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Montañismo y Exploración
Peña Bernal: un relato más cercano
1 noviembre 2013

La siguiente es una narración más completa del accidente sucedido en Peña Bernal el 31 de agosto de 2013. Aunque bien pudiera haber quedado con el informe presentado un par de días atrás, la verdad es que tengo muchas cosas más que decir al respecto y no podía conformarme con un simple “me caí”. Fueron semanas de pensar, preguntar e investigar para llegar a algo que pueda ser más útil que una simple nota de accidente.







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Dime cómo mueres y te diré quién eres

Octavio Paz

El siguiente artículo está dividido en varias partes por su longitud. Haz click en la numeración de la parte inferior para seguir a la siguiente página.


Introducción

El sábado 31 de agosto tuve un accidente mientras escalaba. Como resultado he estado varias semanas en cama y lejos de internet. Al principio, porque no podía moverme y, después, porque no me concentraba en otra cosa que buscar respuestas a las preguntas que me hacía para organizar una historia que fuera creíble para mí —sobre todo para mí— porque recuerdo muy poco de lo que pasó. Estaba escalando y al siguiente estaba luchando por mantenerme vivo. El relato que sigue a continuación está formado por lo que escasamente recuerdo, por lo que me han contado otras personas que estuvieron ahí y porque he tenido la curiosidad de llegar más allá del simple dolor.

Debo confesar que estuve tentado a no escribir nada para no ser criticado, disfrutar mi convalecencia y el tiempo haría que se olvidara todo. Sería tan sencillo dejar pasar las cosas y que todo se “olvidara” de alguna manera. Pero eso hubiera sido una tontería. Ante todo, fue un accidente y debía decir lo que pasó para que no se cometieran los mismos errores. He pasado varios años diciendo a la gente que si tiene un accidente lo reporte y yo no iba a ser la excepción. Sobre todo, no podría estar tranquilo si vuelve a pasar a alguien por haberme quedado callado.

Tampoco hubiera querido hacer un informe especializado y pedir que sólo las personas interesadas pasaran a mi oficina por él, personalmente. ¿Las personas interesadas? Esto interesa a todos y corresponde a todos leerlo. Sería una irresponsabilidad y una grave falta de ética no hacerlo público.

1. Imágenes

Son sólo imágenes en la memoria, fotografías estáticas como cuando uno ve un álbum y de esa foto saca muchas deducciones. No son recuerdos fluidos sino sólo esas fotos. También hay “espacios” totalmente oscuros entre ellas, grandes manchas oscuras donde sé que transcurrió el tiempo pero no hay nada que las ligue. A veces, ideas, no precisamente un proceso mental para llegar a ellas sino sólo la conclusión, como palabras sacadas del diccionario.

La primera es mi pierna enredada en la cuerda y allá, muy lejos, el cielo azul, lleno de sol; pero antes, a unos pocos metros, una anilla pegada a la pared por la cual pasa la cuerda que viene directo a mí, desde arriba. Está tensa y yo estoy cabeza abajo. Oscuridad. La segunda: mi mano tiene sangre y detrás de ella, la pared. De alguna manera conseguí recuperar mi posición. ¿Por dónde pasé la mano que se llenó de sangre? Oscuridad. Una pared inclinada. Oscuridad. Es sencillo. Un dolor agudo en el hombro derecho y la otra mano que va hacia allá, en un acto natural de cura. Oscuridad.

La siguiente es Nadir, uno de mis compañeros, a un lado de mí, atendiéndome. Hablo. Comienza a ser más fluida mi memoria, más amplios mis recuerdos, aunque no mucho. Me quita tenis de escalada y a cambio me pone botas y ropa. Me abriga. Después, voces, la sensación de que llega la noche, frío. Mete las piernas en tu mochila para que no tengas tanto frío y tú mete las tuyas debajo de mis piernas para que no te enfríes. Me dan agua. Más voces. Llamadas de celular, a mi celular. Nadir me dice “habla tal persona” y si le digo que sí, me pasa el aparato para contestar. Al parecer respondí todas o la gran mayoría. No lo recuerdo. Ah, sí, una: “Tenemos ya a X, un grupo de rescate, no te preocupes”. Y mi respuesta: “No, ellos no. Mejor llama a estas otras personas. Se necesita gente que sepa hacer las cosas”.


2. Una noche en la pared

Por la noche, la pared estuvo iluminada desde lejos (desde una patrulla, quizá) y la voz de alguien que mantuvo contacto con mis compañeros con la frecuencia necesaria como para calmarlos. También escuchaba sonidos de un taladro que hacía perforaciones en alguna otra parte, pero cerca. “Carlos, dicen que van a subir a la cumbre y desde ahí bajan hasta nosotros” “No. Estamos muy lejos de la cumbre y no van a llegar. Es mejor que suban por donde nosotros lo hicimos o por la ruta marcada con el número 15 de la guía de Peña Bernal”. Alguna vez desperté temblando de frío. Mis dientes chocaban entre sí. Calma. Conserva el calor.

Y luego, el amanecer. De nuevo la actividad en los teléfonos. “¿Necesitan algún equipo médico específico?” Es hora de hacerlo. “Nadir. Diles que les hablas en cinco minutos. En esos cinco minutos lo dirigí para hacerme una revisión completa. “Pon tu oído en mi pecho del lado derecho. ¿Escuchas un burbujeo?” Silencio. “Sí, lo escucho”. “Diles que no hay nada grave pero que tengo un pneumotórax”. ¿Cómo es que me perforé el pulmón? ¿Me habré roto una costilla? Llama y da el resultado de la exploración, paso a paso. Oscuridad.

Voces al natural, sin ser modificadas por una bocina de teléfono. Están cerca, mucho más que anoche. “¿Me pueden lanzar la punta de la cuerda para que subamos hasta ustedes?” Nadir lo va a hacer y le digo qué anclaje usar y cómo. Llegan. El rescate será difícil por lo técnico. ¿Estarán capacitados? No te duermas. Permanece alerta. No quedar dormido sería bastante agotador.

Un escalador llega. “Hola, qué tal, me llamo Carlos”, me dice, “Ahora te bajamos de aquí”. Abro el ojo que puedo abrir y veo su cara pero más que nada, su equipo. Tiene levas, mosquetones, bolts. “Voy a anclarme para comenzar a colocar los spitz”. Poca gente llama spitz a los bolts. Le respondo que nuestros anclajes ya están al límite con tres personas dependiendo de ellos, que podría subir por la rampa y a cinco metros encontrará dos grietas en las que puede colocar uno o dos camalots para que todos estemos más seguros.

Más tarde llega su compañero. Le llama “Doc”. Éste se acerca y me saluda. “Te voy a poner un analgésico para calmar el dolor. ¿Dónde la quieres?” Y la inyecta en el hombro a petición mía. Seguro me dolía más el hombro entonces o no me quería mover más.

Llamada por radio desde abajo (porque han traído sus radios): “Va a subir un escalador a ayudarlos. Sube al lado de la camilla.” “¿Cómo se llama?” Voces indistintas del otro lado del aparato. “Se llama Héctor”. ¿Héctor Barrón? Ojalá que sea él. Mientras tanto, se escucha el taladro perforando la repisa donde estamos para colocar los anclajes de los cuales harán el rescate. Llega el escalador. Sí, es Héctor. Puedo descansar porque él conoce las maniobras de rescate. Pero no bajo la guardia aún: sigo en la pared, lastimado y con mucho dolor.


3. El rescate

Primero hacen bajar a mis compañeros que han pasado toda la noche a mi lado. Lo hacen a rapel. Alguna parte de mí recuerda que el protocolo de rescate indica que se debe bajar primero a la persona de mayor gravedad. No digo nada. Ya no tengo muchas fuerzas y me interesa que mis compañeros estén abajo. Oscuridad y sonido de voces en el fondo. Llega el momento en que me suben a la camilla. Duele, duele mucho. Cada movimiento implica un intenso dolor y me quejo, como una reacción natural. Oscuridad. “Ya está, ahora tranquilo que te vamos a bajar.” ¿Me habrán puesto cuerda al arnés?

Arriba estará Héctor. Eso es un consuelo. Él vigilará las maniobras más delicadas. Junto a mí baja el “Doc”, un paramédico. Tiene bastantes problemas con la vegetación espinosa. Mi costado izquierdo comienza a ser aguijoneado por las plantas cada vez que me tiene que acercar a la pared. Pero duele más el conjunto de heridas que tengo en el costado derecho. El sol… el sol da de lleno en mi cara y pese a mantener los ojos cerrados y apretados, tanta luz provoca dolor. “Por favor, quítame una calceta y pónmela sobre los ojos”. El alivio llega un momento después.

Cuando llegamos a tierra han pasado muchas horas. Son más de las tres de la tarde cuando llegamos y yo caí a las 17:30 del día anterior. Escucho voces, muchas voces. “Ustedes adelante, nosotros detrás, los demás que vayan más adelante para el relevo”. Algunas son conocidas. No hablo. Ya no tengo fuerzas. Sólo el dolor me impide dormir o desmayarme. Tan fuerte es. Sigo con la guardia alta. Voces y este sol tan implacable. Organizan relevos muy eficientes para no bajarme al suelo y llegar pronto. Reconozco varias voces: mis compañeros me trasladan de una sola vez hasta los vehículos sin bajarme al suelo para descansar. Relevos constantes organizados de manera eficiente.

“Allá, a la ambulancia”, dice una voz. “No, mejor a esta camioneta. Está más cerca”, dice otra Me suben. ¿Por qué prefieren una camioneta a una ambulancia? Sigo sin ver por tener tapados los ojos. La calceta se cayó en algún momento pero me pusieron un paliacate. Sé que encima de mí hay cielo abierto, sol brillante que quema. La camioneta se pone en marcha sobre la terracería llena de rocas y el dolor se reanuda con cada una que pisan las ruedas. Ni siquiera sé si me quejo. Sólo siento el dolor. Cuando se detiene, me bajan y me suben a un helicóptero. Siempre quise viajar en uno… pero… no así. Para que valga la pena, debo estar sentado. ¿Qué dices? ¿Estás loco? No te muevas. Otra voz, nueva: “Qué trabajo el suyo para bajar a alguien de la pared. ¡Impresionante desde acá abajo!” Es el piloto del helicóptero. Sí, debió haberse visto impresionante.

La nave despega conmigo dentro y allá abajo queda mucha gente haciendo aún maniobras. No los veo pero lo sé. Para ellos no ha acabado aún: aún les falta recoger el equipo, distinguirlo, repartirlo entre sus propietarios y más. Junto a mí está el hombre que bajó conmigo de la pared. Todos le hablan de doctor. Hasta ahora lo sé. Alguien me coloca suero intravenoso pero me lastima y estoy a punto de decirle que lo haga con cuidado. Estás en un helicóptero en vuelo y no debe ser fácil. Lo que te van a hacer es urgente. Ya deja de controlar. Estás en manos seguras. Aterrizamos en algún lado y me llevan a una ambulancia que me entrega a un hospital.

El rescate ha terminado, pero inicia otra fase. Sé que todos están abajo y a salvo. Eso me da tranquilidad. La nueva etapa que comienza es la larga peregrinación por médicos y estudios y luego, otras más: la convalecencia y la rehabilitación. Esto no termina hasta haber recuperado la salud por completo. Pero esa es otra historia, más larga aún, más consciente.

4. Fuentes para más datos

Una semana después, mis amigos llegaron a mi casa, a visitarme en mi modalidad de convaleciente. Platiqué con ellos. Con el pulmón dañado, me agitaba rápidamente y cuando me tenía que detener, esperaban a que me repusiera. Preguntaba. Escuchaba. Todos querían saber qué había pasado pero no podía darles más respuestas que las pocas que tenía mi memoria. Imágenes como pistas para reconstruir todo. Era muy poco. Durante todos aquellos días en el hospital había tratado de rascar la dura superficie del olvido. Nada. Ni un dato más.

Por la tarde llegó Nadir. Él era quien podía narrar más por haber estado presente, por haber sido nuestra voz durante esas largas horas. Después Emmanuel me dio su versión y después mis otros compañeros. En un principio pensaba que las versiones se contradecían pero no era más que producto de estar durmiendo muchas horas al día y la angustia de no recordar. Con las historias fragmentarias que me dieron pude reconstruir una historia. Quizá parezca vacía en ocasiones. No puedo hacer más. Han pasado ocho semanas desde aquel accidente y ni un día he dejado de hurgar en los recuerdos ni de comparar los datos que me dieron diferentes personas. Es hora de cerrar ese ciclo.

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