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Montañismo y Exploración
Cenotes y grutas de Homún

En la península de Yucatán, el agua está bajo tierra, en los cenotes que para los antiguos mayas significaron lugares sagrados. Perdido ese respeto hacia el agua, ahora se hacen estudios para preservar las cavidades y el agua. Carlos Evia nos lleva por un recorrido a dos cuevas cercanas a Mérida, Yucatán.







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El municipio de Homún se encuentra a menos de 40 kilómetros al sureste de la ciudad de Mérida, en la región centro norte del Estado de Yucatán. Su nombre significa “cinco tiernos”, pero hay otra fuente en donde se dice que la traducción del término es “hoya cenagosa”. Tiene una altitud  de 17 metros, 192.89 kilómetros cuadrados de superficie y para el año 2000 había, según el XXII Censo Nacional de Población, 3852 personas.

Homún es de los lugares más favorecidos por la naturaleza en cuanto a número de cuevas y cenotes se refiere. Según los últimos estudios, hay más de 300 cavidades,  la mayoría de ellas de gran belleza natural y con especial riqueza cultural, pues los vestigios arqueológicos son abundantes. De allí que se deba prestar atención y buscar estrategias para protegerlos y conservarlos. El objetivo de este trabajo es contribuir al conocimiento de los cenotes y grutas que forman parte de la realidad subterránea de Yucatán, justamente en Homún.

El cenote de Balmí.
Fotografía cortesía de Juan Baduy
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El equipo de trabajo

El 8 de julio, fui a Homún para colaborar con el Proyecto denominado Suhuy, dirigido por el arqueólogo Sergio Grosjean Abimehri. En el grupo había varias personas entre autoridades y camarógrafos de televisión. Los enviados de la SEDUMA son parte de un equipo de trabajo para detectar y registrar cenotes. Su base es una plataforma y centro logístico para todas sus exploraciones.

En una sala de cómputo del palacio municipal el arqueólogo Grosjean nos expuso la esencia del Proyecto Suhuy: una serie de exploraciones para conocer y valorar el patrimonio arqueológico de las múltiples cavidades locales, lo que llevaría a establecer una serie de medidas para la protección de cenotes y cuevas y el aprovechamiento racional de las cavernas junto con los cuerpos de agua que contienen. Mi función específica en el grupo fue la de explicar el aspecto mitológico de las cuevas en la cultura maya a los cámaras, pero no sabía que de asuntos tradicionales iba a recibir mucho más de lo que iba a aportar.

Sergio nos informó sobre el plan de trabajo para este día: la visita al cenote Balmí y la cueva de Las Manitas. El presidente municipal estaba más que dispuesto a que todo se desarrollara bien. Ojalá fueran todos así.

El cenote de Balmí.
Fotografía cortesía de Juan Baduy
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Don Elmer Echeverría Enríquez es el guía de todos los buzos que van a explorar en esta localidad.  Por él supe que ya fueron descubiertos 300 cenotes sólo es este municipio. Lo que me parece asombroso es que este buen señor se sabe de memoria y a la perfección el nombre y ubicación de cada uno de ellos.

Don Elmer resaltó la importancia de hacer el ritual de pedir permiso para entrar a las cuevas porque de esa manera se evitan los incidentes negativos: de manera inexplicable fallan los equipo de buceo o simplemente las cosas salen mal. También dijo que algunos buzos requieren de sus servicios de guía las primeras veces pero ya que aprenden el camino no vuelven a contratarlo y él ya no sabe que hacen dentro de los cenotes o si “se llevan algo de lo que encuentran”. Casi nadie dice lo que hacen con los datos que obtiene y ni siquiera regresan a mostrar las fotos a la comunidad, mucho menos los resultados de sus investigaciones. “Sólo van y vienen, no muestran nada a la comunidad”, dijo don Elmer.

El ritual de pedir permiso

En Cuzamá fuimos directo a la casa del jmen, don Andrés May May; él y su esposa ya estaban listos. A las 10:30 todos estábamos en la entrada del cenote Balmí. El secretario del ayuntamiento, Alfonso Hoy, había preparado lo necesario para un ritual: tres mesas pequeñas cubiertas con manteles blancos que, juntas, parecían una sola; sobre ella, dos kilos de masa de maíz, dos botellones de agua purificada, una olla grande de aluminio y dos jícaras, una mayor que la otra. En medio de todo estaba una botella de vino jerez.

Andrés May May, el jmen
Fotografía de Carlos Evia
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Don Alfonso echó  tres litros de agua en la olla y preparó el saká: diluyendo la masa de maíz con el agua. La masa es diferente a la masa de las tortillas o del pozole. El jmen explicó que ésta es una bebida sagrada que se usa para estos rituales porque conserva la cascarilla del grano. “Es integral”, bromeó.

El jmen explicó que hay que pedir permiso pues si no se hace, los que entren pueden enfermarse por “cargar un mal aire”. Estos aires malos pueden hacer que las aguas del cenote se alcen y salgan de su cauce. Es muy peligroso que esto pase pues el agua del cenote podría tragar a quien esté cerca del lugar. También sucede, a veces, que los intrusos pierdan la noción del tiempo y del espacio y se pierdan en el monte por varios días. La esposa del jmen ya había encendido un fuego; Xía y yo le ayudamos trayéndole más leña. El propósito de la candela es obtener el carbón y quemar el incienso.

Cuando todo estuvo listo el jmen se puso muy serio cerca y frente a la mesa. Colocó cuatro velas encendidas sobre la tierra y también puso la lata donde se quemaba el incienso. Entonces compezó a pronunciar plegarias en maya. Guardamos silencio. Ninguna palabra en español ni nombres de santos católicos. Todo en maya y sin mezcla. En algunos momentos don Andrés se detuvo a preguntar el nombre de los cenotes a los que íbamos a entrar. Luego preguntó el nombre de las personas que íbamos a entrar. Por cada cenote y cada persona nombrada hubo un intervalo de rezos.

Por momentos soplaban fuertes rachas de viento que amenazaban con apagar las velas. Sin saber porqué, mi atención estaba fijada en sus flamas. Por lo menos dos velas se apagaron pero a los pocos instantes se volvieron a encender. Quizá vi mal o tal vez Yuum Kú mostraba su beneplácito por la ceremonia.

El acceso actual al cenote.
Fotografía de Carlos Evia
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Volteé la vista hacia la izquierda y vi parado cerca del lugar a don Eduardo, hermano menor de Elmer, y otro gran conocedor de los cenotes de Homún. Me sorprendió pero fue muy grato tenerlo allí.

Cuando terminó  el ritual, Jorge Muñoz preguntó a don Andrés que le había pedido exactamente a los “dueños del monte”. Él respondió que, cuando la gente entra sin permiso puede sofocarse allí adentro. “Con este permiso yo ya entregué a ustedes los cenotes, no les debe pasar nada. Pueden entrar a trabajar. Para que lo entiendas mejor, es como si tú llegaras a tu casa y veas que hay una persona extraña y no sabes que está haciendo allí ¿no te vas a molestar?”

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