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Montañismo y Exploración
MENTIRA O VERDAD: ¿POR QUÉ MENTIR EN UN LOGRO DE AVENTURA?
10 abril 2006

La pregunta fundamental es la más simple: ¿por qué? ¿Qué condujo a esos hombres







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Una vez terminé la novela, dirigí mi atención hacia el libro de no ficción. Indagué durante un año en los pasillos de la biblioteca Widwner de Harvard, de la que fui extrayendo información. No tenía ni idea de lo difícil que resultaría el proceso. Aunque el libro apenas refleja nuevos hallazgos (por la simple razón de que probablemente no pueda aprenderse nada nuevo sobre Sebastián Cabot o Samuel Adams), escribirlo me requirió una agotadora familiarización con misterios históricos y de navegación, así como unas facultades de escepticismo y enjuiciamiento que trascendían mi capacidad. Muchos de mis conocimientos sobre las distintas controversias se los debo a grandes eruditos como James A. Williamson, Jean Delaguez, Wallace Stregner y Nicholas Tomalin y Ron Hall, pero mis conclusiones finales no provienen de ellos. Los estudiosos más razonables, encarados con la incertidumbre y con evidencias dudosas, establecen conclusiones. Para mí, la tarea más exigente de escribir este libro fue la de descartar prejuicios y tolerar la ambigüedad. Espero que el lector acabe de leer el libro convencido de que mis veredictos son cuanto menos razonables y no están motivados por mis propios prejuicios, de los cuales no puedo pretender carecer.

El Almirante Richard E. Byrd, preparándose para su viaje al Polo Norte. Bird dijo que lo había alcanzado. Después se demostró que no habia sido cierto.

El libro resultaría más útil a eruditos y estudiosos si llevara notas de pie de página, pero yo no quería que Grandes engaños de la exploración intimidara al lector corriente o que destilara pedantería histórica. En cada capítulo, igual que cuando me metía enla piel de Víctor Koch, buscaba al hombre. Es el peculiar maquillaje del Padre Louis Hennepin o del almirante Richard E. Byrd lo que hace interesantes sus historias, más allá de los hechos (importantes en sí mismos) de quién fue el primero en descender el Mississippi o quien vio por primera vez el Polo Norte.

Una cosa me quedó clara sobre estos hombres: la decisión de fingir una gesta exploratoria marcó casi todas las facetas del resto de sus vidas. El fraude se convirtió en el hecho central de su existencia. El mundo se redujo a aliados y traidores. Hasta en el caso de falacias con relativo éxito, como las de Robert Peary y Richard E. Byrd, no podemos envidiar los años de declive de esos hombres. Vivieron el resto de sus vidas amargados y aislados en la soberbia, a pesar de verse rodeados del culto de un público crédulo y agasajados con honores oficiales. Uno sospecha que el miedo a ser descubiertos los acechaba como un lobo tras la puerta.

Resulta gratificante, de modo superficial, llegar a la conclusión de quizá la senilidad más feliz de cualquiera de los diez hombres sobre los que he escrito fuera de James Bruce, el Abisinio, el único hombre claramente agraviado en estos relatos, el único explorador cuyas hazañas auténticas fueron tomadas por falaces. He incluso su historia por la lección de precaución que nos enseña sobre el escepticismo en sí. El mundo necesitaba un Samuel Jonson cuando se celebraba el vuelo de Byrd al Polo Norte, pero Jonson contribuyó a arruinar a Bruce el Abisinio.

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