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Montañismo y Exploración
El mar a la luz de la luna
27 abril 2002

Más tarde, cuando el sol estaba saliendo, a lo lejos se veía hervir el mar. Un hervor blanco que se acercaba. ¿Una ola? El hervor se acercaba y se repente se convirtió de blanco en rosáceo: era una parvada de flamingos…







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Día de navegación 8: Sábado 27 de abril, 2002


Salimos poco antes de las cinco de la mañana de San Felipe. Teníamos la luna por delante y una laguna larga y sin movimiento: el final de Ría Lagartos. Era la primera vez que salíamos tan temprano que era de noche (no lo hacíamos por seguridad, para evitar las lanchas de pescadores que pudieran arrollarnos) y realmente resultó una experiencia fabulosa. El mar plateado por el reflejo de ese disco blanco que iba bajando cada vez más y el sol por detrás, esperando salir. Las olas pequeñas rociaban apenas el kayak. Al amanecer me encontré con algo que me pareció una cabeza de pato pero que perdía constantemente. En los días anteriores habíamos visto patos y pelícanos "descansando" sobre el mar. De repente apareció más cerca. Pero no era un pato sino la aleta de un delfín que terminó colocándose a diez metros de mí y que no me dejó por un buen rato. Yo trataba de remar lo más armonioso posible para no espantarlo, pero no hacía falta. Era como estar juntos. Él se sabía más fuerte y ya. De repente, se fue y no regresó. Lo extrañé el resto del día.


Más tarde, cuando el sol estaba saliendo, a lo lejos se veía hervir el mar. Un hervor blanco que se acercaba. ¿Una ola? El hervor se acercaba y se repente se convirtió de blanco en rosáceo: era una parvada de flamingos (que en San Felipe y todo Yucatán llaman flamencos). Alex iba mar afuera pero también se detuvo para verlos. Era increíble el color, la elegancia de vuelo y no es que cada ave tenga un vuelo elegante sino que entre todas forman una serpiente larguísima de más de cien aves (yo conté hasta 30 y no había llegado ni a la cuarta parte) que parece culebrear por el cielo azul nítido.


Poco después, el redescu-brimiento de la laguna y su agua cristalina. Bajo nosotros se movía otro mundo vivo con las cacerolitas de mar (¡la cámara sumergible, caray!), esos organismos pancrónicos (antes se llamaban incorrectamente "fósiles vivientes") que parecen efectivamente una cacerola invertida.


Así, entre parvadas de flamingos, cacerolitas de mar bajo los kayaks, tortugas (que vio Alex), delfines y peces voladores que abundan por todos lados, nos pasamos una remada inolvidable.


Nos detuvimos a desayunar a las 10 de la mañana en una playita de manglar y ahí encontré una cráneo de una tortuga carey de gran tamaño: unos 20 por 30 cm. "Esto", me dije, "va directo a mi casa". Lo monté en el kayak, en la parte delantera y remé con él. Alex me preguntó si lo iba a regalar al farero y le dije que iba hasta mi casa. La cara que puso al decir: "¿Hasta Veracruz?", me hizo reaccionar: faltaban más de mil kilómetros y yo intentaba cargar un cráneo hermoso hasta allá. ¿Podría? No lo supe entonces pero fue un buen punto en contra de seguirlo cargando.


Así llegamos al faro de Yalkubul, el único espacio habitado en muchos kilómetros a la redonda. Habíamos navegado 21 millas náuticas desde San Felipe y podríamos descansar. Es curiosa la forma en que nos han dado las distancias. Generalmente es en tiempo de recorrido en lancha, menos frecuentemente, en kilómetros pero la distancia de 21 millas náuticas (una milla náutica mide 1,853 metros, o sea: habíamos remado 38.9 kilómetros).




















El farero es un hombre que se pasa un mes de su vida en un faro y el otro en su casa. Así ha pasado 24 años trabajando en todos los faros del Golfo de México y el que él declara como el mejor de todos es el de Arrecife Alacranes, donde le tocó aguantar al huracán Gilberto. Historias de él podían sacarse a montones, al igual que de su hijo de cinco años que tiene apenas dos semanas ahí, en un espacio diminuto y sin un solo niño con quien convivir. Sin embargo, es un niño sano y sin miedos, que aprende mucho del mar.


Frente al faro está el antiguo, que dinamitaron hace años porque quedó muy maltrecho por los huracanes. Ahora el mar lo rodea. Después de un baño de agua dulce y de comer, dormimos la siesta, que es lo que hemos venido haciendo desde Isla Blanca. Así, tenemos dos tiempos de sueño y dos de vigilia.


Ahí, bajo el faro, pasamos otra noche, lejos de los mosquitos y de la "brisa", ese viento que en el DF hubiera tirado ya hasta árboles.







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