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Montañismo y Exploración
Al asalto del Cerro Torre
15 noviembre 2006

En enero del presente año presentamos un artículo sobre el primer intento al Cerro Torre hecho por Bonatti y Mauri, desde la perspectiva de los argentinos que participaron. El mismo artículo ha sido rescatado de una revista de la época en donde está el relato más ampliamente comentado. Lo colocamos por ser una joya histórica.







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Comimos entre todos una lata de conservas. No había agua y el sol golpeaba fuerte. Sin comentarios, Bonatti se ató alrededor de la cintura una soga de nylon de 120 metros y, tratando de establecer una ruta diagonal, atacó la empinada pared de una “espalda” del cerro. Escaloneando, se dio cuenta inmediatamente de la dureza del hielo, que hacía muy complicad el uso de la piqueta. Mauri lo secundaba.


Eggmann y yo, entretanto, empezamos a cavar una gruta en el hielo: tiempo perdido. Ese hielo era demasiado duro. Sin embargo, ellos subían y nosotros cavábamos. Luego de cinco horas ellos estaban unos 140 metros más altos y nosotros habíamos hecho un agujero en el hielo de 80 centímetros por 80, de menos de un metro de profundidad...


Cuando se acabó la soga, Bonatti descendió. Nos reunimos todos y nos sentamos sobre la nieve. Habíamos ganado 140 metros de altura, pero bien lejos destábamos de poder subir. Unos metros más y habríamos tenido que desviar a la derecha. Inevitablemente, la ruta era la que habíamos observado antes: dificiclísima, larga, expuesta.


“No vale la pena que te mates, Walter —le dije—. Ya sabemos cuál es el camino, y esto es lo que nos interesa. Haremos bien nuestros planes”.


Bonattiy Mauri sabían perfectamente bien que no había nada que hacer, pero los sacrificios que había significado organizar y llevar a cabo la expedición los empujaban a hacer más de lo que realmente se les pedía. Mirando esa infernal pared de hielo, tejían itinerarios eventuales a realizar de inmediato, aunque sea para poder subir tan sólo 300 metros y tener una idea más concreta de la parte final. Pero comprendí que ellos habían realizado todo lo que estaba a su alcance. No valía la pena arriesgar más. Decidí, pues, dar término a esa tentativa y al mismo tiempo aliviar esa carga psicológica que acosaba a esos muchachos.


Querían cumplir lealmente, deseaban ayudarme, querían subir.


"Volveremos el año que viene, muchachos, y seguramente llegarán arriba. Creo que debemos estar más que contentos por saber definitivamente lo que debemos hacer. ¡Afuera con esas caras tristes! Vamos abajo y dediquémonos a las otras montañas..."


Satisfechos ahora, comimos una tableta de chocolate y emprendimos el descenso. Dejamos atrás, sobre nuestras cabezas, el Col del Adela. Decidimos bautizarlo col de la Esperanza, pues, dentro de unos meses, comenzará allá mismo nuestra nueva aventura. Entonces, decididamente, daremos el asalto final a la verticalísima e informe ladera helada de la infernal pared sur del cerro Torre. ¡Quizá será cierto que podremos clavar con fuerza sobre su cumbre de hielo la piqueta atada con las banderas argentina e italiana!










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