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Montañismo y Exploración
117 días a la deriva
10 noviembre 2004


El único tipo de vida que deseábamos era ser libres de maniobrar nuestro propio velero a través de los mares del mundo. Ahora todo se había ido, nuestros sueños, nuestra gran aventura. Era como si la vida se hubiera detenido. Nada parecía tener ya ninguna importancia. Pero la gran aventura apenas había empezado.







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Maurice y Maralyn Bailey. 117 días a la deriva. Editorial Diana, México. 1978. 238 páginas. ISBN: 968-13-0094-7

…descubrimos que necesitábamos sal, y con frecuencia nos sentábamos a lamer nuestros dedos cubiertos de sal.


Algunas personas cambian de vida completamente para vivir un sueño. Maurice y Maralyn Bailey lo hicieron: dejaron empleos en tierra, vendieron su casa y compraron un velero para viajar por los mares. De repente, cercanos a las islas Galápagos, una ballena choca con su navío y éste se hunde. Su mundo se hunde.

“El único tipo de vida que deseábamos era ser libres de maniobrar nuestro propio velero a través de los mares del mundo. Ahora todo se había ido, nuestros sueños, nuestra gran aventura. Era como si la vida se hubiera detenido. Nada parecía tener ya ninguna importancia. “Pero la gran aventura apenas había empezado.” (p. 18)

Cercanos a las rutas de navegación de los grandes barcos y no muy lejos de las Galápagos, confiaban en poder ser vistos en poco tiempo. Pero fue hasta el día 119 que fueron rescatados por lo que sería el barco número 8 en pasar cerca de ellos. Casi cuatro meses de náufragos es un montón de días a bordo de dos pequeñas embarcaciones de emergencia y si lograron sobrevivir fue por su determinación y su habilidad en distraerse, en hacer de ese mundo suyo tan pequeño algo tan variado como pudieran porque tenían un compromiso: vivir. “…el solo compromiso, rasgo esencial de la vida…” (p. 37)

Este libro es la narración de los dos náufragos. Una narración más bien burda y a veces monótona, como si no quisieran revivir de nuevo y a profundidad los detalles que pasaron en medio del Pacífico, el océano más grande del mundo:

“Lo que yo no había alcanzado a comprender era la vastedad de aquel océano, y el hecho de que no éramos más que una diminuta mota de despojos humanos en un naufragio.” (p. 59)

La vida a bordo se vuelve poco a poco más drástica: conseguir agua en medio del mar, pescar sin anzuelos, mantenerse sanos con una dieta muy precaria, cuidar de las embarcaciones y sus defectos, estar pendientes de los barcos que pasen, tratar de dormir… se trata de sobrevivir. Y tras todo ello siempre encuentran tiempo para entretenerse: juegos de palabras, juegos de naipes hechos con papel de un cuaderno, leer en voz alta páginas de un libro, escribir en el diario y, pese a la situación en que se encuentran, planean adquirir un nuevo barco y viajar a otros sitios.

“…la lluvia era ahora una faceta siempre presente en nuestra diaria rutina. Ya era difícil para nosotros imaginar qué se sentía estar calientes y secos. Mis úlceras se hacían cada día más insoportables por el agua salada. El dolor que me causaban aporreaba mi espíritu y encontraba poca satisfacción en vivir. Estaba en un estado de miseria abyecta. El descanso pasó a ser un lujo que ambos habíamos olvidado. Ahora todos nuestros esfuerzos estaban encaminados a sobrevivir.” (Maurice, p. 173)

Pasara lo que pasara, se mantienen firmes en su objetivo con una disciplina que asombra, pero no escapan a los momentos de depresión:

“Preferiría cumplir una sentencia en la cárcel, al menos así habría ¡una fecha determinada de liberación! Aquí cada día es más bien una pesadilla. Si tan sólo nos viera un barco: sería insoportable que otro nos pasara de largo.” (Maralyn, p. 130)

Con el paso de los días, se conocen más uno al otro y a sí mismos también:

“Nunca he practicado religión alguna y el aislamiento y la inseguridad no trajeron ninguna forma de conversión. Tengo una sólida fe en el destino, la suerte, el sino, o como se le quiera llamar. Creo que cada suceso de nuestras vidas nos prepara para alguna prueba final. También creo que tenemos la capacidad de escribir nuestro propio futuro. Si deseamos algo con suficiente energía, con frecuencia la meta se alcanza por medio de la total determinación. No quería morir y hacía todo lo que podía para asegurarme de poder vivir. Había planeado una nueva vida, con un nuevo yate y había arreglado hasta el menor detalle de otro épico viaje y creía firmemente que viviría para llevar a cabo mis planes.” (Maralyn, p. 128-129)

“Estoy resuelto, me dije, a escuchar con compasión y paciencia los argumentos de las personas. La intolerancia, aun cuando no siempre era mala, nunca más debería colorear mis críticas.” (Maurice, p. 88)

El día 119 avistan otro barco, el octavo: el Welomi, un atunero coreano que los rescata y los cuida. La noticia de su rescate es emitida por radio y en poco tiempo llegan saludos de sus amigos en Inglaterra, invitaciones a diversas partes del mundo y ofertas para exclusivas de reportajes. El mundo se les echa encima después de que habían llegado a reducirlo a sólo las embarcaciones, peces, tortugas, aves y lluvia. No había más.

Hacia el final de la narración se introducen varias observaciones sobre fauna marítima, apéndices sobre los fallos en el equipo de navegación y sobre los problemas médicos de su experiencia. En un capítulo dedicado íntegramente a agradecimientos es notoria la falta de mención a los pescadores coreanos, pese a que se les menciona ampliamente durante el relato de su rescate.

Finalmente una aclaración que viene al principio del libro: Maurice y Maralyn estuvieron como náufragos durante casi 119 días. El título del libro se debe a que a partir del rescate se habló de 117 y para no crear confusión, el título se quedó como el error primario.



 



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