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Montañismo y Exploración
Recorrido de un barranco en la Sierra Norte de Puebla

En la Sierra Norte de Puebla hay innumerables barrancos poco o nada recorridos. Julia Huitrón y Héctor Barrón visitaron uno de ellos y se sintieron transportados a otra época, donde el hombre aún no existía, pero sí helechos gigantes cubiertos de niebla.







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Julia tiene contacto con las comunidades de México y de esa manera conocimos a Mayel, el encargado de promoción turística de Xochitlán de Vicente Suárez en Puebla. En una pequeña plática terminó por invitarnos a recorrer algunos barrancos de su municipio.

En la Sierra Norte de Puebla
Fotografías: archivo de Julia Huitrón y Héctor Barrón
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Llegamos la noche de un viernes a Zacapoaxtla, que nos recibió con mucho frío. Mayel nos estaba esperando y nos llevó a Xochitlán. Por la carretera cruzamos lomas bajas llenas de niebla que parecían formar un gran sombrero. A veces se retiraba y podíamos mirar algo más lejano en el paisaje. Sólo nos dejaba ver trozos.

Aún de noche, Xochitlán era un lugar cálido, pese a la lluvia. Pasamos la noche en una casa hecha con madera, piedra, tierra y botellas, con una estufa de lodo y arena que no ahumaba el interior gracias a la chimenea. El baño era húmedo y consistía de una cubeta que al terminar se depositaba encima del aserrín, que prevenía los olores… y luego era usado todo para hacer composta. Ahí era donde vivía su vida Mayel.

Una casa completamente reciclable.

El barranco

Nos resistimos a dejar esa casa para ser engullidos por la neblina y mordidos por el frío. Finalmente atravesamos el pueblo, lleno de olores y colores que resaltaban la neblina, con gente que al paso nos daba los buenos días. En el camino al barranco, conocimos a doña Inés, dueña de un hotel pero humilde como cualquiera de ahí. “Tengan cuidado”, nos dijo, al advertirnos de un perro guardián bravo. Pero el palo del que nos armamos no fue necesario: estaban los dueños del lugar.

La entrada al barranco.

Caminamos por los cerros escudriñando en la neblina que nos dejaba ver sólo a pocos metros. Así encontramos pastizales, sombras de formaciones rocosas, vacas… y nuestro río, que descubrimos con el oído y gracias a nuestro guía. La entrada estaba bloqueada por vegetación espesa y de colores brillantes: rojos, amarillos, anaranjados… Al final, cuando encontramos la entrada, Mayel nos dio una breve explicación de lo que sería el recorrido.

La primera cascada se abría como sábana sobre la roca para terminar en una poza de agua cristalina pero aunque evitamos ese rapel por un lado, poco más adelante estaba el primero de una larga serie de rapeles. Hundidos en la niebla y rodeados de exuberante vegetación con helechos arborescentes y animales de muchas formas y tamaños, nos sentíamos en un mundo prehistórico donde el hombre no había puesto pie jamás.

Pero mundo prehistórico o no, nosotros entramos y salimos de varias pozas, ninguna más profunda de nuestra estatura pero lo suficientemente heladas para cortar la respiración por un momento aún con los trajes de neopreno.

No teníamos datos importantes para nosotros, como el tiempo del recorrido, así que no sabíamos cuánto nos faltaba para terminar. Si a eso añadimos la niebla que nos quitaba la proporción de distancia… preferimos evitar algunas partes para evitar el agua fría. Más adelante estábamos en una pileta de metro y medio de profundidad y como cuatro de diámetro. Llena hasta el tope porque la niebla había traído lluvia intermitente y justo en ese momento, llovía.

Debajo de la pileta el cañón se estrechaba y no alcanzábamos a ver un escape. Un segundo y más minucioso examen reveló que no era muy larga. Éramos sólo Julia y yo en el cañón y no tardaríamos mucho en cruzar esa parte. Adelante. Y no nos arrepentimos: es una de las partes más hermosas de todo el cañón, con una gran poza donde pudimos brincar y nadar. A la poza llegan dos cascadas, una sobre piedra negra en dos saltos que juntos suman 15 metros; la otra era el río que habíamos seguido y que cae en una poza lo suficientemente agradable para ser tomada como jacuzzi y luego otra caída libre de diez metros hasta la gran poza.

Cuando pasamos ese “calabozo” oscuro, verde y húmedo, la barranca se abría.  Más adelante vimos una construcción antigua de piedra grande con altos ventanales, algunos aún con herrería, pero sin techo. En una salida hacia el río, había maquinaria, enormes engranes, tubos de metal, todo oxidado por el paso del tiempo. Había sido una finca. A un lado había un camino que se alejaba pero iba paralelo al río y que, tras unos escalones se vestía de cemento hasta la enorme boca de una cueva. Ahí se pierde el río en la oscuridad. Nuestro recorrido había terminado.

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