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Montañismo y Exploración
El mar de nuevo

Después de haber navegado por toda la Laguna de Tamiahua, salir al mar no es cosa fácil. Se ha acostumbrado uno a la calma del agua, a la ausencia de olas. Pero es por mar como se tiene que llegar al Puerto de Veracruz, lugar donde terminará la travesía de Mares de México por el Atlántico.







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En Tamiahua daba vueltas a la idea. Un par de veces me habían ofrecido darme un aventón en lancha para que no remara tanto. Después de todo, ¿quién lo iba a saber? Yo, por supuesto, y eso no me dejaría en paz. Pero me seguía dando vueltas. Estaba solo y bien podrían llevarme a Tuxpan en lancha sin tener que batallar. Pero después de eso, ¿qué? De todos modos había que enfrentarse al mar y remar hasta Veracruz. ¿Fingir una descompostura, un robo, algo que valiera el renunciar esta vez?

Finalmente me dije que no tenía caso. ¿A quién iba a mentirle? Igual me creerían pero no tenía caso. Ordené mis cosas lo más de prisa posible, me di un último baño con agua dulce y "fría" y me encaminé adonde estaba mi kayak.


Echarlo al agua fue cosa de minutos y remar fue inmediato, pero conforme me acercaba a la desembocadura de la Laguna de Tamiahua al mar, un nudo en la garganta se iba haciendo espeso, sólido, y no me dejaba respirar. Vi un pescador echando su atarraya. Más adelante, un anciano me dijo que tuviera cuidado, que en "la mar" la marejada estaba de cuidado.


Una palada más... me acercaba... una palada más... No podía respirar y finalmente dije en voz alta: "Tengo miedo". Fue el alivio total. Reconocido el origen de todo, me tranquilicé y crucé la barrera de las olas, di la vuelta a la escollera y encontré al mar con marejada, sí, pero tranquila.




Un día a remo


Mi primer día en el mar, remé de forma exagerada. El viento venía del oriente así que no me estorbaba como una surada y el movimiento de las olas parece hacer más fácil el desplazamiento que el agua calma. Así que remé y cuando vi un par de chimeneas me dije que estaba ya en la desembocadura del Tuxpan.


Pero no era cierto. La construcción también tenía su escollera grande pero para el río Tuxpan faltaba aún. Un río grande, amplio y que producía olas grandes cuando chocaba con la marea del mar. Decidí ir más lejos. Y remé. Remé. No tenía noción del tiempo. Sólo detectaba cambios físicos notables, como el aumento de temperatura en el agua antes de la fábrica hasta el grado de que meter la mano al mar era incómodo. También estaba haciendo más calor. Pero pasando el Tuxpan, el agua volvió a estar fría. Era una delicia.


Un pez salió volando cerca de mí. Usaba su cola para avanzar por encima del agua y cuando caía, volvía a saltar y así hasta unos 20 metros. Me pregunté si eran delfines los que causaban su huida. Pero media hora después, un segundo pez huyó de la misma forma. Era yo el causante.


Los pitidos de los barcos que van desde un enorme carguero hasta el puerto de Tuxpan, continuaron mucho tiempo después de haber pasado el río. El cielo es muy gris, parecido al de una ciudad en mal tiempo y no me percaté del tiempo. De pronto, me di cuenta que pronto anochecería. Una lancha de pescadores me dijo que el siguiente caserío estaba cerca y remé hasta ahí. No debía remar de noche. Llegué a la ranchería San Carlos y ahí pasé la noche, después de haberme bañado con agua dulce, una de las delicias más de estar en el mar.


—Son más de 50 kilómetros desde Tamiahua pa’ca. Se la echó usté larga.


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