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Montañismo y Exploración
En busca de la Cascada de Piedra Volada
27 diciembre 2007

Si usted cree que ya no quedan sitios vírgenes sobre la faz de la tierra, quizá le sorprenda saber que en el umbral del tercer milenio encontramos una de las más grandes cascadas del mundo que permanecía ignorada.







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El puerto del Arbolito


Temprano, al día siguiente, nos reunimos en la casa de Reyes Méndez, quien sería nuestro guía, ya que es una de las poquísimas personas que conoce Piedra Volada. Eran las 9:40 cuando salimos a pie del Rancho San Lorenzo siguiendo una tranquila vereda entre el bosque. A poco de caminar tomamos un olvidado camino trocero y desde él tuvimos una magnífica vista de la Cascada de Basaseáchic a lo lejos. A la hora de caminar llegamos a un punto llamado el Puerto del Arbolito, ahí descansamos un poco. Un montón de piedras y sobre ellas una cruz marcaban al puerto. Las piedras las echan los caminantes que por aquí pasan, es una costumbre muy antigua de la sierra —dizque para que el diablo no pase de un lado a otro del puerto nos dijo Reyes. Aquí la gente ya perdió la costumbre y ya no echan piedras, lo que hizo Reyes fue quitarse el sombrero ante la cruz, pero yo sí eché la piedra— por si las dudas.




Los jabalíes


Continuamos la marcha siguiendo, y a veces adivinando, veredas vaqueras; más adelante nos detuvimos en otro punto a descansar un momento. En eso estábamos cuando escuchamos un extraño ruido entre la hojarasca, por un momento pensé que alguien se aproximaba, hasta que Reyes nos dijo que no nos moviéramos. Se trataba de un grupo de jabalíes, de unos 8 a 10, que caminaban cerca de nosotros pero un poco arriba. Por la posición en que estábamos no nos vieron ni nos pudieron oler por la dirección contraria del viento, así que tuvimos la oportunidad de verlos bien; sin embargo, fue sólo un instante y para cuando alcancé a sacar mi cámara fotográfica de la mochila, se habían ido. A poco de seguir andando vimos una coa, se trata de un ave muy hermosa y considerada en peligro de extinción. Resplandecía con sus colores blanco, verde y rojo. Reyes me comentó que aquí le llaman Chícharo.




Iniciando el rapel para evaluar la magnitud de Piedra Volada


Iniciando el rapel para evaluar la magnitud de Piedra Volada




La Cascada de Piedra Volada


Pronto percibimos el rumor del arroyo de Piedra Volada y empezó a aparecer ante nosotros la vista de la Barranca de Candameña. Al otro lado de la barranca, muy a lo lejos alcanzamos a ver la terracería, toda llena de curvas, que desciende hasta la zona minera. A partir de que se ve el arroyo de Piedra Volada todo vestigio de vereda desaparece y nos fuimos caminando por una ladera un poco más arriba del arroyo, de vez en cuando descendíamos hasta el cauce. Ya casi para llegar a la cascada, un salto en el arroyo nos obligó a subir más de lo normal y efectuar un pesado descenso por una ladera muy inclinada, parte era desescalada, no había otro paso. Accedimos al arroyo que llevaba poca agua, bordeamos una hermosa poza y tuvimos ante nosotros un gran vacío seguido por la vista impresionante de la Barranca de Candameña y su río que se perdía entre las paredes verticales de la cima. Justo habíamos hecho dos horas de caminata desde San Lorenzo.


Estábamos arriba de la Cascada de Piedra Volada y no cabíamos en nosotros de gusto, el arroyo que llevaba muy poca agua, inmediatamente se perdía. Para poder apreciar bien la cascada fue necesario poner un cable y descender unos pocos metros, veníamos preparados para ello. Una vez que hicimos todas las maniobras y estuve pendiente del abismo quedé muy sorprendido de lo sobrecogedor del espectáculo. Esta visión supera con mucho la que se tiene desde la Cascada de Basaseáchic. Se apreciaba magnífica la Barranca, se veía tan cercana y por eso se realza su imponencia. Frente a nosotros teníamos la Peña del Gigante a unos centenares de metros, no pude dejar escapar una exclamación de asombro ante lo que se me presentaba; era un verdadero tajo que caía muchos centenares de metros abajo.


Su cumbre se alzaba unos 200 metros arriba de donde nos encontrábamos y desde ahí se desprendía lo vertical directamente hasta el Río Candameña. —¿Será de 800 metros como indica la carta de INEGI? —me preguntaba. Desde aquí parecía infinita. Hacia abajo la poca agua que llevaba el arroyo se perdía haciéndose brisa ante el gigantesco salto. A simple vista resaltaba que esta caída era mayor que la de Basaseáchic, por lo que durante las temporadas en que el arroyo lleva un buen volumen de agua, debe ser una cascada muy impresionante. Definitivamente, habría que hacer planes para venir a bajarla lo más pronto posible y medirla.


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