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Montañismo y Exploración
El escudo: 23 años de sueños hechos realidad

La Encantada es la cumbre de toda la península de Baja California. La cara norte de la montaña es una pared de más de mil metros de desnivel y pese a que está muy cercano a Estados Unidos, ningún escalador —hasta donde tenemos noticia— había abierto una sola vía de escalada en esa vertiente. El presente es el relato de la primera ascensión por esa cara.







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La expedición de 1999

El laberinto

Es un caos increíble de rocas de todos tamaños: desde un grano de arena hasta bloques gigantescos de más de 30 metros de diámetro que cayeron de las laderas de los cerros. Rocas que se suceden una tras la otra sin interrupción, sin dar oportunidad de mirar otra cosa que no sea el lugar donde se va a poner el pie y, cuando tenemos que escalar, las manos. Un mundo de roca erizado de todo tipo de espinas. Aquí es importante esquivar las espinas, pero sobre todo la “uña de gato”.

Uno puede quedar atrapado en esa enredadera y no salir hasta tener la paciencia de quitarse una a una cada espina o ser ayudado por los compañeros. De otra forma, la ropa queda hecha jirones... o la piel.

El primer día pasamos el primer obstáculo fuerte: una tras otra, las cascadas se suceden una tras la otra en un angosto callejón. Hay que escalar a un lado del chorro de agua o meterse un poco a ella aunque duelan los pies y luego tengamos que correr hacia donde hay sol para quitarse ese tono azulado que da el frío. Ayer estuvimos en el laberinto rocoso. Las cañadas se reúnen en una especie de valle (si vale el término en una cañada amplia) y son tan iguales que es difícil saber cuál es la correcta. Todas parecen dirigirse al punto más alto, pero es una ilusión: el punto más alto no se ve sino hasta haber dejado atrás ese complejo mar de confusiones: un laberinto que me confunde cada vez que he estado en él.

Hoy estamos por encima de todo eso, de pie sobre una gran roca desde la que contemplamos la montaña y su pared. Nadie ha subido por ella y eso es lo que nos ha traído hasta acá tantas veces. Pero ahora venimos preparados para subir y con una sola idea: “sólo habrá una oportunidad”. Suceda lo que suceda, es importante hacerlo todo con rapidez porque tenemos comida calculada sólo hasta la cumbre. El descenso lo haremos con hambre total, si es que vamos a estar cuatro días en la pared, como tenemos calculado.

Primer día

Me despierto temprano. Fuera de la bolsa de dormir hace mucho frío.

Hoy tendremos que revisar la base de la pared y hallar la ruta por la que subiremos. La exploración que hice en solitario en 1982 nos proporcionó el material fotográfico a partir del cual trazamos tres rutas viables. En el mirador descubrí otra más, pero sin entrar a la pared: en caso de no poder escalarla, ascenderíamos por ahí hasta la cima y bajaríamos por el cañón del Diablo, pues ninguno de nosotros queremos regresar por el mismo camino, sobre todo no por esa ladera de roca descompuesta.

Pese al frío, salgo de mi bolsa: es preciso llegar a las tinajas de agua que ayer encontramos Oliver y yo en una breve exploración. Tomo mi mochila y sigo el cañón hacia la pared. Una hora de camino hasta el agua helada. Y a partir de ahí, habrá que recorrer la pared en busca de la entrada a la ruta.

Dejo mi mochila en un lugar muy visible y comienzo a trepar por la roca, en busca de los pasos clave que nos ayuden a avanzar más rápido cuando estemos juntos. Pero no voy muy lejos porque comienza a aparecer hielo por todas partes y no traigo piolet. Me detengo: las aves llegan poco a poco cuando dejo de hacer ruido. Hay un pajarillo color rojo que se sostiene de la roca pero siempre en los lugares desplomados. Otro pájaro más grande se detiene sobre un arbusto y comienza a cantar: rompe el silencio y descubro entonces el peso de la soledad. Estamos muy lejos de todo y si algo nos pasa nadie podrá ayudarnos. Esta montaña no admite errores.

Hacemos una exploración y a las cuatro de la tarde estamos de regreso en el campamento de las pozas. César ha encontrado un cuerno de borrego cimarrón de gran tamaño y yo encuentro una cabeza completa y varios huesos esparcidos en una cueva pequeña. El día se ha ido con mucha rapidez: la noche se declara a las cinco y apenas tenemos tiempo de prepararnos para dormir. Toda la tarde y gran parte de la noche me quedo mirando a la pared, memorizando los pormenores, haciendo un dibujo mental de cada roca, de cada árbol y de las formas. Mañana será el día. O quizá no: las nubes que comienzan a formarse pueden traer una tormenta. Ya ha habido nevadas de dos y hasta tres metros.

Segundo día

Asciendo por una fisura para dedos y continuamente caliento mis manos con mi aliento: la roca está helada. Samuel me asegura desde la repisa de abajo y sigue mis pasos con mucho detenimiento. Cuando llego al final, fijo la cuerda para que Oliver suba mientras yo exploro la parte superior: el canalón persiste y el hielo abunda. Al menos agua sí tendremos. Pero, ¿por dónde seguir?

Por la mañana habíamos subido por una repisa larga y amplia. Escalada tras escalada, llegamos al final de ella. Dejé a mis compañeros mientras buscaba la ruta. Ascendí solo y entré al canalón que desemboca en la cascada de casi 400 metros de altura y que da origen a la cañada. Tras dos horas de reconocimiento, había encontrado la vía más propicia y la parte más complicada era esa fisura para dedos aunque después, ¿qué habría?

Usaba todo el tiempo el mapa dibujado en mi mente. Haber hecho un dibujo en mi bitácora mientras estábamos allá abajo me llevó algo así como una hora, pero ahora nos va a ahorrar mucho más tiempo. Encima de la pared en la que estoy debe estar el otro pasillo. Hasta ahí había trazado la ruta mentalmente. Ahí decidiríamos. Pero el día se ha terminado nuevamente. Es invierno y las noches son muy largas y frías. En 1982 registré una temperatura de menos 25 grados centígrados. Estaba solo y casi no pude dormir.

A las cinco estamos todos juntos en una repisa amplia. Estamos ahora por encima de una pared recubierta con hielo. Mañana tendremos que encontrar una manera de salir de aquí y ascender lo más posible. Las nubes cubren el cielo y el aire está un poco cálido, pero húmedo. Si baja la temperatura, tendremos una nevada aquí, en mitad de la pared. César y Pavel se pasan varias horas derritiendo el hielo que Samuel y Oliver suben.

Hacia arriba y hacia abajo, todo es pared y lo que me sorprende es que hasta acá haya huellas de borrego cimarrón, muchas veces recientes. Nos escuchan, nos huelen y se alejan y se quedan quietos. Un animal verdaderamente prodigioso. Me siento a descansar un rato y me quedo dormido con todo y equipo puesto. Estoy muy cansado. Oliver me pone su bolsa de dormir y me despierta cuando está la cena. El cielo se ha puesto más nublado y a lo lejos se ve una gran mancha de luz: Mexicali.

Es curioso, pero nunca antes había visto luz de ciudad desde esta montaña. Ahora, desde el punto más aislado de esta aislada montaña, vemos una ciudad.

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