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Montañismo y Exploración
Chachalacas
31 mayo 2006

Cuando me metí al agua, los muchachos se juntaron para ver cómo es que se podía navegar en la panguita amarilla que tanta desconfianza les daba. Era imposible. Cerré la bañera y me empujé de la arena con los puños. Una sola ola me puso en el mar y remé. “Hasta luego”, escuché.







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En Nautla había pasado la desembocadura del río Bobos donde, kilómetros más arriba, se hacía el descenso del río Filobobos; pero la bocana, antes amplia y en donde podían entrar embarcaciones de gran calado, estaba casi oculta, tapada por la inundación de 1999, cuando el río se llevó la mitad de las ruinas del sitio y sepultó parte de un pueblo. Tres metros abajo, apenas estaban los techos de lo que habían sido casas.


 


En Chachalacas desemboca el río Actopan, otro de los destinos para río. Hace años, un proyecto hotelero quería construirse en donde nace el río: el Descabezadero. Pero no fructificó y la gente se alegra de ello.


 


Sólo me faltaría cruzar por el río Antigua. Muy arriba, se llama Barranca Grande. Después, Pescados, y finalmente, Antigua. Y es en Antigua donde comienza la fiebre del cortesianismo. La casa de Hernán Cortés, la ceiba donde fueron amarradas las naves de Hernán Cortés… A pesar de haberlo decidido por la mañana, seguía pensando en Antigua. Estaría navegando en agua dulce.


 


Me detuve en una playa donde había gente y techumbres de hoja de palma. Una familia comía y me acerqué a preguntar. “Este es el Paso de Doña Juana”. A doscientos metros había un arroyito en el que se enjuagaban los que ya salían del mar. La abuela me ofreció un vaso de naranjada con hielo. “Chachalacas está a dos o tres kilómetros”. Me despedí y volví al mar.


 


Dos o tres kilómetros eran nada. Pero esa distancia la sentía ahora muy larga. El cansancio. Además, en esta zona se navega yendo de punta en punta y no a lo largo de una playa recta. Así había sido el Paso de Doña Juana. Una punta. “Le das la vuelta a esta y ya lo verás”.


 


Di vuelta a la punta y vi el pueblo. “Nadie me hará caso aquí y es peligroso”. Por la larga bahía habían muchas acuamotos, “bananas” y lanchas con turistas. En la playa, mucha gente se mojaba. Ansia del mar, del sol, de la arena. Y yo ya tenía mucho de ello. Sólo en dos ocasiones me había metido al mar después de salir de él. La primera fue para limpiarme de la arena que se me había pegado. La segunda, ayer, en Villa Rica, porque el agua invitaba a meterse.


 


Pasé por una alfombra de “garbancillo”, algas rojas que crecen en el fondo y se desprenden. Muchos peces viven de ellas. La alfombra de algas era tan densa que detuvo al kayak completamente. Se podría decir que estaba en una pequeña isla. Me reí. Me imaginaba los titulares de los diarios: “Detenido por el garbancillo”. Me volví a reír.


 


Esa noche, desde el balcón del hotel en Chachalacas, a un lado del río Actopan, vi las luces del puerto de Veracruz. Casi las podía tocar con la mano. Había pensado mucho en ese momento previo a la llegada. Saber que uno está por terminar pero faltarle el último empujón. El viejo dicho de los maratonistas: “Si no me dan miedo los 42 kilómetros, ¡sino los últimos 198 metros!”


 


Ahí estaba el puerto de Veracruz, en donde terminaría la navegación de la costa oriental de México.


 


Pero eso sería mañana.


 



 














 

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