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Montañismo y Exploración
UN MUNDO OLVIDADO
1 noviembre 2000

La información recabada en el recorrido en solitario de 1987 sirvió para plantear una exploración importante: si la barranca Bacís estaba llena de leyendas y de tradición oral sobre los







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TERRITORIO PROHIBIDO

Después de viajar por diez horas en un autobús que rodaba con pereza sobre una terracería, teníamos ya la seguridad de estar al borde de la barranca. El día y el bosque tupido de pinos fueron disminuyendo lentamente y ya para el crepúsculo comenzamos a ver un profundo surco en la tierra. Al fondo, corría el río Remedios y ahí, entre el cielo y lo más profundo de la barranca, deberíamos vivir un mes.

Anduvimos sobre una vereda fangosa �"zoquetosa", dicen ahí� que hacía difícil cualquier transito. Estabamos rodeados de una vegetación abundante que era el preludio, al bajar de la sierra, del calor del fondo de la barranca. En un mirador excelente, observamos el cerro La Campana. Excepcional, pensábamos entonces, porque hacía allá nos dirigíamos. La Campana era el lugar donde con toda seguridad hallaríamos lo que buscábamos. Al menos eso nos habían dicho los pilotos que alguna vez sobre volaron la zona. Al mediodía �tardamos demasiado en bajar debido al terreno� llegamos al rancho Tárula. Don Ventura de la Cruz y su familia, viejos amigos, nos recibieron como si apenas ayer nos hubiéramos despedido. "Usté no si queda dormir fuera dista casa. ¿No somos amigos?" "¿Como va comer eso? Aquí hay tortillas de las buenas?"

Además de la bienvenida, nos dio noticias, malas noticias: toda la zona que íbamos a explorar estaba "vedada". Sin necesidad de que lo explicara, supimos lo que eso significaba: narcotraficantes que jamas permitirían dejarnos llegar hasta allá. Sin embargo, abundó en detalles para que no hubiera duda. Los restos arqueológicos tendrían que esperar...


PRIMEROS ENCUENTROS

A unos metros, junto al río, visitamos la enorme roca ilustrada por cada lado con petroglifos de todos tipos: coyotes, venados, ratones, hombres, figuras geométricas y las siempre presentes espirales. Ernesto Vargas, arqueólogo, nos iba explicando lo que podían representar y si a simple vista producen una sensación de estupefacción, al ir recorriendo figura tras figura y conocer un posible significado, nos hizo sentirnos en otro tiempo.

Al día siguiente encontramos una cueva funeraria que tenía un esqueleto tan viejo que muchas partes de los huesos se han desmoronado; también hallamos varias construcciones o, mejor dicho, los basamentos de ellas. �bamos descubriendo paso a paso, a través del ojo experto de Ernesto, detalles que con toda seguridad habríamos pasado por alto. Tárula no nos dejaría partir sin una buena recompensa adicional: la señora Francisca Núñez, una anciana de ochenta años y tan delgada que parecía quebrarse a cada momento, en cuclillas y con una expresión inalterable, nos platicó alrededor de la fogata:

"Conque buscan las casas de los gentiles, ¿no? Sí, yo las conozco. Son así de pequeñitas y apenas puede uno andar en el cerro sin hallar una. Tamién conocí unos gentiles cuando era una plebita. Una vez, mientras estaba moliendo maíz para hacer tortillas, se me acercó un enanito y me dio a entender que tenía hambre. Yo no lentendía nada pero le di unas gordas de maíz y salió corriendo hacia La Campana sin darme las gracias. Nunca lo volví a ver, pero mi abuela decía quen sus tiempos eran muchos. ¡Cómo habrán vivido, los pobres!" Mientras doña Francisca hablaba, la luz remarcaba sus arrugas y su voz, cada vez mas baja, nos sumergía en un mundo diferente que duró una eternidad. Leyenda para nosotros, realidad para los habitantes de la sierra. Pero no dejaba de ser fascinante contada por esos labios duros como cecina recién salada.

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