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Montañismo y Exploración
La sima de la Pierre Saint Martin
9 agosto 2004


Uno de los pocos libros sobre exploración espeleológica, el de Haroun Tazieff es notablemente importante por marcar su época: equipo y técnicas eran algo que no se usaría hoy. POero también es el relato de un principiante en espeleología de una caverna que por entonces fue considerada como récord en profundidad.







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Haroun Tazieff. La sima de la “Pierre Saint Martin”. Editorial Juventud, Barcelona, 1953. 176 páginas. Sin ISBN.

El explorador, en fin, aunque no sea un especialista, puede descubrir la existencia de bellezas subterráneas.

Félix Trombe


En 1951, una ligera exploración llevaba a dos hombres a descubrir que la sima de la Pierre Saint Martin, en la frontera de Francia y España, tenía un gran potencial de desarrollo y al año siguiente se conforma una segunda exploración más minuciosamente. En ambas participa un Haroun Tazieff que viene de las montañas y los volcanes en actividad y que descubre un mundo que lo deja pasmado:

“A la débil luz de la pequeña antorcha, no distingo bajo mi nariz más que la bobina del hilo telefónico, algunos pedruscos muy próximos y el vago contorno de gigantescos bloques. El resto es obscuro. No obscuro: negro. Y noto que es inmenso.” (p. 20)

“Hace apenas veinte días que me hallaba, una noche, a cuarenta metros del cráter del Stromboli, del que cada cuarto de hora surgía, rugiendo, una incandescente lámina. En muchas leguas a la redonda no se hubiera podido descubrir a ningún ser humano, y el peligro era mucho mayor que aquí, a pesar de lo cual no experimentaba esta sensación de miserable impotencia.” (p. 22-23)

Era mediados del siglo veinte y para descender habían usado un elevador que los hacía sentir como muñecos de trapo mientras estuvieran colgando del cable de acero:

“Sobre un volcán, una montaña, en un desierto de arena o de hielo, la voluntad y la resistencia han salvado la vida de muchos hombres. En este agujero, mi salvación no depende de mí.” (p. 23)

Mientras que en la primera exploración sólo bajaron Marcel Loubens y Haroun Tazieff, en la segunda exploración bajan más espeleólogos. Tazieff, a quien no le convencía mucho la espeleología, va como camarógrafo de la exploración:

“...vivimos en una época en la que todo descubrimiento, toda aventura, todo viaje que se salga de lo corriente, ha de quedar registrado en una película bajo pena de no ser tomado en consideración.” (p. 31-32)

Después de tres días, Marcel Loubens se coloca el arnés de paracaidista y es elevado en el ascensor hasta los 10 metros. Desde ahí cae:

“Ha ocurrido aquello, aquello que siempre nos habíamos negado a creer, no sólo que pudiera pasar, sino que siquiera existiese la menor posibilidad de que sucediera.” (p. 90-91)

En superficie, se moviliza un enorme número de personas mientras que no puede ser bajado el médico por fallas en el ascensor. Los de abajo tienen que aguantar y no hacer nada mientras se relevan junto a Loubens. Pero finalmente muere, pese a la llegada del médico.

La salida es más ágil, pero los espeleólogos no contaban con un detalle: los periodistas, que no se han separado de la boca de la caverna en busca de fotografías y de noticias para sus periódicos y la radio:

“Durante algunos minutos todavía Occhiliani permaneció quieto en el rellano natural, a menos de dos metros bajo la salida de la sima. Hasta dos días más tarde no supimos la razón de esta interminable espera: una veintena de reporteros gráficos esperaban con sus máquinas, prestos a disparar, y él no tenía ganas de ser retratado...” (p. 140)

Los que aún permanecen abajo desconocen esto y mientras tanto, dos de ellos han tomado una resolución importante:

“Pero si después de la catástrofe se pidió auxilio, solicitando hombres y material, había sido solamente para que se pudiera retirar a tiempo al herido, de la sima. Ahora sólo faltábamos los dos para ser izados a la superficie, y el vasto sentimiento de compasión se había volcado sobre nosotros. Pero ni él [André Mairey] ni yo teníamos temperamento de vencidos, sino todo lo contrario. No estábamos abatidos por los acontecimientos y los esfuerzos de esta larga semana, y queríamos demostrarlo. Pero deseábamos también darnos cuenta de la prolongación de esta gigantesca caverna de la cual Loubens sólo logró entrever la entrada. Se trataba de demostrar que Loubens había tenido razón, y de descubrir nuevos pasos, de hacer, en fin, lo que nuestro compañero hubiera deseado que se hiciese: proseguir.” (p. 141.142)

Así, se internan en la caverna para encontrar una sala que Marcel Loubens había vaticinado sin ver. Pero después de varias horas tienen que regresar porque han partido a explorar sin avisarles a los de superficie. Para Tazieff la espeleología toma forma de algo nuevo que tiene todo el interés de la exploración:

“Es tentador penetrar en el corazón de la montaña en donde brotan poderosos torrentes. El atractivo del descubrimiento es estimado todavía por el interés práctico de una expedición semejante: encontrar bajo tierra, pero a mucha mayor altura que el valle, el agua generadora de energía.” (Félix Trombe, cit. en p. 8)

“Éste era al menos el motivo confesado: pero lo que ardía en el fondo de ellos mismos, ¿no era acaso la embriaguez del contacto con lo desconocido?” (p. 54)

Haroun Tazieff (11 de mayo de 1914-6 de febrero de 1998), distinguido vulcanólogo que sobresaliera por meterse en la boca de volcanes en erupción, es, curiosamente, un observador importante de las labores de la espeleología y así lo demuestra y aunque las exploraciones que realizara en la Pierre Saint Martin no llaman mucho la atención en la actualidad, es importante colocarlo en su tiempo, cuando se utilizaban elevadores para bajar un tiro de más de 300 metros y cuando el equipo que usaban no era especializado, sino prestado por la aviación. Un ejemplo de cómo se ha desarrollado el equipo:

“Labeyrie, prudente como siempre, probaba las cuerdas. Después de sujetarlas por un extremo al jeep de Sauveur Bouchet, las hacía pasar por encima de una viga colocada a gran altura y ataba en el otro extremo un tonel de 200 litros lleno de arena. Entre las cuerdas viejas guardadas por Lévi, muy pocas fueron las que soportaron la prueba...” (p. 61)

La sima de la Pierre Saint Martin fue publicada prácticamente de inmediato al español (1953, mientras que la exploración fue en 1952), probablemente debido al accidente. Pero Tazieff no cae en el amarillismo y anota los sucesos tal como fueron. Quizá lo que más llama la atención es su decisión de seguir la exploración una vez sucedido el accidente. El libro es uno de los pocos de literatura de espeleología y vale la pena leerlo. Como detalle, en la lista de sus obras, este libro o aparece citado, aunque sí las 98 publicaciones y once películas que realizó, alguna de ellas con Cousteau.



 



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