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Montañismo y Exploración
En busca de la Cascada de Piedra Volada
27 diciembre 2007

Si usted cree que ya no quedan sitios vírgenes sobre la faz de la tierra, quizá le sorprenda saber que en el umbral del tercer milenio encontramos una de las más grandes cascadas del mundo que permanecía ignorada.







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Rosalinda González, Cuitláhuac Rodríguez y yo nos reunimos en La Junta, el 3 de diciembre de 1994, para juntos irnos a Basaseáchic. Íbamos a la cascada para tratar diversos asuntos de trabajo. Cuitláhuac y yo nos entrevistaríamos con Don Fernando Domínguez en el Rancho San Lorenzo, quien ya nos tenía preparado a un guía para ir a la parte alta de la Cascada de Piedra Volada, ésa que se rumoraba era más alta que la de Basaseáchic y que ahora, después de recorrer la Barranca de Candameña y las pláticas con Fernando Domínguez, empezaba a hacerse realidad. Ignoro de quien partió el rumor, pero el hecho es que muy pocas personas sabían de la existencia de esta cascada y menos quienes la conocieran.




La cueva del padre Glandorff


Un poco antes de llegar al parque Rosalinda detuvo el mueble (automóvil para los lectores que desconozcan la jerga chihuahuense) y nos señaló un hermoso abrigo rocoso incrustado en unas paredes verticales de cierta magnitud, al pie de un arroyo. Una rústica cruz de madera ayudaba a distinguir el sitio:


—Se trata de la cueva del padre Glandorff —nos dijo— quien fuera misionero en Tomóchic por más de 40 años, de 1722 a 1763. Con frecuencia salía de su misión y se venía aquí a meditar, orar y pedir consejos a Dios.




La cueva del padre Glandorff


La cueva del padre Glandorff




El espíritu del Sucurúame



—Por toda esa barranca donde se encuentra la cueva del padre Glandorff, sale un ánima y asusta a la gente —nos dijo Don Rafael Sáens, quien gustoso compartió con nosotros leyendas e historias de esta parte. —Esa ánima es el espíritu del sucurúame, un poderoso hechicero tarahumara que le dio mucha lata al padre Glandorff, al grado que detuvo por largo tiempo la evangelización en la sierra.


"Cuando el padre Glandorff llegó a Tomóchic, venía con muchas ganas de evangelizar, para así extender el reino de Dios lo más posible. Pero a pesar de todas sus ganas se dio cuenta de lo poco que progresaba, no tardó en comprender que la gran influencia del sucurúame era lo que le estorbaba. El hechicero era muy respetado rancherías indígenas y se oponía al cambio en sus tradiciones religiosas. Por más que intentó el misionero disminuir la el sucurúame no logró nada y todos los métodos que volverlo cristiano, simplemente fracasaron.


"Un día, el sucurúame apareció muerto, evidentemente asesinado. Nunca se supo quién fue. El padre Glandorff interpretó esto como un castigo que sucurúame por impedir la propagación de Su Palabra y así lo explicó a sus neófitos tarahumaras, haciéndoles ver cómo el diablo se había apoderado del sucurúame, pero que Dios, al ser más poderoso fácilmente lo había derrotado. Sin embargo, poco le duró el gusto al misionero ya que a los pocos días empezó a aparecerse ni más ni menos que el espíritu del sucurúame, a todo aquel que escuchara al padre. La presencia del sucurúame fue tan real que no sólo no pudo avanzar en la evangelización, sino que comunidades que ya habían sido bautizadas volvieron a sus antiguos ritos religiosos. El padre Glandorff estaba desesperado y durante varios meses no pudo hacer nada.


"Aconsejado otro padre misionero, el de Sisoguichi, decidió enfrentarse con el espíritu del sucurúame; así un día, apareció armado con una cruz, agua bendita y los santos óleos en una región donde con gran frecuencia se aparecía el sucurúame. ¿Dónde creen ustedes que es esa región?" —nos preguntó instintivamente Don Rafael.


—¿En la cascada de Basaseáchic? —le respondió Rosalinda.


—No.


—Ni idea —contestó Cuitláhuac.


—Pues fue en la misma barranca donde está la cueva del padre Glandorff, incluso hay quienes creen que fue dentro de la misma cueva. Lo cierto es que el padre desapareció de Tomóchic por casi dos semanas y durante ellas el cielo estuvo nublado, especialmente en dicha barranca en donde los relámpagos se concentraron como para presenciar la gran lucha que ahí se desató. Al término de todos esos días, el padre Glandorff apareció en Tomóchic, se le veía cambiado y había encanecido muchísimo. Venía totalmente agotado, pero había derrotado al espíritu del sucurúame, al cual capturó y confinó en un pequeño cofre metálico que dejó enterrado cerca de la cueva.


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