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Montañismo y Exploración
El descubrimiento de un río: el Atoyac
18 octubre 2010

Un río puede estar a tu vista y no verlo. El domingo 17 de octubre, un grupo de 20 personas navegó el río Atoyac, en Puebla, Méxiuo, con el fin de llamar la atención de la gente y que lo vea para comenzar a limpiarlo.







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Fueron gritos desde ambas riberas del río, los puentes que cruzábamos, las casas a la orilla e incluso una avioneta que nos sobrevoló varias veces para grabar desde el aire. “No más caca”, decían muchos, pero la porra que predominaba era “Queremos un río limpio”. Un río limpio: una petición de la gente de la ciudad de Puebla para que el río que la cruza. Durante casi diez kilómetros y tres horas que duró la navegación.

El inicio del recorrido.
Fotos cortesía de Carlos Tapia.
Click para agrandar.

Tres balsas y tres kayaks fueron echados a las aguas del río Atoyac y era algo sin precedente: un río que cruzaba una de las ciudades más importantes de México no era considerado en absoluto como navegable y no por su dificultad técnica, pues no pasa de tener rápidos muy sencillos que bien podrían conformar una escuela de navegación de río. No, no era la dificultad. Era que el río estaba contaminado. Apenas entraba a Puebla, se vierten en él desechos humanos y de fábricas y el resultado es que el río Atoyac es un caudal sin vida.

Pero pese a estar en medio de la ciudad, las orillas siempre fueron verdes, siempre con sorpresas por encinos de cientos de años o por paredes tapizadas por cactáceas o por una cueva que a todos nos llamó la atención. Pero predominaba el gris y negro del río, la vegetación cubierta de basura hasta dos metros por encima de su nivel actual, el desagradable y continuo olor de una cloaca.

La historia comenzó con una plática. Alguien preguntó si se podía navegar ese río. El resultado final fue un movimiento que duró unas cuantas semanas y en la que participaban cada vez más personas. Los medios siguieron el desarrollo continuamente porque se trataba de una actividad civil, sin partidos, sin más bandera que el logotipo y el lema de “Da la cara al río Atoyac”.

En la salida, hubo decenas de personas. Amigos, familiares, conocidos y algunos medios se dieron cita para vernos partir. Algunos niños imitaban un vómito al oler el río: “¿Se van a meter ahí?” Ahí nos metimos durante tres horas. Tres horas en aguas negras. ¿Por qué? Para decir a la gente que si había un problema, había que voltear a verlo y buscar soluciones, no taparlo ni entubarlo. “Entubar un río es sepultarlo, quitarle la vida que pueda tener”, dijo uno de los navegantes.

El movimiento puede ser considerado algo hecho por “niños ricos” para llamar la atención. De hecho, fue calificado así hasta el final. El periódico La Jornada de Oriente, tituló su artículo “24 hijos de empresarios navegaron por el Atoyac; buscan se rescate para volverlo como el Filobobos”. [El río Filobobos es uno de los más conocidos en México para la práctica del descenso de río en balsas.]

Es posible que mucha gente piense como ellos pero de entrada yo no soy un hijo de empresario y ninguno pensábamos en convertir al Atoyac en el Filobobos, sino en despertar conciencia de la gente hacia un río: su río con el objeto de que se limpiara. “¿Alguno de los poblanos no merece tener un río limpio?”.

Lo sorprendente no fue el descenso en sí, sino la gran manifestación de gente. En lo particular, pensaba que después de haber salido no veríamos sino a unas cuantas personas. Me equivoqué y ahí fue donde encontré el regocijo: en cada puente que pasábamos, había decenas de personas gritando su apoyo a los que estábamos en el agua:

—¡Queremos un rio limpio!—¡Salvemos al Atoyac para nuestros niños!—¡Sí se puede! ¡Sí se puede!—¡Queremos un Atoyac vivo!

Como estas, muchas más consignas. Hubo una que me llamó particularmente la atención. Un hombre de avanzada edad estaba en la ribera del río, alejado de los puentes. Saludaba a cada balsa que pasaba. A nosotros nos gritó “Gracias por motivarnos a pelear por nuestro río”.

Las mantas de apoyo estaban en los puentes que cruzábamos por debajo, en las riberas, en las terrazas de las casas, en donde pudiera llegar alguien. Y en un puente, vimos a un par de niños con varita en las manos; en su extremo, dos líneas de hilo y al final, dos peces pintados y recortados. “Queremos pescar en el Atoyac”. Impresionante.

Sí, es un agua color gris.

Quienes estábamos sobre el río debimos soportar el olor. Si alguno de nosotros creyó que el sentido del olfato ya no percibiría más el olor de las aguas conforme estuviéramos navegando, se desilusionó conforme pasábamos los caños de derrame. Hubo dos en particular en donde el olor se hizo insoportable y tuvimos que remar rápido para alejarnos de ellos.

El final fue marcado en la salida del Instituto Tecnológico de Monterrey, campus Puebla. Nos esperaba muchísima gente. Reporteros, familias, amigos, compañeros, curiosos y gente verdaderamente entusiasmada. Perdí la cuenta. Lo único que quería era dejar atrás ese olor y saber que había algo mejor, más verde, más azul y más diáfano. Lo encontramos ahí, en donde pasamos la estafeta a las organizaciones ambientales que se dedicarán a pelear por la limpieza del río.

Nosotros hemos cumplido con hacer que la gente voltee a mirar al río. Nosotros creemos que el río Atoyac es un caso de fracaso que puede volverse fácilmente en un caso de éxito. Los hermanos chilenos nos demostraron que se puede hacer si hay una cabeza que dirija con acierto. ¿Va a costar? Sí y mucho, pero eso es apenas un poco de lo que merecemos.

Los poblanos descubrieron algo: que tienen un río. Y que puede ser rescatado.

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