{"id":13479,"date":"2008-08-16T00:00:00","date_gmt":"2008-08-16T00:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/montanismo.org\/revista\/?p=13479"},"modified":"2012-05-22T11:58:22","modified_gmt":"2012-05-22T17:58:22","slug":"nuestros_viajes_a_la_baja_sierra_tarahumara_19701972","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/montanismo.org\/2008\/nuestros_viajes_a_la_baja_sierra_tarahumara_19701972\/","title":{"rendered":"Nuestros viajes a la baja Sierra Tarahumara (1970-1972)"},"content":{"rendered":"
\n

Por dos años, de 1970 a 1972, “por tierra” visitamos Samuel y yo Estación Creel, para asistir a reuniones administrativas convocadas por el inspector escolar o para entregar la documentación oficial de fin de cursos. Incluyendo los periodos vacacionales, también pasábamos por Creel para trasladarnos a la Ciudad de Chihuahua; esta decisión se debía, a que en muchas ocasiones, no contábamos con los $500 pesos para pagar el pasaje de la avioneta que volaba desde Batopilas a la capital del estado; en estos viajes nos acompañaba Sergio Luján Mancha, quien trabajaba desde 1967 en el poblado de Batopilas; en Creel abordábamos el autovía o el tren de pasajeros que provenían de Sinaloa, para viajar a la Ciudad de Chihuahua, donde vivían nuestros padres y hermanos.<\/p>\n

\"\"<\/p>\n

1.- Desde San José y Satevó rumbo a Batopilas.<\/strong><\/p>\n

Samuel caminaba 25 kilómetros desde San José de Valenzuela y llegaba por mí a la Misión de Satevó; luego emprendíamos la caminata durante ocho kilómetros hacia el poblado de Batopilas, donde pernoctábamos en la casa donde se asistía Sergio.<\/p>\n

2.- De Batopilas al Mineral de La Bufa.<\/strong><\/p>\n

Al día siguiente, poco antes del amanecer iniciábamos los tres maestros rurales nuestra caminata hasta el Mineral de La Bufa. En la primera etapa de estos viajes “por tierra”, era necesario caminar muchas horas cuesta arriba y cuesta abajo por este terreno montañoso del “camino real” que va paralelo al curso del Río Batopilas, hasta el Mineral de La Bufa , donde se iniciaba el camino de terracería para vehículos automotores; siempre teníamos de compañera a esta corriente fluvial con su fresco caudal, cuyo permanente ruido nos servía de sedante para nuestro cansancio.<\/p>\n

3.- Batopilas: significa “río encerrado”.<\/strong><\/p>\n

Batopilas significa, “bacochigori”, río encerrado o encajonado. Era frecuente encontrarnos en el “camino real” a esforzados caminantes como a los tarahumaras cargando bultos pesados sobre sus espaldas y a los arrieros con sus burros o mulas transportando mercancías rumbo al poblado de Batopilas. En la Barranca de Batopilas era difícil, cuando transitábamos a pie por el “camino real” encontrar un espacio plano al menos del tamaño de una cancha de básquetbol, para no sentir esa sensación especial de encierro, dado su terreno montañoso de profundos abismos y cañones, a no ser que bajáramos al cauce del río a tomar agua, o cuando sin remedio teníamos necesidad de cruzarlo, entrando de lleno con nuestras humanidades a su veloz, cristalino y frío caudal, debido a que el “camino real” que viene desde el Mineral de La Bufa hasta el poblado de Batopilas, cambia de ribera o de banda, como dicen los batopilenses.<\/p>\n

No existían suficientes puentes colgantes, por lo que era necesario desvestirse por completo, para no mojar la ropa, aunque ya venía casi empapada de sudor, haciéndola montón, elevándola con los brazos lo más alto posible y luego caminar con cuidado sobre las piedras lamosas del cauce o lecho del río cuyo nivel en su caudal pasaba de un metro de altura. Este baño obligado era bien recibido por nosotros en verano, pero en otoño e invierno el agua se tornaba gélida, y al término de este cruce salíamos muy entumidos y con las piernas acalambradas y amoratadas.<\/p>\n

Esta acción la repetíamos para regresar por nuestro equipaje; era cuando admiraba el espacio abierto donde el río tiene importante anchura, aunque también se podía apreciar el cañón que ha excavado durante el transcurso de miles de años: precipicios, abismos, vegetación exuberante, suelo irregular y el vertiginoso caudal del río eran las características principales de la Barranca de Batopilas, que observábamos en nuestro constante transitar por el “camino real” principalmente en el trayecto de la cabecera municipal al Mineral de La Bufa.<\/p>\n

\"\"<\/p>\n

En verdad hacíamos peripecias por lo abrupto y escarpado del “camino real”, vereda o brecha angosta, cada vez que era necesario trasladarnos de un lugar a otro, pues las piernas eran nuestros únicos medios de transporte y los de la mayoría de los moradores de la Barranca de Batopilas; los tres formábamos fila india debido a lo angosto de esta vereda serrana; Samuel caminaba adelante, Sergio en medio y yo atrás; teníamos que llevar buen paso, o sea, caminar lo más aprisa posible, para poder abordar a tiempo la troca del Correo que nos llevaría a Creel; si sucedía lo contrario dormíamos en el suelo de la bodega de las mercancías, encargos y correspondencia de La Bufa , iluminada con aparatos de petróleo o con lámparas de gas.<\/p>\n

Cuando podíamos visitábamos a un gringo que vivía en este mineral el cual portaba un sombrero de palma con leyendas cortas de palabras rojas; no recuerdo su nombre pero se decía que ayudaba a muchos tarahumaras a mejorar sus cultivos; la primera vez que conocí y platiqué con este norteamericano fue en 1971; iba acompañado de mis amigos.<\/p>\n<\/div>\n

<\/p>\n

\n

4.- Desde el Mineral de La Bufa a Estación Creel.<\/strong><\/p>\n

El camino de terracería en varios tramos estaba en mal estado o invadido por grandes rocas debido a los constantes derrumbes o deslaves. Era un viaje pesado de doce horas de casi 120 kilómetros; en 1970 no existían en esta región carreteras pavimentadas, ni líneas de camiones de pasajeros que cubrieran estas rutas, porque los caminos de terracería estaban en malas condiciones y en temporadas de lluvia y de nevadas eran intransitables por los atascaderos.<\/p>\n

El chofer de la troca del Correo, al salir del Mineral de La Bufa y hasta Quírare, con destino a Estación Creel, hacía zumbar al máximo el motor del vehículo para poder subir la empinada cuesta de más de veinte kilómetros por el camino de terracería que aún tiene un solo carril (2008); en ciertos tramos las llantas traseras hacían rodar piedras al precipicio y esta situación se complicaba y se tornaba más riesgosa cuando otro vehículo venía en sentido contrario; entonces era necesario orillarse aún más al lado del abismo; se requería llegar hasta un espacio, llamado libramiento, esperar al vehículo contrario y en ese punto del camino podían emparejarse los dos muebles y después cada uno podía continuar su viaje.<\/p>\n

\"\"<\/p>\n

Esto no representaba mayor contratiempo, ya que cualquier vehículo que viniera en sentido contrario podía ser detectado a gran distancia en este serpenteante, sinuoso y casi vertical camino serrano de terracería. La mitad de este viaje se realizaba de noche y gracias a la pericia del conductor de la troca de correo y al Creador del Universo no rodamos a ningún precipicio; otros vehículos no tuvieron esta buena suerte como el accidente sucedido en 1972 en el Mineral de La Bufa cuando una pick-up con varios trabajadores de la mina, se salió del camino y rodó hacia el abismo, provocando varias muertes.<\/p>\n

Nuestras humanidades daban tremendos brincos en la caja de la troca donde viajábamos al aire libre junto con los bultos de la carga; no podíamos dormir debido a la necesidad de atender los peligros del camino y por ir agarrados de las redilas del vehículo con uñas y dientes; de lo agotador que era este viaje los precipicios ya no nos asustaban; es más, si la troca hubiera rodado hasta la profundidad de un abismo habrían desaparecido para siempre nuestro agotamiento físico y las desveladas de pasada: hubieran terminado para siempre nuestros sufrimientos y congojas. En Umirá la troca del Correo hacía un pequeño alto, donde junto con el chofer, tomábamos café caliente y desayunábamos en un modesto restaurante de la comunidad, que era una cabaña construida con madera de pino.<\/p>\n

\"\"<\/p>\n

A Estación Creel llegábamos tan agotados, que en temporadas de vacaciones, cuando abordábamos el tren o autovía para ir a visitar a nuestras familias a la Ciudad de Chihuahua, dormíamos casi las cinco horas que duraba el viaje.<\/p>\n

Visitar Creel nos implicaba mucho sacrificio ya que en invierno es insoportable el frío en las partes altas de la sierra y en el verano el calor es sofocante y agotador en las barrancas; no podíamos admirar y gozar a plenitud los paisajes de la sierra cubierta de coníferas, del trayecto de La Bufa a Creel cuando viajábamos en la troca del correo en los años 70’s; por estar exhaustos lo que más añorábamos era que el viaje terminara, ya que en ocasiones nuestras mandíbulas inferiores no dejaban de moverse rápidamente porque titiritábamos de frío y por suerte no nos convertimos en paletas de hielo: a lo largo de mi vida nunca he sentido tanto frío como en los viajes por esta parte de la Sierra Tarahumara.<\/p>\n<\/div>\n

<\/p>\n

\n

5.- De regreso a la Barranca de Batopilas.<\/strong><\/p>\n

Al terminar nuestros períodos vacacionales de invierno, Semana Santa o verano, en ocasiones volábamos durante una hora desde el Aeropuerto Internacional “Roberto Fierro” de la Ciudad de Chihuahua rumbo a Batopilas; cuando nos regresábamos por tierra, acudíamos a la estación del Ferrocarril Chihuahua al Pacífico y viajábamos durante cinco horas hasta Creel y al día siguiente abordábamos de nueva cuenta la troca del correo a las once de la mañana; al empezar el descenso de la Barranca de Batopilas panorámicamente se observaba en el fondo de los precipicios al Mineral de La Bufa el serpenteante y sinuoso camino que nos conducía hasta esa comunidad.<\/p>\n

Podíamos admirar las gigantescas montañas de cactus gigantes y de varias especies de matorral y apenas apreciar el cauce del Río Batopilas que nace en el municipio de Guachochi y de La Bufa los lameros amarillos o acumulación de desechos o residuos producto de una otrora dinámica actividad minera, hoy casi abandonada.<\/p>\n

\"\"<\/p>\n

Nos impresionaba siempre una enorme montaña donde podíamos distinguir claramente las siete capas rocosas o pisos de cortes geológicos que presentan caprichosas esculturas naturales; era tan impresionante el estar viendo esta panorámica de la Barranca de Batopilas desde este mirador, que uno como simple mortal, no hace sino reconocer al Creador del Universo su poder maravilloso; igual asombro y sensación de pequeñez sentí cuando conocí el mar o cuando admiramos lo infinito del espacio sideral, el impacto de una lluvia torrencial, lo devastador de un sismo, la erupción de un volcán, la fuerza de un viento huracanado o la furia de las turbulentas aguas de un río crecido.<\/p>\n

Ante esta imponente vista de la Barranca de Batopilas se veía muy difícil y peligroso el descenso de la troca del correo por este camino serrano de un solo carril. Los derrumbes o rodamientos de grandes rocas son muy constantes por lo que uno viaja con la impresión de que repentinamente puede caerle encima una gran mole de piedra.<\/p>\n

\"\"<\/p>\n

Por otra parte, el camino tenía la tierra muy suelta, en los meses menos lluviosos y los vehículos, aunque circularan a velocidad moderada levantaban una espesa nube de polvo afectando la visibilidad de otros que circulaban atrás a poca distancia; ante esto cada chofer procuraba rebasar al vehículo cercano o dejarlo que se alejara en este camino de las barrancas de por sí ya peligroso por su terreno montañoso; era un ingrediente o factor más de riesgo con el que nos enfrentamos en la empinada, intrincada, abrupta y casi vertical cuesta abajo para llegar a La Bufa: parecíamos fantasmas ya que a este viejo mineral o a Creel, llegábamos cubiertos del polvo fino del camino, el cual se asemeja al talco.<\/p>\n

En el descenso forzosamente la troca del correo probaba su buen estado mecánico y la potencia de su sistema de frenos; aquí los frenos de los vehículos no pueden darse el lujo de fallar porque sería fatal para los pasajeros, los cuales se desbarrancarían o volarían cientos de metros hasta estrellarse en las profundidades rocosas de las barrancas; perderían la verticalidad al tomar de bajada la infinidad de estrechas y cerradas curvas, que en muchos sitios tienen la forma de herradura y que los sacaría de circulación de este camino serrano de terracería.<\/p>\n

Los pelos se ponen de punta y la piel chinita al mirar constantemente en este viaje la profundidad de los abismos, que en ciertos tramos, si fuera necesario abrir cualquier puerta del vehículo no habría suelo donde pisar para descender del mismo, solamente se vería el vacío y al fondo un interminable abismo; la pericia del arrojado conductor del vehículo que se atreviese a retar a la gravedad terrestre en este tramo del camino está a prueba más que nunca en este descenso vertiginoso.<\/p>\n

Al concluir el descenso al Mineral de La Bufa nos sentíamos polveados, agotados, mareados y hasta entumidos si llegábamos en la madrugada; volvíamos a dormir en el piso de la bodega del correo y al amanecer caminábamos sobre los lameros amarillentos y luego cruzábamos el puente colgante construido sobre el cauce del Río Batopilas, enfrente de este viejo mineral para iniciar nuestra caminata hasta el poblado de Batopilas; de lo exhausto que nos sentíamos este trayecto antiguo se nos hacía más largo, por lo que dormitábamos por ratos bajo la sombra de la exuberante vegetación que sirve de valla al “camino real”.<\/p>\n

Cuando nuestros viajes eran en marzo o abril, notábamos que la vegetación de las grandes montañas que rodean al Mineral de La Bufa, no lucía sus mejores ropajes de intenso verdor, debido a las escasas lluvias que caen en los meses invernales; la flora compuesta de grandes matorrales de las laderas de las montañas, brindaba un tono gris, árido, lúgubre, y solamente las cactáceas, por lo pronto, representaban la parte verde de la barranca; los matorrales, como gigantes dormidos, aletargados por los meses invernales, esperaban los meses lluviosos para renacer en todo su esplendor y vestirse de un espeso follaje y de flores multicolores, como sucede cada año cuando aparece en su conjunto la maleza verde, casi selvática, que le da vida y encanto paradisíaco a la región; era el gran monstruo verde que aparecería con las primeras lluvias del verano.<\/p>\n

\"\"<\/p>\n

Sin embargo, los enormes cactus de las pitahayas, que en junio dan una fruta parecida a la tuna pero de sabor exquisito, incomparable e inigualable, nos daban la bienvenida con la belleza brillante y llamativa de los colores de sus delicadas flores: tonalidades de amarillo, anaranjado, blanco y rojo, era el mejor regalo que nos brindaba la naturaleza como premio por retar los peligros inherentes a la velocidad vertiginosa que toman los vehículos al bajar al gran Cañón de La Bufa; de 1970 a 1972, pude probar los frutos sabrosos de las pitahayas en la Misión de Satevó durante mi desempeño como maestro rural.<\/p>\n

Román Corral Sandoval. Rumbo a Batopilas. Memorias de un maestro rural<\/em>. Edición del autor. México. Tercera edición. 2008.<\/p>\n<\/div>\n

\"\"<\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"\n\n\n
\n

Ramón Corral, profesor rural de la Sierra Tarahumara, en el noroeste de México, narra aquí algo de sus vivencias en esa sierra donde, metidos entre barrancas, viven tarahumares, mestizos y blancos.<\/p>\n<\/td>\n

\n
\"\"<\/div>\n<\/td>\n<\/tr>\n<\/tbody>\n<\/table>\n

<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":11609,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":""},"categories":[1013],"tags":[],"jetpack_featured_media_url":"","jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/p51GhY-3vp","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/13479"}],"collection":[{"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/users\/11609"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=13479"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/13479\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":19272,"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/13479\/revisions\/19272"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=13479"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=13479"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/montanismo.org\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=13479"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}