lanzó un profundo suspiro y se inmovilizó, la mirada fija en el vacío, como alguien que ha abandonado toda esperanza y que espera apaciblemente la muerte. Yo olfateé algo extraño en su actitud, pero estaba demasiado fatigado para inquietarme por ello. Además, tenía otras preocupaciones: ¿cómo íbamos a soportar Constant y yo un día más a merced de Pong?


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