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Montañismo y Exploración
Everest, la arista oeste

No sólo fue el primer ascenso al Everest por la Arista Oeste, sino que también fue la primera ruta de dificultad en la montaña más alta de la tierra. Este es el libro escrito por uno de esos montañistas y que merece leerse por la calidad de su contenido.







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Thomas Hornbein. Everest, the West Ridge. Mountaineers Books. Edición especial del 50 aniversario. 2013. 304 páginas. ISBN: 978-1594857072


 

…el riesgo es un ingrediente esencial para la vida. La capacidad de aceptar la incertidumbre le permite a uno mantener la calma en momentos de crisis. La disposición para arriesgarse también sustenta un descubrimiento: la creatividad en la ciencia o el arte u otras empresas a lo desconocido.

Tom Hornbein


Del Everest se han escrito cientos de libros. ¿Qué se puede encontrar nuevo en un libro sobre el Everest que no se haya leído ya a grandes rasgos? Generalmente, salvo los primeros ascensos, los libros suelen dejar de ser interesantes. Sí, quizá sea una primera ascensión nacional o la primera de un invidente, pero todos ellos tienen el fastidio de la repetición: el mismo escenario donde los actores cambian para tratar de hacer una obra distinta y novedosa. Lo que no es nuevo, no atrapa.

En 1963 el primer estadounidense llegaba a la cima del Everest. Visto en retrospectiva, es un ascenso más. Después de Hillary y Tenzing, todo lo demás son repeticiones y uno espera que Everest, the West Ridge, que se publicia ahora como el libro que debe leerse para saber qué pasó en esa expedición, sea el relato de ese ascenso. Después de todo, se cumplen ya 50 años de esa fecha.

Un tercer ascenso, o el centésimo o el milésimo… ¿para qué leerlo? No motiva en absoluto la celebración especial de un país y esto empeora en las primeras páginas: una presentación por Doug Scott y capítulos diminutos que no tienen que ver con la ascensión en sí.

Pero cuando han terminado ya todas las presentaciones y dejan paso al texto que Tom Hornbein escribió en su momento, el libro resulta fascinante, incluso para hacer sólo una breve reseña y decir que está bien o mal o es fascinante. Merece la pena explicar qué es lo que rodea a ese ascenso y que es descrito (pero puede no ser captado por el lector).

En 1963, una expedición al Everest era prácticamente obligatoria. Dos años antes, Estados Unidos había tenido un fuerte fracaso en la Guerra Fría con la invasión frustrada a Cuba y necesitaba un evento que hiciera que los estadounidenses se fijaran en los logros que podían lograr. Norman Dyhrenfurth, montañista de origen suizo, se abrió paso entre toda la burocracia y consiguió reunir un equipo competente para lograr que un estadounidense pisara la cumbre del punto más alto de la Tierra.

Esto implicaba mucho dinero (comparativamente más de lo que alguien gastaría hoy por subirlo) y Norman hizo compromisos económicos. No podía dar marcha atrás. Pero su mente de montañista le decía que deberían hacer o intentar algo nuevo. Desopués de todo, quienes habían logradfo la cumbre del Everest hasta entonces siempre habían aportado algo nuevo: la expedición inglesa (1953), con su primer ascenso absoluto, la suiza (1956) que además de hacer el segundo ascenso al Everest también escaló el Lhotse y, finalmente, una expedición china había hecho el primer ascenso por la vertiente norte (1960).

Estados Unidos se dirigía al Everest y hasta entonces sólo diez persoas habían estado en la cumbre. ¿Serían los primeros en no aportar nada? Durante la primera reunión con sus compañeros de expedición, planteó que su objetivo sería subir también por la Arista Oeste. Nadie había intentado siquiera esa vía, así que su objetivo sería también subir por ahí, pero había problemas logísticos que resolver: más porteadores, más comida, más equipo… en resumen: más dinero.

En esa reunión, Tom Hornbein soltó la idea de que si se echaba todo por la arista oeste, tendrían mayor probabilidad de éxito. Desde ese día, Hornbein fue el “fanático” de la arista oeste aunque él sólo había soltado una idea para resolver el problema de la logística.

Al campamento base llegaron 19 estadounidenses, 32 sherpas y 909 porteadores con 25 toneladas de equipo y todos trabajaron en la montaña con la idea de alcanzar la cumbre, aunque sabían bien que de todos sólo uno o dos lo harían y el resto estaría condenado a portear entre un campamento y otro para lograr esa victoria. Uno de ellos era Tom Hornbein, con la cabeza trabajando todo el tiempo y a máxima capacidad para resolver el problema de la Arista Oeste.

Tom Hornbein no pensó jamás en la ruta normal como posibilidad —al menos para él— y se dedicó a hacer la logística de la arista oeste, una larga cresta de la que sólo tenían una fotografía de un libro como referencia. Lo demás deberían descubrirlo. El equipo había planeado hacer las dos rutas simultáneas y él se dedicó a la suya. Colocaron un winch para transportar cargas en la parte más dura de la ruta y con eso ahorraban mucho tiempo y aumentaban la seguridad. Aunque fue un éxito, del primer día sólo pudieron comentar que “nunca se hizo tan poco por tantos hombres”.

Cuando Hornbein y Willi Unsoeld (con quien trabajaba todo el tiempo) regresaron al campamento base avanzado, descubrieron que todos se estaban preparando para el ascenso final por el Collado Sur y que prácticamente estaban abandonando el intento de la Arista Oeste. ¿No íban a hacer los intentos simultáneos?

Hornbein se pregunta qué hace ahí y se da cuenta que su propósito no es subir el Everest, sino terminar esa arista en la que han trabajado tanto y que esa satisfacción no la encontrará siendo el “noveno, décimo primero, décimo segundo o incluso el último estadounidense en escalar el Everest por el Collado Sur”, sino en subir por la Arista Oeste.

El 5 de mayo, Jim Whittaker y el sherpa Nawang Gombu llegan a la cumbre del Everest por la ruta normal. Hornbein y Unsoeld saltan de gusto, tanto por la cumbre porque les da la oportunidad de seguir intentando en la Arista Oeste. Pero descubren que todo el equipo fuerte está cansado, gastado, y que los sherpas no entienden por qué subir por otra ruta si ya consiguieron llegar a la cumbre. Entre tanta gente, sólo pocos se ponen a trabajar en la Arista y uno de los sherpas comenta que: “Todos los sherpas buenos están en el campo base, Sahib. Aquí sólo malos Sherpas.”

Finalmente llega el día y Hornbein se pregunta quién podrá subir y piensa que Barry, un “alpinista excepcional, bien podría llegar a la cumbre porque, además, se lo merece:

“En las seis semanas que habíamos estado en la montaña, Barry no había probado un día de escalada real, de subir una ruta por un nuevo terreno. Había pasado su tiempo porteando y trabajando duro las cargas por el winch, o sentado descansadamente en el Base Avanzado. Aunque decía poco, su frustración y decepción eran evidentes. Había descubierto que no había mucha escalada real al escalar los picos más altos del mundo.”

Pero se sorprende cuando sus compañeros hacen la elección: Creo que Willi y Tom deben ir”, dijo Barry. “Por algo han estado conectados más fuerte en la ruta que cualquiera del resto de nosotros.” Y así queda zanjada el asunto.

En la ruta del Collado Sur, se habían establecido seis campamentos y se esperaba que en la Arista Oeste se establecieran al menos el mismo número de campamentos. Pero Hornbein y Unsoeld deciden no establecer el sexto en un intento de hacer el ascenso rápido y sin desgastarse en más porteos. Una clara locura… para entonces.

Y llega el día. Comienzan el ascenso a las ocho de la mañana y van subiendo poco a poco y conforme suben se dan cuenta que no hay marcha atrás porque lo que han pasado es tan difícil que es mejor llegar a la cumbre y bajar por la ruta normal. “La roca podrida, la nieve blanda, incluso la ausencia de grietas para un pitón tolerable, sólo aumentaban nuestro deseo de seguir adelante.”

Finalmente, llegan. Son las 18:15 del 22 de mayo de 1963. Permenecen sólo el tiempo necesario para cumplir con el “ritual de cumbre” y comienzan a bajar hacia el Collado Sur, un terreno que desconocen. Las huellas de Barry Bishop y Lute Jerstad son claras: subieron a la cumbre pocas horas antes que ellos y les ayudan, hasta que se hace noche profunda y no pueden hallarlas.

Las luces de sus linternas (no había entonces iluminación LED ni baterías triple A) se reducen a una luz naranja que no ilumina nada. No se ven uno a otro aún a pocos metros. A base de gritar, localizan a sus compañeros, que se han detenido porque uno de ellos está demasiado agotado. Tratan de continuar, pero avanzan poco y entonces vivaquean para hacer el gran descubrimiento: están solos. Ninguno de ellos puede hacer nada por el otro aunque quisiera. Cada uno de ellos está solo y deben sobrevivir a un frío intenso.

A la mañana siguiente comienzan las “muchas millas por recorrer” de regreso a casa, tropezando de campamento en campamento para llegar al campo base. Para Willi Unsoeld, Barry Bishop y Lute Jerstad la cosa termina mal porque es llevado por helicóptero a Katmandú para que le atiendan los pies, que tiene congelados. Hornbein se queda con el resto de sus compañeros, pero en realidad, nuevamente solo: “La mitad de mí parecía haberse ido con él, y la otra estaba aislada de mis compañeros por una experiencia que no podía compartir y por la sensación de que algo que había significado demasiado estaba por terminar.”

Esa es la historia de la Arista Oeste y de la primera travesía en la montaña más alta del mundo. Sencilla, sin dramatismos, sin heroísmos, sin nada superfluo. Sólo se ven montañistas que trabajan por un objetivo y montañistas heridos por el frío o sintiéndose extraños en el mundo al que pertenecen.

 

Llama mucho la atención que la verdadera aportación al montañismo de esa expedición fue el ascenso a la Arista Oeste, que hasta ahora se ha repetido muy pocas veces. Se oye hablar del Canalón de Hornbein y de los dos ascensionistas que hicieron el primer ascenso técnico a una ruta en la montaña más alta del mundo. Pero lo que no se oye entre tanto festejo es que ese ascenso se hizo pese a la poca atención que recibió. En realidad se dejó a algunos pocos que hicieran algo con pocos recursos pero se apostó todo a la ruta normal. Era lógico buscar la garantía de cumbre pero para Hornbein era lógico resolver el problema de la Arista Oeste, aún con tan poco como tenían.

A esto debe añadirse el tipo de vestimenta, equipo, alimentación y aparatos de oxígeno que se usaba. Hacer un vivac en 2013 no es lo mismo que haberlo hecho en 1963: ahora se está más protegido y seguramente Willi Unsoeld no hubiera perdido los dedos de los pies usando las botas actuales.

El libro, además de narrar una historia de conquista (suben por una ruta que nadie conoce y bajan por una ruta que no conocen ellos), tiene el bien ingrediente de un estilo limpio con que se cuentan las cosas. No se sobrevalora a nadie y si se habla en primera persona es porque así se tenía que hacer.

Un libro grande para un gran logro, considerado como uno de los mejores logros en la historia del montañismo. Con el tiempo, la gente olvidará quién fue el primer estadounidense en alcanzar la cumbre del Everest, pero difícilmente olvidarán a esos dos hombres que se internaron por un colador para subir por la Arista Oeste. La gran diferencia que hace buscar los tres minutos de fama.

Mi respeto a ambos.



 



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