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Montañismo y Exploración
Náufrago voluntario


Alain Bombard cree que los hombres pueden sobrevivir en el mar con lo que el propio mar les da en caso de ser náufragos, hipótesis arriesgada en tiempos de posguerra. ¿Cómo probarlo? El doctor Bombard se convierte en un náufrago voluntario donde sus principales problemas no serían el hambre y la sed, tal como lo había previsto, sino la soledad y las fuertes ataduras psicológicas.







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Alain Bombard. Náufrago voluntario. Editorial Labor, Barcelona. 1953. 241 páginas. s/ISBN

 

Los náufragos de todos los siglos serán siempre los mismos, sometidos a los sortilegios ignotos del mar. (p. 79)

...el 90% de los náufragos mueren dentro [de] los tres días siguientes al siniestro, pues se necesitan bastantes más para morir de hambre o de sed. Al hundirse su barco, el hombre cree que todo el Universo se hunde con él, y el par de planchas que le fallan bajo los pies, arrastran consigo su ánimo y su juicio. Aunque encuentre en aquellos momentos una canoa de salvamento, no por ello está salvado, porque queda en ella inerte, absorto en la contemplación de su miseria. En realidad, ya ha renunciado a vivir. Presa de la noche, aterido por el agua y el viento, asustado por el vacío, por el ruido y por el silencio, no necesita más que tres días para acabar y perecer. (p. 12)

El agua de mar es peligrosa: así lo dice todo el mundo. Beberla en grandes cantidades conduce a la muerte por nefritis. (p. 25)



Alain Bombard, se plantea una hipótesis revolucionaria: ¿Puede un hombre sobrevivir en el mar comiendo y bebiendo exclusivamente de lo que encuentre? Él cree que sí. Tras varios días como náufrago, Bombard descubre algo importante al ser rescatado:

“Van Hamsbergen [su compañero] no había bebido nada desde hacía dos días; yo, en cambio, había absorbido pequeñas cantidades de agua de mar para calmar la sed, seguro de que, tomada en aquellas proporciones, no constituía peligro alguno...

“En cuanto subimos a la trainera, mi compañero vacía un gran cacharro de agua, y yo, convencido de que tengo sed, me dispongo a imitarlo. Pero al segundo trago me detengo, pues en el fondo no estoy sediento: sólo me lo parecía.” (p. 17-18)

Su hipótesis, que va en contra de lo que él comienza a llamar sarcásticamente “especialistas”, hace tal revuelo que sólo encuentra una forma de comprobarla: convertirse voluntariamente en un náufrago en una embarcación inflable, parecida a las usadas por los auténticos náufragos. Pero, ¿en donde hacer la prueba? El Atlántico es la respuesta, pero Bombard prefiere andar con cautela y su primer intento lo realiza en el Mediterráneo, junto con Jack Palmer.

Pese a lo exitoso de esta travesía por el Mediterráneo la prensa se muestra reacia a aceptar algo de parte de quien no es un marino consumado y esto influye en su patrocinador:

“En cuanto a nuestro mecenas, subyugado por los «especialistas» triunfantes, se negaba a pagar nada, so pretexto de que no quería «contribuir a mi suicidio». Ni siquiera se daba cuenta de que así disminuía de modo peligroso las condiciones de nuestra seguridad.” (p. 98-99)

Y no sólo en él, pues también Palmer se ve influenciado y decide, literalmente, abandonar el proyecto. Después de esperarlo varias horas en la playa, Bombard sabe que Palmer no regresará y escribe una nota:

“Asumo la responsabilidad de partir solo; para triunfar hay que tener fe; si fracaso, el responsable habrá sido un no especialista. Hasta otra hermano. Alain.” (p. 113)

Así, se interna en el vasto mar: “Cuando mis miradas se adentran en el Atlántico, su inmensidad me espanta. Verdaderamente, nada en él es comparable con lo que acabo de dejar.” (p. 118)

Lo que más le dejaría asombrado era la soledad, que desde un principio entrevió: “...los problemas se acumulan y no dejan que mis pensamientos se concentren en la «instalación a bordo de la soledad». Sólo cuando estos problemas hayan quedado resueltos, se convertirá ella en el problema.” (p. 115)

Náufrago, las vivencias cotidianas son más agudas: el hambre es identificada en varias etapas, el dolor, la propia curación, el deterioro del cuerpo, la sed calmada con agua de mar, el frío, pero sobre todo, la soledad:

“Ahora comprendo la diferencia que va de soledad a aislamiento. Del aislamiento en la vida normal, sé cuándo puedo librarme: me basta con pasar la puerta y bajar a la calle o acudir al teléfono para oír la voz de un amigo. El aislamiento sólo existe si uno se aísla. Pero la soledad, cuando es total, nos aplasta.” (p. 162)

Bombard llega a América el 23 de diciembre de 1952 y se convierte así en un personaje legendario y ha pasado a la fama, aunque su obra, ha sido poco difundida, incluso entre los manuales de supervivencia para náufragos, pese a ser material de básico referencia. Ya durante su travesía maldecía estos libros:

“Quiero hacer constar que no hay derecho a que otros náufragos mueran asesinados moralmente por los autores de libros escritos para ellos, en los cuales los signos de proximidad de la tierra son todos falsos y destruyen la moral, matando así a las personas. “ (p. 205)

El viaje de Bombard no es sólo un cruce más del Atlántico a bordo de su L’Hérétique, sino también contra lo que estaba establecido como ortodoxo entonces.



 



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