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Montañismo y Exploración
Alpamayo
15 enero 2001

Nuestra aventura comenzó cuando pensábamos en una expedición de la Universidad a la Cordillera Blanca del Perú; en ella hay más de 35 picos de altura superior a los seis mil metros y sus cumbres se encuentran entre las más bellas del mundo. Nuestro objetivo sería escalar “la montaña más bella de la Tierra”.







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El nevado Alpamayo —de 5,957 metros— presenta una forma estéticamente perfecta y armónica que ofrece al mismo tiempo grandes dificultades. Es una cumbre grande, aislada, no superada por ningún otro pico circundante. Responde a la consideración según la cual la montaña más bella tiene que ser, sobre todo, una montaña grande, además de poseer formas completamente regulares.

UBICACIÓN

Esta montaña se localiza dentro del grupo septentrional de la Cordillera Blanca en los Andes y pertenece al departamento de Ancash (Perú). Su nombre proviene de Allpa-Mayu, que puede interpretarse como Monte de Tierra.

ANTECEDENTES

En 1957, una expedición alemana conquistó la cima principal por la cresta sur. En 1966 fue conquistada la cresta norte por ingleses y a partir de entonces se ha visto atacada por todas sus aristas y caras.

Con un año de anticipación comenzamos a prepararnos no sería fácil. Recorrimos las vías más difíciles de nuestras montañas nevadas; corríamos por las mañanas e íbamos al gimnasio por la tarde. El equipo con que contábamos era suficiente y de buena calidad, lo que nos animaba y daba confianza en poder alcanzar la cumbre.

El 19 de mayo por la madrugada, un grupo formado por siete personas (José Valencia, Mauricio López, Alberto Balancán, Carlos González, Eusebio Hernández, el doctor Reynaldo Téllez y Enrique Miranda) partimos del aeropuerto de la Ciudad de México rumbo a la capital del Perú. Llegamos al amanecer e inmediatamente informamos de nuestras actividades a la embajada de México y a los organismos oficiales del andinismo en ese país.

Al día siguiente, muy temprano, partimos por tierra a la ciudad de los blancos nevados: Huaraz, ubicada a 3,080 metros. Su fisonomía es la de una ciudad moderna y de aquella de calles estrechas y grandes casonas de adobe y teja, prácticamente no existe nada, ya que el sismo de 1970 la destruyó completamente, pero su belleza natural, con sus majestuosos nevados, elevados picachos, verdes praderas e inmensos bosques de eucalipto, hacen de ella una hermosa ciudad.

Ya instalados en Huaraz, en dos días compramos los utensilios y víveres faltantes. Nuestra alimentación para la montaña consistía en raciones integrales preparadas al vacío que adquirimos en los EUA. Optamos por hacer el acercamiento por el norte de la montaña, lo que implicaba que deberíamos viajar doce horas en vehículo hasta la laguna Safuna, último punto de acceso por carretera.

En la mañana del cuarto día, salimos hacia la base de la montaña. El viaje fue largo y cansado, pero no pudimos llegar hasta la Laguna debido al mal estado de la carretera, así que nos quedamos en una ranchería llamada Palo Seco. Ahí permanecimos hasta que logramos contratar animales de carga.

El 26 de mayo partimos hacia la base de la montaña con 300 kilos de equipo y alimentos en seis animales de carga. Don Clemente Bedón nos guió durante diez horas hasta Laguna Pukagocha, donde instalaríamos nuestro campamento base. A las doce del día siguiente llegamos al refugio de Laguna Pukagocha, en donde despedimos al arriero y acordamos que regresara trece días después. Durante el resto del día acomodamos parte de nuestro equipo y acordamos que saldrían por la mañana Eusebio y Alberto a reconocer el terreno y a instalar el Campamento Uno con ayuda de Carlos y José, en tanto nosotros organizábamos todo el material.

Por la tarde del día siguiente, regresaron Carlos y José con la noticia de que el campamento estaba situado al pie del glaciar Kitaracsa. Al otro día saldrían a reconocer el glaciar y fijar cables en la pared que conduce al collado noreste. Subimos más equipo y alimentos al Campamento Uno. Ese día no bajaron Alberto y Eusebio -creíamos que algo les había sucedido-, así que salimos por la mañana para reconocer el estado de nuestros compañeros. Escalábamos , subíamos, cruzábamos, descendíamos y casi no avanzábamos; el glaciar era muy quebrado. Como a las 11 vimos dos puntitos que se mueven en la parte superior: eran nuestros compañeros. Habían tenido que vivaquear.

Los veíamos bajar cuando Eusebio, que iba adelante, cayó dentro de una grieta. Nos gritaba: "¡Apúrense, tengo una pierna rota!" Lo ayudamos a salir y vimos que tenía la pierna izquierda muy hinchada. No podía caminar y bajarlo resultaba muy peligroso por lo quebrado del glaciar. La única solución era montar un campamento para que allí recibiera el auxilio y nos diera tiempo de organizar el rescate. Me quedé con Eusebio mientras los demás bajaban por una tienda y víveres. Sentado sobre la tapa de mi mochila y con un anorak me pasé la noche junto a mi compañero, que se quejaba constantemente de fuertes dolores; platicamos, cantamos e hicimos todo lo posible por olvidar aunque fuera por un momento nuestra situación.

Al mediodía llegaron nuestros compañeros y bajé de inmediato hasta el campamento base, no sin antes acordar la forma de trasladarlo. Ya todos arriba, nos dispusimos a bajarlo. Fijando a nuestro compañero a dos armazones de mochila, lo bajamos poco a poco. Al día siguiente, con el camino ya conocido, salimos rumbo al collado llevando una tienda y víveres para tres días; sólo se quedan Eusebio y el doctor en el Campamento Uno. Ese día cruzamos todo el glaciar siguiendo el camino que Alberto ya conoce. Subimos un poco y en una oquedad instalamos el vivac en la base de la pared.

Por la mañana comenzamos a subir por los cables puestos unos días antes. Todo el día nos lleva subir los 300 metros que presenta un canalón en su parte media, por donde están cayendo constantemente piedras y grandes trozos de hielo que se desprenden de la parte superior. Algunos cables que habían sido fijados, los encontramos hechos pedazos. En su parte final, la pared se vuelve totalmente vertical y peligrosa, ya que había piedras flojas con una nieve pastosa que hacía el avance muy difícil.

A las cuatro de la tarde llegamos a la parte final de la pared donde instalamos cables para ser usados en el descenso. De inmediato levantamos nuestra tienda en la base de la arista noreste y acomodamos nuestro equipo para la parte final.: una arista muy inclinada (entre 50 y 60 grados) de 600 metros de largo que nos conduciría directamente a la cumbre. En la noche hizo mucho frío, el tiempo era óptimo, todo estaba listo.

Nos levantamos en la madrugada y de inmediato nos equipamos, tarea que nos llevó dos horas. A las siete de la mañana iniciamos nuestro ascenso por la arista, con una pared de hielo vertical de quince metros. Comenzábamos a ascender cuando encontramos un puente de hielo, que superamos haciendo alardes de equilibrio. Este tramo no siempre se encuentra accesible por lo que hay que hacer una travesía hacia la izquierda y escalar un tramo de roca de unos 80 metros.

Escalamos y escalamos. La arista parecía infinita. Muy arriba, hicimos una travesía a la izquierda para remontar a la antecumbre; ése fue el tramo más difícil, pues es completamente vertical y la nieve no se encuentra apta para la escalada con cierta seguridad. A las doce del día llegamos a una pendiente suave donde ya no usábamos el martillo-piolet y en media hora más llegamos a lo más alto de la montaña. Cuatro personas formábamos el grupo: Alberto, José, Carlos y yo. Era el 5 de junio de 1981 y nuestro reloj marcaba las 12:30. Nos abrazamos, tomamos fotos, dejamos nuestro banderín y de inmediato nos dispusimos a bajar por ese espectacular abismo , debíamos bajar rápido para que la oscuridad de la noche no nos sorprendiera en plena arista.

Bajamos como ante subimos: interminablemente. A las ocho de la noche nos encontrábamos saliendo de la arista. El cansancio se notaba en nosotros. Había sido difícil, pero lo habíamos conseguido: triunfar en la montaña mas bella del mundo: el Alpamayo, por su vertical arista noreste.



 



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