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Montañismo y Exploración
Mi mundo vertical
15 abril 2002


Fue el segundo hombre en ascender las catorce montañas de ocho mil metros y en un tiempo realmente breve. Su forma de abordar la montaña fue siempre la clave del éxito desde convertirse en una persona señalada por incompetente hasta ser uno de los mejores himalayistas del mundo. Con una gran claridad, Jerzy Kukuczka narra sus vivencias en las montañas más altas de la Tierra y postula, sin quererlo, una filosofía muy particular.







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Jerzy Kukuczka. Mi mundo vertical. Ediciones Desnivel, Madrid, 2001. 298 páginas. ISBN: 84-95760-231

No me basta con estar sólo en las montañas, no basta con estar en una expedición. Considero que si se va a las montañas tiene que ser con algún objetivo, y ese objetivo es subir la montaña. (p 287-288)

Las regulaciones del permiso para conquistar montañas me han parecido siempre, y me parecen, una cosa antinatural, incluso estúpida. Cuando viajo a las montañas, sin tener en cuenta si son montañas pakistaníes o nepalíes, me siento como en casa. Considero que subo a la montaña porque me gusta hacerlo, porque quiero. Y si ya estoy en esa montaña, entonces la siento como propia. Cualquier norma que diga: por aquí puedes ir, y no por ahí, me da risa. Es como decir: el aire que hay en mi huerto es mío, así que no respires. (p. 67)

No eres el segundo, eres grande.

Telegrama de Messner a Kukuczka, 1987


En este telegrama, Messner reconoce a Kukuczka como el segundo hombre en alcanzar la cima de las catorce montañas de ocho mil metros. Sin embargo, diez años antes, el Nanga Parbat había rechazado a Kukuczka y con ello, seguía siendo un montañista con un historial deportivo de montañas altas reducido y no poco exento de escollos.

"Sólo es preciso decir algo sobre alguien en algún sitio y en determinado momento, sobre todo al oído, y el tufo persigue a la persona obstinadamente." (p. 14) "...yo, al fin y al cabo, al que en mi país me perseguía el tufillo, que siempre volaba tras de mí, de que no era capaz de enfrentarme a las montañas altas..." (p. 22) Pero había "algo dentro de mí que me impulsaba a apostar fuerte. Para mí sólo contaban las más. Únicamente esto me atraía de veras." (p. 22)

Pero para él, se había abierto una puerta y su mentalidad había cambiado: "Me consuela solamente el descubrimiento de que los Himalayas son también para las personas. Que algún día volveré a las montañas más altas. Debía regresar. Y regresé. Y después escribí este libro." (p. 7)

Así empieza a esforzarse una y otra vez por ir a una montaña del Himalaya, ganando el imprescindible dinero pintando chimeneas de las fábricas o haciendo muchas otras labores de organización. Su primer ocho mil, el Lhotse, es muy significativo pues a pesar de haberlo ascendido por la ruta normal y sin oxígeno, descubre algo que le apasionaría en adelante:

"No he contado todo lo que en esos momentos estaba viviendo. No he dicho que hacía buen tiempo y que, de pronto, me daba pena separarme de la montaña que tanto esfuerzo me había costado. Me sentía bien allí. Me metí al saco de dormir, estuvimos hablando. Sólo entonces me di cuenta de que el esfuerzo había terminado con éxito. Que lo había logrado." (p. 25)

Para 1983, Messner, con nueve ochomiles en su haber, declara que ascenderá los catorce y Kukuczka toma la idea pero algo modificada:

"Era consciente de que, tras el Cho Oyu me habían empezado a tratar como el que seguía a Reinhold Messner, y tenía posibilidades. Cuando me hablaban de ello allí, hacía gestos de desagrado, en realidad poco podía seguirle, pues para que yo pudiera ganar esta carrera tendrían que encerrar a Reinhold en su castillo alpino, y a mí permitirme hacer lo que quisiera en los Himalayas. Pero eso no quería decir que me rindiera. No, para nada. Y es que el «fumarse» durante un solo invierno dos ochomiles no lo había logrado nadie en la historia del alpinismo mundial. Era una proeza, de eso me daba cuenta. Esta «carrera» con Messner había surgido por sí sola. Me había entregado a ella sin estar convencido de sus reglas. No porque hubiera «despegado» con tanto retraso en relación a mi rival. La persecución misma por las altas montañas, por las vías normales, sólo para que entraran en la «cuenta» no me interesaba. Sin embargo me fascinaba la idea de catorce nuevas vías en los catorce ochomiles. Lo llevaba a cabo con pasión. Una nueva ruta o hacerla en invierno, un lugar donde nadie hubiera estado nunca. Era un precio que merecía la pena pagar. Un verdadero juego. Y la carrera con Messner me ayudaba a realizar este plan." (p. 140)

Y más que una competencia, Kukuczka declara abiertamente los problemas que pasaba frecuentemente para poder ir a una expedición, siendo ciudadano de un país con muchas restricciones:

"La depresión comenzó a adueñarse de todo. Pasado cierto tiempo sentimos que se vislumbraban ciertas posibilidades, y aún así los deportistas seguían marchándose. Nosotros también estábamos arrestados en la Asociación para la Difusión de la Cultura Física y del Deporte..." (p. 61-62)

"Surgió una nueva dificultad ante nosotros realmente difícil de salvar. Las compras... El llevarlas a cabo, en el año 1981, en las tiendas, arrasadas de cualquier mercancía, resultaba absurdo. Había graves problemas con todo. Incluso la mermelada." (p. 44) Y cuando logra conseguir lo que necesita, la gente lo rodea. "Soñaba con llegar de forma furtiva al fiat 126, arrojar estos tesoros al interior y marcharme. Pero parecía del todo imposible. Se juntó un buen gentío; la gente empujaba, las preguntas y las propuestas de compra se hicieron cada vez más impacientes, poco amistosas." (p. 45)

Sin embargo, las expediciones se marchan de una manera o de otra, siempre regateando con la gente por diez rupias o haciendo lo imposible por conseguir mil dólares, sin los cuales no podrían salir.

Hay algo notorio en cada uno de los relatos de Kukuczka y es el sentirse en una situación de la cual no se puede salir: "Sólo quería que comprendiera que habíamos ido demasiado lejos, que ya no se podía decir: «Yo ya no juego, me voy a casa». Se trataba de la lucha por la vida." (p. 224)

En cada una de sus ascensiones se trata justamente de una escalada de gran dificultad o en invierno, cuando las condiciones son más difíciles y el cuerpo se desgasta más rápidamente, pero "Siempre me cuesta mucho hacerme a la idea de la renuncia. Cuando todo iba cada vez mas lento, más lento, cuando Wojtek decía de repente: «Fin. No podemos. Bajamos.», ya no había más que discutir. A mí me resultaba más difícil, tenía que agotar todos los argumentos ante mí mismo y así poder decir: «Por supuesto. No hay ninguna posibilidad. Fin. Volvemos.»" (p. 52)

En el Nanga Parbat, la montaña que lo había rechazado ya cerca de la cumbre, "Por vez primera conozco a algunos mejicanos: Carlos Carsolio y Elza Avile. ¿Qué valor podía tener gente tan joven, nacidos en el país de los cactus? Bueno, ya lo veríamos." (p. 145) De ahí surgiría precisamente la carrera himalayista de Carlos Carsolio, a quien posteriormente Kukuczka menciona:

"Sólo Carlos se negaba:

"?No comeré, no tenéis que incluirme en los cálculos de las provisiones, pero voy con vosotros. Tengo que ir, es mi única oportunidad de ser el primer mejicano en subir a un ocho mil.

"Carlos era terriblemente ambicioso. Y junto a nosotros se convirtió en un gran himalayista. ¿Y qué se podía hacer con un cabezota así?" (p. 155)

Su trayectoria en el Himalaya es rapidísima, dentro de expediciones muy ligeras y económicas que le permiten moverse con facilidad y lograr sus objetivos, pero al mismo tiempo adquiere una filosofía que le será muy útil y que no compaginará con muchos de los montañistas que van al Himalaya:

"Ellos [sus compañeros de expedición al mando de Herrligkoffer al K2] tenían otra mentalidad. Les valía con subir la montaña, ya lo consideraban un gran motivo de gloria, con eso era suficiente. Y luego, a casa rapidito. Intenté comprenderles pero nuestros caracteres no tenían nada que ver. Se movían en distintas direcciones. Ã?l era guía alpino, tenía sus propios clientes, le bastaba con coronar el K-2. Para sus clientes esto significaba tanto que ninguno se atrevería ya a poner en duda el camino por el que les condujera. Y lo que es más, a muchos les bastaba con que tuviera escrito en el letrero que habían participado en una expedición al K-2, que había[n] estado con nosotros. En líneas generales podía permitirse sufrir un poco, aunque no demasiado. Podía tener alguna aventura para poder luego contarlo con el paso de los años. Pero sobre todo nada de arriesgar demasiado. Una aventura sí, pero nada de riesgo..." (p. 194)

Su actividad deportiva le lleva también a ser crítico con los medios de difusión:

"En situaciones así no hay nada que hacer, cada periodista hace lo que quiere. Unos logran excusar esta avidez de sangre, otros no. considero que desde este punto de vista los periodistas polacos tienen mucho que aprender." (p. 186)

Rutas nuevas, ascensos invernales, pero Kukuczka sigue en pos de la carrera de los ochomiles hasta que recibe por radio la noticia:

"?Ayer, el famoso alpinista Reinhold Messner llegó a la cima del Lhotse. Es el primer ser humano que ha subido a las catorce montañas más altas del mundo...

"El en el comedor se hizo el silencio, en medio del cual ya nadie prestaba atención a las siguientes noticias que llegaban de la radio. Como si mis amigos quisieran mostrar su respeto por lo que yo debía estar pasando en estos momentos...

"Noté todas las miradas clavadas en mí... Tenía que contestar algo. Y dije:

"?Mañana salimos para arriba...

"Ese momento se me quedó grabado. Ya sabía que Reinhold estaba en el Makalu, que tenía permiso para el Lhotse. Sabía que no iba a tener problemas de traslado, porque en situaciones así utiliza el helicóptero. Y sabía que no tenía ningún obstáculo para terminar su «colección». Subía a los sucesivos ochomiles por la vía normal, era un alpinista excelente. Tendría que haber tenido muy mala suerte para no alcanzar su objetivo. Un objetivo que tenía un enorme valor, y no sólo deportivo.

"Esperaba la noticia, pero ahora que la había recibido, pese a todo, me puse triste. Y es que él era el primero." (p. 218-219)

Lo que le pesaría estar en segundo sitio lo manifiesta en una conferencia de prensa:

"Durante uno de los encuentros con la prensa, en Italia, alguien preguntó cómo valoraba mi hazaña como el segundo tras Messner. Contesté con la pregunta: «¿Hay alguien en la sala que recuerde quién llegó en segundo lugar al Everest?» Nadie lo recordaba." (p. 288)

Finalmente, llega a la cima del Shisha Pangma y es ahí donde por primera vez se manifiesta sorprendido:

"Nunca, ni siquiera en mis sueños más atrevidos, hubiera podido imaginarme que el epílogo iba a desarrollarse en un escenario tan maravilloso. Estaba de pie, en la cima de mi último ocho mil. El último abalorio de mi rosario himalayo. Lo había conseguido." (p. 275)

"Y no era capaz d dar rienda suelta a la felicidad proporcional a esta experiencia. En teoría, ésta debería ser catorce veces mayor que la conquista de las consecutivas cumbres. Estaba un poco aturdido por todo esto. El hombre no está preparado para alegrarse en todas las situaciones. Sólo una vez, durante el descenso del Nanga Parbat se me ocurrió llegar a la cumbre [sic] dando un salto y con los brazos levantados en señal de triunfo. Fue algo que lamenté: me costó mucho esfuerzo y después me dije a mí mismo que no lo repetiría nunca.

"¿Y por qué no era capaz, incluso en un momento como éste, de alegrarme espontáneamente, de veras? En lugar de eso descendía con pensamientos espantosamente sensatos: que pese a todo había logrado subir. Que estaba muy bien...

"El hecho de que esta cima fuera la número catorce en este momento no tenía importancia. Podría ser igualmente la tercera o la séptima..." (p. 276)

"Mientras bajaba, todas estas increíbles y justas razones de alegría me daban vueltas en la cabeza como un macuto mal empaquetado. A cada momento se alternaba la sarta de nombres de las cimas del Himalaya, cada uno de los catorce: me ayudaban a caminar, otorgaban ritmo a mis pasos. Como cuando se está llegando allí, a lo más alto, con lo que queda de fuerzas, y hay que contar. Catorce... veces ocho... ¿De veras se había terminado algo? No. el mundo vertical no termina nunca. Dura. Espera. Un día volveré... Un momento... eso ya lo pensé una vez. ¿Cuándo? ¡Ah, claro! Cuando por primera vez perdí ante el Nanga. Eso había sido hacía mucho, mucho tiempo... Catorce altas montañas atrás. ¿Y en qué más pensé entonces, tras el primer fracaso? Ah, sí... Que los Himalayas también son para los seres humanos.

"Y tenía razón." (p. 277-278)


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Erratas

Página 145, antepenúltima línea, dice: "...conozco a algunos mejicanos: Carlos Carsolio y Elza Avile." Se trata de Elsa Ávila. Lo mismo pasa en la página 262, cuando se le llama (séptimo párrafo) "Elsa Avilla".

Página 169, sexto párrafo, dice: "hubiera caído en la en la rimaya..."



 



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