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Montañismo y Exploración
EN LA ALTA VERAPAZ, GUATEMALA
25 abril 1999

La Alta Verapaz fue el refugio de los últimos lacandones. ¿Cómo se encuentra ahora? Una exploración de 1999 se interna en la Alta Verapaz y descubre que es más que selva.







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LAS GRUTAS DE MUCBILÁ


En Mucbilá nos hablaron de unas cavernas y unos niños nos llevaron hasta su entrada. El terreno de toda la Verapaz es calcáreo y por eso se forman cavernas con agua color turquesa. La boca, negra y amplia, se divide en dos. Una termina de inmediato. La otra se pierde en la oscuridad. ¿Hasta dónde llegará?


Quienes sabemos nadar entramos al agua con gusto, porque está fría. Linterna en la frente, avanzamos. Voy por delante para señalar el camino. Donde yo pase no habrá esas rocas filosas que, sumergidas, puedan cortar el pie, la mano. Los niños nos ven perdernos en la cueva, en lo oscuro, en el mundo antiguo del Popol Vuh y nuestras linternas se hacen pequeñas y desaparecen en una curva. Llegamos pronto al final, pero justo ahí hay otra ramificación, más larga. ¿Seguimos? “Yo tengo frío”. Salimos todos y sólo Idalia, Oliver y yo nos adentramos de nuevo en la caverna. Los demás prefieren descansar y almorzar.


Habíamos nadado cosa de una hora y llegamos al final de la gruta inundada. No había paso más lejos. Llegamos hasta ahí a través de una intrincada trama de túneles que se conectaban entre sí. Otros eran túneles ciegos que nos hacían regresar. Una hora en el agua es mucho tiempo a esa temperatura. Era el final de la gruta y decidimos regresar. Fue en ese retorno que encontramos otra ramificación que no habíamos visto y la seguimos hasta que nos hallamos frente a una playa de lodo y una abertura en la pared. Ateridos de frío, trepamos por el lodo, salimos del agua y descubrimos que del otro lado continuaba el túnel inundado. Agua y más agua, pero esta vez en túneles estrechos, cada vez más estrechos.


Salíamos del agua trepándonos en las rocas para no enfriarnos demasiado y en una de esas ocasiones, sentí una corriente de aire del lugar hacia el que íbamos. “Hay una salida por aquí”. Así que nadamos más, cada vez más adelante. Doscientos metros después, vimos a lo lejos la luz del día que se filtraba en la caverna: el agua que se tornaba turquesa. Matices de verde me rodearon antes de llegar al sol y bajo el pleno rayo me volví dorado. Era calor, el auténtico calor. Miré el lugar donde estábamos: era el fondo de un sótano de aproximadamente cien metros de profundidad. No había salida, o al menos una visible, y mucho menos sabiendo que una vez fuera había selva.


Mis compañeros, en verdad ateridos de frío, eran de otra opinión y subieron por un camino de fieras mientras yo regresaba por la caverna. Más de dos horas después de haber entrado, aparecía solo en la boca que nos había tragado a los tres. La gruta tendría como 600 metros de longitud total, sin embargo es una mera apreciación. De cualquier manera, resultaba muy larga si se quería nadar en el agua fría y entre tanto obstáculo de roca filosa. Ya habíamos nadado casi doscientos metros en la caverna que estaba río abajo.


Cuando salí de la cueva, esperaba que mis compañeros ya hubieran llegado. Esperé mientras me secaba y calentaba al sol. Y comía algo caliente. Pasaron los minutos y Víctor fue a buscarlos con las señales que le di. Cuando hubo pasado una hora de que salí, la búsqueda comenzó más en forma. Se habían tardado ya bastante. Mientras algunos ya estaban buscando en dos direcciones que les conducía a la zona donde los había dejado, tres volvimos a meternos al agua y recorrer toda la caverna. El agua turquesa nos dijo que no habían regresado por ahí: no había huellas. Seguirán en la selva.


La gente nos dijo que nadie antes se había metido ahí porque existía un animal que se come a la gente. Ellos creían que era precisamente ese animal el responsable de que nuestros compañeros no aparecieran. Pero lo hicieron. Víctor y Olmo los hallaron enfrascados en la pelea con la vegetación casi en la salida del sótano del cual habían salido.


Cerca de esta zona, están las grutas de la Candelaria, ahora un destino turístico. ¿Eran estas grutas el inicio de aquellas? Quizá. Pero lo importante no era precisamente si eran continuación o no, sino la experiencia de ser los primeros en entrar, de convertirse en exploradores en el estricto sentido de la palabra: habíamos estado donde antes nadie lo había hecho.


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