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Montañismo y Exploración
Explorando la Sierra Juárez

Una de las primeras exploraciones del Grupo de Exploración de la UNAM fue en la Sierra Juárez, en Baja California. Realizada en el mes de julio de 1982, las temperaturas fueron muy elevadas, lo que representó un fuerte problema. Aquí se presenta una versión ampliada de la aparecida en la revista México Desconocido.







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PROBLEMAS

En el quinto día de caminata recordamos que en el rancho San Luis habíamos avisado que regresaríamos precisamente ese día, pero aún faltaba bastante. Debíamos regresar a las alturas o la gente del rancho se preocuparía. Debíamos subir entre rocas, sin veredas y cargando lo más que podamos de agua. La ventaja es que lejos de la planicie el calor es menos atosigante.

Pero eso no fue todo.


Cruzado el desierto, creímos que la parte difícil de la exploración había quedado atrás, pero ahora que vamos hacia el oeste pienso cuán difícil se ha tornado todo. Aquel compañero que dormía despierto y que a mitad del desierto había pedido que lo dejáramos para “salvarnos” nosotros, incurrió en lo que los especialistas en fisiología del hombre en el desierto llaman “deshidratación voluntaria”: tomaba agua, pero no la suficiente y su cuerpo se deshidrataba poco a poco, cada vez más.


Cuando estaba tirado entre el pedregal, pidió agua y se la dimos. ¿Tan rápido se había terminado sus cinco litros personales? Como fuera, nadie preguntó y le dimos agua. Al día siguiente, al llegar al arroyo de Carrizos, lo primero que hizo fue sacar de su mochila un galón lleno de agua. Todos nos sorprendimos y pregunté: “Pero, Gustavo, ¿por qué no tomaste de tu agua cuando tenías sed?” “Era para emergencias”, fue la respuesta.


Ahora estaba tirado en la arena y descubríamos que tampoco había comido lo suficiente. No tenía fuerzas para andar pero debíamos subir la sierra. Habíamos caminado apenas media hora y ya se había desmayado. ¿Sed? Pase. ¿Hambre? El cuerpo puede aguantar mucho tiempo sin comida. Era un choque psicológico. No había esperado que el desierto fuera así de severo. Lo es y ahí está, tirado, después de caer de rodillas.


Los rostros de los demás eran de miedo. Supongo que la mía también. Le di de beber miel con limón y mucho agua. Pero se desmayó de nuevo. Había que hidratarlo de alguna manera y lo hicimos por vía rectal, improvisando un artefacto a partir de elementos simples. Tres horas de cuidarlo. Les dije a los demás que durmieran porque cambiaríamos de táctica: caminar de noche y dormir de día.


A las siete de la tarde comenzamos a caminar. A Gustavo le quitamos casi todo el peso de su mochila y caminamos. No lo dejé lejos de mí para no perderlo de vista. De poco valía el mapa en la oscuridad y la brújula sólo nos daba un indicio de hacia dónde nos dirigíamos, pero no la certeza. El terreno era el que mandaba: siempre hacia arriba, por el fondo del cañón.


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