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Montañismo y Exploración
LOS MUROS DEL SILENCIO
15 noviembre 2000

La información recabada en el recorrido en solitario de 1987 sirvió para plantear una exploración importante: si la barranca Bacís estaba llena de leyendas y de tradición oral sobre los “antiguos”, habría que ir en busca de los restos de sus habitaciones,.de los cuales se hablaba fuertemente. Este fue el primer paso en la exploración de lo que se llamaría posteriormente “Explorando un mundo olvidado”.







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Por donde el Remedios rompe la cordillera en un voluntarioso afán de avance, la Sierra Madre Occidental tiene una bravura de puma acosado. Con ella en torno, no es cosa de estar al descuido. Es mediodía y vamos avanzando envueltos de otates verdes y negros, multicolores, que impiden nuestro rápido avance. Es mediodía. Por encima de nosotros, un muro de cientos de metros que arranca desde el río y despunta al cielo, como previniéndolo de nuestra presencia.

Alto. Unos centímetros delante de mi bota, una huella de puma, fresca como el rocío de la mañana. Quedamos pendientes de ella y la consigna es elevar la voz, no dejar de platicar para que jabalíes y pumas nos escuchen y eviten. No sea que tengamos un encuentro desagradable para ambas partes, aunque sabemos bien quienes llevarían la de perder. No llevamos armas, pese a la advertencia de que "Si no tienen un buen rifle, tengan mucho cuidado porque es donde anda el lión".


EL RÃ?O LOS FRESNOS

Cuando abandonamos la zona de Tárula, nos dividimos en grupos de dos para abarcar la mayor superficie posible en nuestras exploraciones. Cuatro nos dirigimos a la barranca del río Los Fresnos, o Río Chiquito, como le llama la gente. Nos establecimos en una cueva revestida de muros de adobe que fue habitada hace veinte años por el señor Faustino Delgado. Desde ahí haríamos viajes pequeños y rápidos en todas direcciones. El río Chiquito cruza la sierra por barrancas profundas y verticales que son propicias para el resguardo de animales como el puma, el jabalí y el venado. Para ellos, salir de ahí significa la muerte. La zona nos atraía. "Yo conozco algunas gentileras. Si quieren, los puedo llevar", nos dijo Faustino y como aceptamos, fue él quien nos guió.

El día de la cita, amaneció lloviendo. A poco de haber abandonado el cauce del río, atravesamos una zona amplia y limpia donde distinguimos basamentos. Había sido una zona habitada �había un metate � de unos quince metros por lado y podíamos considerar que se trataba de una población relativamente grande porque estaba a unos quince minutos del agua. Completamente mojados llegamos a un pequeño resguardo de la enorme pared donde los antiguos habitantes levantaron unos muros. Estábamos impresionados. El "conjunto habitacional" abarcaba cinco estructuras. "Sería aventurado llamarlas casas porque no se identifican con el concepto que tenemos de ellas; mas bien podemos llamarlas estructuras o construcciones".

Dos de estas estructuras nos llamaron la atención: un muro de piedra recubierto de adobe que parecía haber tenido una mesa. La altura de todos los muros no excedía los 120 centímetros aunque podíamos suponer que llegaron a tener hasta 140 porque faltaba el techo. En el piso, estaban regados adobes grandes, partidos hacía quién sabe cuánto tiempo, pero que tenían una marca común: los innumerables surcos sugerían que habían estado sobre un entramado de varas de otates. Si íbamos a encontrar una construcción completa, esta debería tener el techo de troncos de pino, encima otates y finalmente una capa de adobe.

La segunda estructura fue una olla hecha con zacate y lodo que estaba semienterrada. En el Museo de Historia en la ciudad de Durango habíamos visto una similar y si ésta era igual, dentro de ella debía haber un cuerpo con todos sus implementos para vivir en el otro mundo: puntas de flecha, adornos, maíz. La tentación era grande, tentación que finalmente dejamos atrás. No éramos arqueólogos y sabíamos que podíamos arruinar una información valiosa.

El conjunto también tenía ollas construidas en la pared, seguramente para almacenamiento de agua. Después de todo, ¿quién iba a bajar tantas veces al río?

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