Yo escribo un poco por eso, para seducir a los acontecimientos que me harán valioso. Pero cómo pueda ser esto, es difÃcil de explicar. No sé, por ejemplo a veces pienso que tengo suerte; pero para tener suerte, para que te pase algo bueno, tienes que ser de una manera determinada, tienes que tener una especial disposición para que las cosas especiales te vengan a pasar a ti. Por ejemplo para mà hay algo casi mejor que escribir artÃculos para dejar que salga de dentro esta especial manera de ser que atrae a los mejores acontecimientos. Se trata de tener recuerdos-brújula, que son recuerdos que sirven para orientarte hacia el sitio adecuado. Pues son recuerdos que contienen una sensación que es clave para distinguir las cosas que tienen valor de verdad. En este sentido me acuerdo de Zoilo cuando me miraba desde arriba mientras yo pasaba con mi estilo caracterÃstico por un canalillo de hielo en el Taillón, y cuando llegué a su lado me dijo sonriendo:
�Está disfrutón, ¿eh?
Y yo pensé: �Tengo que acordarme de esto cuando no sepa cómo tengo que escalar�.
Y yo pensé que para escalar montañas tienes que acertar en la manera de ser, tienes que ser de una manera muy particular y no puedes salirte de ahÃ. Como los que pisan brasas incandescentes que tienen que estar alucinados, si no se quemarÃan. Para escalar tienes que mantenerte en una cierta locura que es la única capaz de resolver estas situaciones.
A veces en mi cama me imagino escalando y tengo miedo, pero es porque entonces no soy el mismo. Y claro otras veces me siento fuerte y necesito hacerme rico. Y entonces llamo a mis amigos los piratas y nos vamos a buscar algún tesoro al manicomio vertical. Porque es allà donde los sueños se hacen realidad y donde la realidad se convierte en sueños.
El protagonista de El guardián entre el centeno dice al final del libro que no cuentes nunca nada, porque si lo haces empezarás enseguida a echar de menos todo el mundo. Yo no he contado demasiado, ésa es la verdad, pero sà que echo de menos a mis colegas escaladores �socios de tantos robos de banco imaginarios�, e incluso a mi vecina y al gamberro de su hijo.
Lo que ocurre es que no basta ser un gamberro cualquiera para poder escalar. Como saben tan bien los más viejos, en la montaña se coincide en no coincidir. Y por eso todos los que caminan por los senderos imposibles son individuos singulares. Y si no que se lo pregunten a Carlangas, que es el último descendiente vivo del Yeti, o sea, el abominable hombre de las nieves; o a Isaac el Colega, que degeneró en esto cuando pasó de moda el número del hombre mosca que hacÃa en el circo; y luego está Carlitos, que en realidad no es humano, pues es el hijo del dios de los vientos, y por eso va por ahà ligero, provocando al pasar el revoloteo de sus fans; o como Zoilo, que se refugió en el alpinismo para huir de las presiones a que se vio sometido tras el éxito mundial de su primer disco, que se titulaba Â?Quiero ser un machacaÂ?; y Rafa, que es el nuevo presidente (se estaba volviendo un tanto cascarrabias y habÃa que abrirle el espÃritu con algún pretexto), es el encargado de vigilar que todo acabe bien, asà que al final dice: Â?ColorÃn colorete por la chimenea salió un coheteÂ? (en realidad suele decir: Â?Bueno, muchachos, de nuevo salvamos el pellejoÂ?). Y eso quiere decir que todo es como tiene que ser en Â?el fantástico mundo secreto de los alpinistasÂ?.
Tomado de Rodrigo Muñoz Avia (compilador). Alfonso Vizán. Un pirata en la montaña. Ediciones Desnivel, Madrid. 2004. ISBN: 84-96192-59-8. Páginas 81-87