follow me
Montañismo y Exploración
Camaronera
14 junio 2002

Remamos un par de minutos en completa oscuridad hasta que comprendimos que si no nos veíamos nos perderíamos el uno al otro, así que lo hicimos con las linternas frontales encendidas. Yo prefería colocar mi luz a un lado o hacia atrás y ser visible pero no ser deslumbrado. Escuchábamos el ruido del oleaje, ese sonido que cambiaba siempre dependiendo del tipo de costa a que las olas llegaran.







  • SumoMe

Por la mañana fuimos al centro de Alvarado. Ahí me asomé a una fotografía de satélite donde se podía ver la formación de una tormenta tropical que ya estaba en Cancún. Nos quedamos estupefactos (iba a escribir "helados", pero eso, en Alvarado, simplemente es imposible). Estábamos a 75 kilómetros de Veracruz y la presencia de una tormenta que nos detuviera nos asfixiaría más de lo que ya estábamos y no precisamente por el calor sino porque nos sentíamos como los corredores de maratón que después de los 42 kilómetros deben correr los últimos 196 metros para la meta. La carga psicológica era cada vez mayor.


El viaje empezaba a convertirse en una pesadilla cuando veíamos la piel tan maltratada por tanto tiempo de contacto con el agua de mar, cuando soñábamos con enjuagarnos con agua dulce o pensábamos en una noche más dentro de la tienda de campaña mientras sudábamos. Habíamos planeado pasar el día en Alvarado para llegar frescos a Veracruz, pero la amenaza de esa tormenta, que bien podría alcanzarnos en un día o dos, nos hizo desistir de ello.


Partimos a las cinco de la tarde, dispuestos a navegar toda la noche para llegar al puerto al amanecer. Habíamos mejorado el aparejo y ahora tenía un "stay" que controlaba su caída hacia la izquierda y que sostenía Alex con su brazo derecho. Además, colocamos uno más desde la popa hasta la parte alta del mástil. Eso debía bastar.


Salimos como entramos, con olas grandes. La gente que nos vio partir nos perdió muchas veces de vista y luego, sencillamente, desaparecimos. Una vez fuera de la escollera, colocamos el aparejo y la navegación (y el concierto) continuaron. Esta vez debía tener más cuidado porque con viento del oriente deberíamos desplazarnos hacia el norte. No sabía si eso se podría hacer con nuestra vela pero recordaba los barcos españoles y no me quedaba duda. Lo único por descubrir era la forma de hacerlo pero en poco tiempo pudimos controlar la navegación e íbamos hacia el noroeste.


Se hizo de noche y comenzaron a aparecer las estrellas mientras la estela entre nosotros seguía brillando por los organismos bioluminiscentes. El resplandor de Veracruz era lo único que nos guiaba porque si bien ahora llevábamos las dos linternas y más luces de emergencia, con ellas no podríamos ver nunca la costa sino hasta estar tan cerca que ya deberíamos ponernos en pie. El viento era fuerte aunque no tanto como lo queríamos para navegar hacia el norte. Alex cantaba una canción que decía "...cuando me pierda y no señale el norte la estrella polar..." y justamente hacia allá íbamos, precisamente al norte.


A las nueve de la noche, Alex se quejaba de cansancio en el brazo con que sostenía el stay. Quitamos el aparejo y seguimos remando. Yo todavía tenía la intención de remar por la noche y llegar a la mañana a Veracruz, quizá descansando en Antón Lizardo temprano. Pero Alex prefirió descansar y nos hicimos hacia tierra. El problema era precisamente el que habíamos imaginado muchas veces: ¿dónde desembarcar? Una cosa era estar cerca de la costa y otra hallar el sitio adecuado para bajar a tierra.






















Remamos un par de minutos en completa oscuridad hasta que comprendimos que si no nos veíamos nos perderíamos el uno al otro, así que lo hicimos con las linternas frontales encendidas. Yo prefería colocar mi luz a un lado o hacia atrás y ser visible pero no ser deslumbrado. Escuchábamos el ruido del oleaje, ese sonido que cambiaba siempre dependiendo del tipo de costa a que las olas llegaran. No era como las turbinas de aviones del Caribe ni como motores de autobús de Yucatán. Este era más suave.


Pronto llegamos a tierra. Me bajé inmediatamente de mi kayak y volteé hacia atrás. Vi una luz, pero escuché a Alex ya en la orilla. "¿Puedes ir por mi linterna?" Una ola se la había arrancado de la cabeza y en la oscuridad había perdido noción de las dimensiones de tal forma que el timón de su kayak se dobló. Lo enderezamos lo más que pudimos y aunque quedó doblado ligeramente, al menos seguía teniendo timón.


Estábamos excitados por la sensación de haber llegado a tierra y a pesar de ser más de las diez de la noche, platicamos de todo hasta la una de la mañana. Lo mejor de todo era que estábamos seguros de llegar al puerto al día siguiente. Quizá por eso es que se nos escapaba el sueño.





Páginas: 1 2 3 4



 



Suscríbete al Boletín

Google + Facebook Twitter RSS

 

Montañismo y Exploración © 1998-2024. Todos los Derechos Reservados
Sitio desarrollado con SIPER
Diseño por DaSoluciones.com©