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Montañismo y Exploración
RECORDEMOS A LINK
15 agosto 2001

¿Quién de los que verdaderamente aman a la montaña no ha oído hablar, o leído algo acerca de Juan Jorge Link, el "Cóndor de los Andes que se cubrió de gloria al alcanzar, en cuatro ocasiones la cumbre principal del …







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¿Quién de los que verdaderamente aman a la montaña
no ha oído hablar, o leído algo acerca de Juan
Jorge Link, el "Cóndor de los Andes que se cubrió
de gloria al alcanzar, en cuatro ocasiones la cumbre principal
del Aconcagua?

Link murió el año de 1944, cuando intentaba realizar
su quinta ascensión al "Coloso de América".
Cayó allá, en las alturas del Aconcagua. Pero
estoy seguro de que murió sonriendo, sí; porque
en ese momento supremo se encontraba al lado de sus más
grandes amores, su esposa y "su montaña".

Para avivar el fuego del recuerdo hacia ese andinista de nervios
de acero y corazón bien puesto, transcribiremos, del
libro de Tibor Sekelj "Tempestad sobre el Aconcagua",
unas anécdotas referidas en aquella trágica expedición
de 1944.



"En uno de los descensos solitarios de la cumbre Â?contaba
LinkÂ? estaba yo bajando por la cuesta cubierta de nieve iluminada
por la luna, cuando de pronto vi una roca que se parecía
a un hombre sentado. Me le acerque para observarla mejor, y
entonces me di cuenta de que no se trataba de ninguna roca,
sino de un hombre sentado sobre una piedra, con la cabeza apoyada
en la mano, como si estuviera descansando. Vi estupefacto su
larga barba, las antiparras sobre el pasamontaña que
le cubría la cara, y la mochila al hombro. No cabía
más duda. O era un hombre durmiendo, o era una alucinación
en aquella luz plateada que poblaba de visiones fantasmagóricas
las rocas torturadas por el viento. Un grito se me escapó,
que yo mismo no supe aclarar si era para despertar al andinista
misterioso o para despertarme a mí mismo de la pesadilla;
pero el grito no surtió ningún efecto. Entonces
me quité el guante y lo toqué. Sentí un
cuerpo duro bajo el traje . Le toqué la barba... y era
barba. Le toqué la cara, pero sentí bajo los dedos
la terrible sensación de tocar un mármol. Retiré
la mano, entonces, y corrí hacia abajo, sin saber si
había enloquecido o era verdad lo que había visto.
Recién después, al buscar la verdad, me enteré
de que se trataba del cadáver de Stepanek, quien murió
sobre el Aconcagua unos diez años antes y que seguía
sentado en el lugar donde había fallecido, perfectamente
conservado por el intenso frío."

Otro de los episodios relatados en aquella expedición,
fué el vivido por el profesor Schiller en el año
de 1907:

"Yo había estado escalando los cerros alrededor
del valle volcán ya durante dos meses, volviendo de vez
en cuando a mi base para abastecerme de víveres. Un día,
en la ladera del cerro me alcanzó un temporal y me refugié
bajo una roca que, si bien me guardaba del viento, no lo hacía
de la nieve, y pasé allí la noche. Estaba sin
capa y sin bolsa de dormir, cosas que casi nunca llevaba, por
comodidad, y por la mañana estaba totalmente cubierto
por la nieve. La tormenta prosiguió durante dos días
y dos noches y yo no podía moverme de mi escondrijo.
El alimento que tenía conmigo ya se había acabado
casi totalmente; sólo me quedaban unos terrones de azúcar
y un frasquito de alcohol por día. Era muy poco pero
me daba fuerzas.

"Al tercer día amainó el viento y me atreví
a emprender el descenso. Mis miembros estaba rígidos
por el frío y mis manos mostraban un principio de congelación.
Me movía dificultosamente abriéndome camino en
la nieve, que en ciertos lugares llegaba a una altura de tres
metros. Me hundía hasta la cabeza y empleaba horas enteras
para salir otra vez a la superficie. Iba así cuesta abajo,
y cuando la noche se estaba acercando, busqué una roca
y al pie de ella me construí un refugio de nieve. Por
la mañana del día siguiente continué arrastrándome
hacia el valle Horcones que parecía estar tan cerca,
pero que quedaba siempre a la misma distancia. El tercer día
y el cuarto y el quinto hice otro esfuerzo parecido, alimentándome
siempre de dos terrones de azúcar con alcohol. Recién
el séptimo día llegué al valle, que se
encontraba cubierto de nieve como raras veces en épocas
del verano. Arrastraba penosamente mi cuerpo hecho un esqueleto,
con la esperanza de poder llegar hasta la primera población.
Pero faltaba mucho todavía. Ocurrió entonces que
me deslicé y caí en una grieta entre dos rocas
en el glaciar Horcones. Caí con la cabeza para abajo
y con tan mala suerte, que mi cabeza quedó encajonada
en el fondo de la grieta, cubierta por la mochila, mientras
que los pies sobresalían un tanto de las rocas. Hice
un esfuerzo sobrehumano para librarme de la trampa que la naturaleza
me había tendido, pero fué inútil. Lo único
que conseguí fué cambiar un poco la posición
de la cabeza y darme vuelta para estar acostado con la espalda
sobre el fondo de la roca, posición que me permitía
respirar. Pasé así la noche y parte del día
siguiente. Me pasaba las horas así inmóvil, agonizando,
sin esperanzas ya de recuperar mi vida. Ni siquiera pude alcanzar
mis terrones de azúcar.

"La agonía me insensibilizaba por completo y mis
miembros, que por la inmovilidad y el intenso frío habían
iniciado su congelamiento, ya no me causaban dolor. Ni siquiera
el frío sentía. De pronto, no sabía si
era alucinación o realidad, oí voces humanas que
se estaban acercando. Mi mente, que ya había empezado
a hundirse en la obscuridad, volvió a encenderse y no
sé si lo hice instintivamente o con sano criterio, pero
con los últimos restos de mis fuerzas levanté
uno de mis pies, para que sobresaliera de la roca, y lo moví
para llamar la atención. Quiso la Providencia que la
maniobra no fallara. Pronto llegaron los transeuntes a la grieta,
con la mayor estupefacción, y me sacaron del aprieto.
Luego me dieron de beber y comer y me aplicaron fricciones.
Inmediatamente me llevaron a Puente del Inca, de donde me trasladaron
a un hospital de Mendoza, donde recuperé mis fuerzas.

"Los hombres que me salvaron la vida, eran unos baquianos
de una expedición holandesa, que, por una coincidencia
pasaban por allí, quizás el últimos día
en que fué posible salvarme la vida. Era una de esas
casualidades inexplicables que a uno lo dejan sin saber qué
pensar, pues en aquella época se organizaban expediciones
muy de vez en cuando por la cordillera, y ésta es tan
extensa, tiene tantas montañas y tantos valles, que podrían
vagar por ella dos expediciones durante años sin encontrarse."


© Alpinismo, revista mensual. Tomo 2, número
13, octubre 14 de 1950. Páginas 43-44.





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