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Montañismo y Exploración
Una costa rocosa
9 junio 2002

La Punta San Juan es rocosa, algo muy significativo pues desde Chetumal no hay una sola peña (salvo Tulúm) en cientos de kilómetros de litoral. Y detrás, las montañas que había visto al llegar a Coatzacoalcos. Era impresionante.







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Hicimos todo lentamente. Esta vez no había que darse prisa. Habíamos estado ya dos noches en un hotel y pensábamos aprovecharlo hasta el último momento, sobre todo, darnos una ducha rápida de agua dulce antes de entrar al mar. Acto significativo de lo mucho que extrañaríamos el cuerpo limpio teniendo el agua de mar pegada todo el tiempo, pero al mismo tiempo inútil pues en pocos minutos el agua marina estaba ya en toda la ropa. Dejamos tierra a la una de la tarde que, en horario solar, significa mediodía, la hora de mayor calor.


En Coatzacoalcos el mar seguía siendo claro y nuestra ruta seria una línea recta hasta la Punta San Juan, que veíamos enfrente de nosotros, hacia el noreste. Sí, nuevamente volvíamos a girar hacia el norte. Podíamos ir por toda la costa pero simplemente no nos llamaba la atención dar la vuelta a una bahía que podíamos evitar, aunque eso nos impusiera estar sentados mucho tiempo.


Los barcos cargueros entraban y salían de puerto y algunos delfines andaban por el lugar pero ninguno lo suficientemente cerca como para tomarle una fotografía. Pero lo más impresionante fue el mar. Era el sitio indicado como para hacer una "excursión" de fin de semana, como cuando uno va a escalar a una peña sólo por el domingo.


La Punta San Juan es rocosa, algo muy significativo pues desde Chetumal no hay una sola peña (salvo Tulúm) en cientos de kilómetros de litoral. Y detrás, las montañas que había visto al llegar a Coatzacoalcos. Era impresionante. Sólo con dar la vuelta teníamos una playa arenosa con un oleaje mínimo a un lado de la peña. Ahí nos bajamos a ver y aunque pensábamos remar más lejos, el sitio nos pareció tan hermoso que decidimos pasar la noche ahí.


Estábamos cerca de Coatzacoalcos pero la playa estaba sin basura, salvo la que la marea empuja de vez en cuando de los barcos o la que dejan los pescadores. Subimos al pequeño cerrito, una de cuyas laderas estaba trabajada para sembrar algo. Yo subí hasta la punta, abriéndome paso en la tupida vegetación y desde ahí fotografié el mar, a los diminutos kayaks en la playa. Cuando bajé me dediqué a fotografiar cangrejos y cualquier cosa que se moviera. Era una delicia tener tiempo para ello.






















Mientras, Alex caminaba a lo largo de la línea de marea con calma. Cuando regresó traía un pedazo de cubeta lleno de "galletas de mar" y me preguntaba cuándo se le borraría la estrella de cinco puntos que tiene porque pensaba regalar una a cada uno de sus amigos.


Esa noche platicamos de lo bien que nos sentíamos de estar ahí y yo me preguntaba si no se debería a que proveníamos de una tierra de montañas y estábamos ya al pie de las primeras. Nos sentíamos bien y eso bastaba.


Por la noche me despertaron los relámpagos y salí a colocar el toldo. Cuando entré a la tienda de nuevo sentí un calor mucho mayor. Me dije que debía soportarlo sin moverme, pero a poco rato hacía tanto calor que volví a salir y a quitarlo. Ya se encargaría la lluvia de despertarme y entonces sí lo colocaría bien. Y así sucedió: la lluvia fue fuerte.





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