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Montañismo y Exploración
Huida de las cimas
14 enero 2006

Marc Batard se volvió célebre por sus ascensiones veloces y llegó a ser el primer hombre en alcanzar la cima del Everest en menos de 24 horas. Una vida más, pero muy distinta a las biografías de alpinistas que hasta ahora se han editado porque se conoce más al Marc Batard hombre que siente miedos y todo eso que sienten los seres humanos.







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Marc Batard. Huida de las cimas. Ediciones Desnivel, Madrid. 2005. 208 páginas. ISBN 84-96192-73-3

Aprecio infinitamente este tiempo fuera del tiempo, por encima de la tierra pero tan lejos del mundo, donde todo parece estar suspendido, olvidado, en otro lugar. Me gusta no tener que pensar nada más que en el pico que me espera y de qué manera voy a dominarlo.


Huida de las cimas
Marc Batard es conocido por su carrera de alpinista en el Himalaya, donde se convirtió en el primer hombre en subir el Everest por la cara sur en menos de 24 horas desde el campamento base, además de sus numerosas escaladas extremas en los Alpes y otras montañas.

Marc escribe su autobiografía y es curioso cómo recuerda mucho a Lionel Terray y a Louis Lachenal por su mismo origen: la pobreza lo empuja a alejarse de las ciudades y poco a poco descubre que es un atleta, pues llega a viajar a pie 80 kilómetros en un día cuando es apenas adolescente.

Pronto descubre que lo que más le atrae son las cimas: nunca ha llegado a una y para hacerlo toma un curso de escalada en el que pronto destaca, pero tenía una necesidad:

“Esa necesidad de ser como los demás me persiguió durante mucho, mucho tiempo. Creo incluso que forjó toda la primera parte de mi vida. Una necesidad extraña, en realidad, pues cohabitaba con las ganas feroces de ser diferente y de que los demás lo notaran.” (p. 25)

Poco después hace el examen para guía de Chamonix y es quien menos experiencia tiene, pero aprueba. Se lanza a una carrera por ampliar su historial de cumbres difíciles, algo que siempre perseguirá, pero es desde ese inicio que descubre algo importante:

“…fui descubriendo poco a poco cuál sería, en cada una de mis ascensiones, mi principal obstáculo: cuando se está escalando, hay que vencer el miedo. No pensar, a los pies de la pared, que es demasiado difícil. Demasiado alta. Demasiado vertical. No pensar tampoco en todo lo que puede suceder cuando se está suspendido en mitad de ninguna parte: las piedras que caen, los clavos que se sueltan, los momentos de malestar, los accidentes… Concentrarse en la felicidad que se siente al escalar, en el orgullo de avanzar, en el placer de encontrar soluciones a cada problema técnico. Buscar la serenidad en la mirada de los compañeros de cordada.” (p. 35)

El miedo, que será su acompañante durante toda su vida de montañista y al que logra vencer muchas veces pero también él es vencido. Vencido por el miedo. ¿Un himalayista que rompe récords en el Everest? Sí, miedo.

“Los alpinistas no suelen hablar de este aspecto de sus expediciones: el miedo que te enferma, los momentos de pánico irreprimible, las dudas que paralizan, las náuseas producidas por la angustia. Y esa fuerza extraña que empuja a implicarse a pesar de todo…” (p. 36)

Su carrera se va produciendo poco a poco, cada vez con mayores retos, pero uno se equivocaría al pensar en Marc Batard como un héroe de esos que no le temen a nada. Él mismo se encarga a lo largo de todo el libro de marcar su condición humana, ésa que le produce miedo, malestar, placer, que le hace ser iracundo, irritable, poco tratable, pero honesto.

“Yo también he pasado miedo muchas veces. En realidad, en mis treinta años de montaña nunca he dejado de pasar miedo. Miedo hasta el punto de renunciar sin razón, decenas de veces, al pie de la pared, con tiempo bueno y salud perfecta. Miedo hasta el punto de vomitar, de no comer, de huir para no enfrentarme a esas cimas que a pesar de todo terminaba escalando. Generalmente, los alpinistas sólo hablan de alegría que produce llegar arriba, de la belleza de las cumbres, de la dificultad técnica de la hazaña. Pero creo que no debemos olvidar el lado oscuro de la montaña. La muerte, los muertos. Por cientos, por miles. Las congelaciones de los dedos y de las córneas, la pérdida de dedos de los pies, los miembros sin vida, las familias decapitadas, los cuerpos desaparecidos, las ausencias eternas. Los duelos, las penas. Y el miedo.

“Creo que todos los atletas de alto nivel mantienen una extraña relación con la muerte. Llevan su cuerpo tan lejos, que a menudo la rozan, consciente o inconscientemente. El deporte en altas dosis no siempre es bueno para la salud, a veces es suicida, directa o encubiertamente.” (p. 84)

Marc Batard en su apertura en solitario en la oeste de los DrusCasi a los cincuenta años, siendo padre y abuelo, se descubre homosexual y también descubre que muchas de sus idas a la montaña, muchos de sus retos, han sido precisamente porque se sentía diferente y no había encontrado la forma de plantearse ni siquiera la pregunta sobre el tema. Es por eso que huye hacia las cimas pero cuando hace este descubrimiento y lo hace del conocimiento de sus hijos y amigos, decide darse dos años más a la profesión de guía en el Himalaya antes de retirarse. Esa decisión se vería truncada por un alud:

“La avalancha me parece interminable. Si salgo de ésta, no volveré a escalar nunca más. Dejaré de mentir, dejaré de mentirme. Dejaré de buscar en las cimas de montañas insensatas una verdad que rozo desde hace meses, años, sin atreverse a afrontarla. ¡No puede ser! No voy a morir aquí, por esta loca que quiere sumar un pico más a su palmarés. Si salgo de ésta, nunca más. Nunca más volveré a pasar miedo. Nunca más volveré a mentir. Nunca más volveré a fingir. Se acabó esta vida de locos. Se acabó.” (p. 17)

Nuevamente el miedo pero tiene ya la pregunta esencial y, sobre todo, la respuesta. Entonces huye de las cimas porque ya no puede encontrar respuestas ni escapes. Huye del alpinismo extremo, pero no del alpinismo, pues crea una agrupación: “En Passant par la Montagne, creada en 1995, tiene como objetivo permitir que jóvenes que viven una situación difícil, de exclusión social, de fracaso escolar, de enfermedad o de minusvalía, encontrar en la montaña una motivación para superar esa situación.” (p. 207)

¿Una agrupación para ayudar a gente con problemas guiada por un homosexual?

“—Ya sabes que hay mucha gente que no distingue entre un marica y un pedófilo… Imagínate qué catástrofe supondría… que a unas mentes mal pensantes les diera por decir que he creado la asociación con el propósito de conocer a chicos jóvenes…” (p. 198)

En este punto será cuando muchos lectores se enfrenten con un miedo más aterrador que el que enfrentó Marc Batard cuando estuvo a punto de ser sepultado por una avalancha. Será su lucha entonces porque Batard es claro y ninguna biografía de un montañista es tan nítida en su vida personal. En este aspecto hay que decir que Marc ha puesto otro listón alto. Es su “mejor Everest”.



 



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