Sol. Eso es lo que hemos tenido todo el día de hoy. Y mientras más bajábamos y el día avanzaba, el sol se hacía más fuerte. Llegamos a la orilla del río algo mareados por la insolación y cuando tuvimos frente a nosotros el río color tierra, no pudimos beberlo. Arrastraba mucha tierra consigo por las lluvias. El camino para cruzar al otro lado no está lejos pero sencillamente no lo encontramos. Debió haber una desviación allá arriba y la pasamos de largo. Demasiado arriba como para regresar. Así que quisimos pasar por la orilla, donde no hay camino.
Dificultades en el camino, cerca del Puente del Diablo
Dos horas después, del otro lado del río, pensamos en lo cansados que estamos como para haber estado a unos metros del puente y no verlo, como para llegar a pensar en beber de esa agua. Fue hasta que Erik lo señaló que vimos esa alfombra de pasto verde claro que cruzaba de una ribera a otra, rodeado de selva. Un césped sobre un camino de piedra que toda la gente conoce como “El Puente del Diablo”. Nuestra sed la saciamos en un arroyo de agua cristalina. No necesitábamos más.
La sierra
En la sierra norte de Oaxaca, a los 2,900 metros sobre el nivel del mar, nace un hilillo de agua que comienza a bajar por una fuerte pendiente con rumbo al Golfo de México. El curso de agua se torna cada vez más poderoso y va puliendo las rocas y tomando prestados los nombres de los poblados cercanos: Cajonos, Tabaá, Cajones... hasta que alimenta a Papaloapan y desemboca en el mar.
Hacia el Puente del Diablo, entre la vegetación
Poderoso como es, el río ha partido la sierra hacia el noreste de su nacimiento y se ha convertido en una barrera geográfica fuerte para el hombre. De un lado, el zapoteco que se habla tiene variaciones entre sí, pero todos se entienden, salvo algunas palabras, como meros modismos. Del otro lado del río, la lengua zapoteca está fuertemente influenciada por el idioma mixe, la etnia que colinda hacia el sur.
La barrera fue franqueada a lo largo del tiempo por vados que sólo son accesibles en épocas de sequía pero que cambian mucho cada año, o por troncos largos, cuando aún habían árboles enormes que pudieran alcanzar la otra orilla; después llegaron las “hamacas”, puentes colgantes hechos de cuerdas naturales trenzadas, con ramas en el suelo y que eran mucho más confiables que los vados, aunque tenían que arreglarse periódicamente.
Mario Mira sobre el estrato de roca granítico del río Tabaá
Sobre la orilla del río Tabaá