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Montañismo y Exploración
Las Coloradas
25 abril 2002

…el enemigo más fuerte es uno mismo. Enfrentado a lo que uno traiga dentro… y generalmente no es lo que uno quisiera. Y para ello no hay más distracción que el movimiento mecanizado de los brazos, ese movimiento que se hace tantas veces que ya no se quiere pensar en él.







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Las Coloradas, Yucatán

Día de navegación 6: Jueves 25 de abril, 2002


Remar se ha convertido en algo así como un esfuerzo físico en el que no tenemos que pensar pero debemos realizar. Algo como si fuera un paso más a la cumbre en la alta montaña, pese a la falta de oxígeno y al cansancio. Es curioso que haga este símil, pero de repente, remando, eso me pareció. En eso se ha convertido el remar. Y con el calor, abrir la cubrebañera y que entre aire fresco se ha convertido en un agradable respiro. Con medio cuerpo metido en la bañera y completamente cerrado, las piernas sudan profusamente y pronto se sienten correr los hilillos de sudor que se confunden con un piquete de mosquito. Así que cuando el cubrebañera se abre, el viento caliente del mar entra y se siente muy fresco. Es cuando se puede sacar un rato las piernas al sol y dejarlas secar, al mismo tiempo que descansan la espalda y los brazos.



Pero mientras los puños tienen asidos el remo, los demonios interiores andan sueltos y uno debe luchar contra ellos. Es cierto que venimos dos, pero es como si viniéramos solos porque casi no hablamos por la distancia que llegamos a adquirir entre ambos. Así que el enemigo más fuerte es uno mismo. Enfrentado a lo que uno traiga dentro... y generalmente no es lo que uno quisiera. Y para ello no hay más distracción que el movimiento mecanizado de los brazos, ese movimiento que se hace tantas veces que ya no se quiere pensar en él.


Alex se detuvo en algún lugar y eso fue provechoso porque del otro lado de esa angosta franja de tierra donde corre una terracería en regular estado, se veía Ría Lagartos, esa amplia extensión de agua somera donde viven endémicamente los flamingos. La ría se ve blancuzca en las orillas por la cantidad de sal. Acá, de este lado de la pequeña duna, el Atlántico, en otros colores más vivos.


Llegamos a Las Coloradas después de siete horas. Este es el punto más septentrional de la Península de Yucatán. A partir de ahí, estaríamos por debajo de su latitud. El agua bullía de movimiento y creí que eran los pescadores, pues había mucho pelícano y gaviota. Pero se trataba de un encuentro amistoso de futbol entre los niños de una escuela primaria de Tizimín y los de aquí. Y luego del partido, al agua todos. Nosotros llegamos justo cuando los niños llegaban al mar: un hervidero de pies y manos mezclados con picos y alas y una que otra cola de pez que fue atrapado.


Aquí vive una gran cantidad de pelícanos y gaviotas y no precisamente gracias a los pescadores sino a su propia pesca de sardinitas o charales que viven bajo el pequeño muelle. Estuve un buen rato observando a las aves y los pelícanos pueden engullir de seis hasta ocho sardinitas mientras que las gaviotas se dedican a robarles sus piezas, o al menos lo intentan. Por lo visto, los pelícanos también se han amañado con respecto a esto, pues no se dejaron robar ni una sola y las gaviotas volaban dando chillidos en otra dirección. Al parecer ellas son las que comen los charales, aunque vi a pocas pescar.




















Por la tarde dimos un paseo por el pueblo y vimos de lejos una enorme montaña de sal de la cual extraen cada tercer día millares de toneladas sin que se rebaje nada de ella, según dicen aquí. El nombre Las Coloradas le viene del color del agua de los estanques de los que se extrae la sal: un agua color gasolina que confunde a todo mundo. Ahí, en ese mundo rodeado de sal y de niños que habían ido a festejar un partido de futbol, nos fue más barato comprar 20 litros de agua (en diez pesos) que tres litros individuales (21 pesos).


Los pescadores, como siempre, resultaron unas personas excelentes y cuando había anochecido y Alex estaba dormido, cuando casi no quedaba nadie más en la cooperativa frente a la capitanía de puerto, me invitaron a tomar un baño. ¡Delicioso!







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