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Montañismo y Exploración
Con equipo regalado y sin oxígeno, Eva Martínez ascendió el Dhaulagiri
6 julio 2007

La mexicana recibió ayuda de alpinistas españoles; dos de ellos murieron en el ascenso

Llegó a la cima y después cayó 700 metros

La odisea la dejó endeudada con más de $100 mil







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MARIO ANTONIO NUÑEZ LOPEZ (CORRESPONSAL)


Jilotepec, Méx., 5 de julio. La alpinista Eva Martínez Sandoval, de 40 años de edad, con equipo austero y sin oxígeno, logró ascender los 8 mil 167 metros de altura del pico Dhaulagiri. En la aventura recibió ayuda de seis españoles, dos de los cuales murieron durante el ascenso debido al mal tiempo. 


Martínez Sandoval nació en el poblado de Aldama, en esta localidad, en 1966. Desde niña mostró gusto por las alturas al trepar árboles y desde hace seis años se dedica al alpinismo profesional con ascensos al Annapurna y a la Montaña Chulo East, de 6 mil 56 metros. 


El 25 de marzo de 2007 partió de la ciudad de México rumbo a Nepal para subir a la cumbre del Cho Oyu (8 mil 201), pero por algunos inconvenientes se le presentó la oportunidad de subir al Dhaulagiri.


Fue el 8 de abril cuando conoció a los ibéricos Bruno Gaspar, Santiago Sagaste, Javier Serrano, Ricardo Valencia, Luis Royo, José Angel Sánchez, y al australiano Mike. Ahí los españoles accedieron a compartir la expedición.


El 9 de abril salieron rumbo al pequeño pueblo de Beni, donde dejaron su vehículo y emprendieron la caminata de 4 mil metros al campo base con 50 porteadores y sus burros.





Escasos recursos y falta de equipo


Dado que la mexicana no llevaba los recursos suficientes, los europeos le brindaron alimento y “me regalaron una chaqueta, calcetas, equipo de montaña, pues yo llevaba ropa muy austera: dos capas de ropa, dos chaquetas, arnés y un casco”, les dijo que le hacía falta un mosquetón y equipo y sin dudarlo le brindaron apoyo.


El trayecto duró seis días entre vegetación, arrozales, campos de cultivo, aldeas y espesos bosques llenos de mosquitos, bajo el asfixiante calor de esos valles.


Llegaron el 14 de abril a la planicie del Dhaulagiri, donde se instaló el campo base y ahí prepararon su campamento. En este lugar coincidieron con la expedición navarra de Iñaki Ochoa de Olza y Jorge Hugochea, que ya llevaba casi una semana en el lugar.


La mexicana se dedicó a entrenarse para el ascenso: “me la pasaba subiendo y bajando” para aclimatarse.


El 26 de abril llegaron a la cima Iñaki y Hugochea, pero este último cayó en el descenso 800 metros, del campo dos al campo uno. Al enterarse “todos nos abrazamos y lloramos. Lo dábamos por muerto, pero después apareció vivo en el interior de una grieta. Sin embargo, se le tuvieron que amputar dos dedos”.


Días después, el alpinista italiano Sergio Dalla Longa murió por un accidente a poca distancia de la cima del Dhaulagiri. Conforme se sucedieron las tragedias, aumentaba el dolor en el campo base. “Palpabas la tristeza”, relató Eva.


Momento antes de subir, recordó al malogrado italiano, quien no llevaba casco al momento de su muerte. Eso le hizo pensar que debía portar el suyo.


“A mí me decían (los españoles) que los sleepings que llevaba eran de mala calidad, pero dentro de mí yo decía que mi chamarra y mi ropa sí me van a servir. No sentía tanto temor por mi vestimenta, sino por el casco”.


Tuvo un mal presentimiento, pero aún así inició el ascenso, que fue muy lento y sin equipo de oxígeno.


“Me dominó por momentos el sueño, me vencía, caminamos lentos y encordados. Mareada llegué a la punta. Lo único que recuerdo es que permanecimos minutos en la cima. Dorshy brincaba de alegría y alzaba su piolet de gusto. Después dijo: “¡some!, ¡some!”, y con sorpresa gritó ¡ice! (hielo)… había capas de hielo negro que no vi… no recuerdo más… sólo que caí”.


Aunque rodó aproximadamente 700 metros, en la caída “iba tranquila”, no la invadió la histeria ni la desesperación. Al detenerse no supo nada del sherpa (guía), si cayó con ella o se ancló con el piolet.


Apenas alcanzó a comprender que estaba sobre una laja. Ya sentada empezó a darse cuenta que estaba al borde de un precipicio. Miró hacia abajo y se aterró.


“Trataba de buscar mi piolet, pero no lo encontraba. Ese te protege, te ancla en cualquier accidente, te va guiando, con él vas escalando, no tenerlo pone en peligro tu vida”.


Recuerda que cuando caía sonaba su piolet entre las piedras y se  decía “ya no puedo alcanzarlo, ¡estoy muerta!, ¡ya estoy muerta!”. De pronto “a mi lado izquierdo vi una luz amarilla fuerte que me acompañaba, no sé qué sería, ¿sería Dios?, ¿sería mi ángel de la guarda?, ¿sería mi energía?..., no lo sé, pero eso lo viví, tal vez producto de las alucinaciones que a esa altitud uno vive”. Sólo recuerda que escuchó una voz gritar su nombre. Era Dorshy.  


Se percató que sangraba por dentro de la boca y a su alrededor había sangre. “Mi mano izquierda ya no respondía”, sentía mucho dolor, tenía inflamación en las uñas, que se amorataban, ya que se estaba congelando. Poco a poco se le estaba durmiendo el brazo, pues había perdido su guante.


Lograron llegar hasta el campamento tres. “Entramos a la tienda y dormimos unas horas”, antes de bajar, en etapas, hasta el campamento base, donde recibieron asistencia de sus compañeros.


Los españoles iban a intentar llegar al campamento tres para subir la cima esa noche, pero el clima no se los permitió. Dos días estuvieron en el campo base y Eva presentaba cuadros de fiebre y mucho ardor de garganta, sentía que peligraba una vez más su vida.


El regresó duró cinco días. El día 15 ya se encontraba en el hotel de Katmandú, cuando supo del deceso de Ricardo y Santiago.


Con la voz entrecortada recuerda que se enteró que el 13 de mayo una avalancha de nieve cayó sobre ellos. “Ese día ambos se encontraban durmiendo en la misma tienda”.


Eva tardó en Katmandú 20 días para recuperarse. “Sufría amnesia, bajé 10 kilos”, pero agradece a Dios y a las oraciones de todos por haber salido con vida. “Agradezco nuevamente a la montaña que no me tocó quedarme ahí. Tenemos que ser realistas, aquí abajo o allá arriba te puede tocar la muerte y hay que estar preparados”.


Por último dice que antes de pensar en el Everest, la cumbre más alta del mundo, espera cubrir sus adeudos, ya que la travesía le costó 14 mil dólares y ha quedado endeudada con más de 100 mil pesos, pero no deja de agradecer la ayuda de personas “que incondicionalmente me han apoyado y el donativo de tres escuelas, en las que los alumnos muy humildemente “botearon” y lograron reunir mil 960 pesos; les “agradezco infinitamente”.









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