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Montañismo y Exploración
La fuerza de la cordada

Sinfonía alpina Finalista María de Jesús Lea Nuñez España Martes, 2 de abril de 1945. Apenas me queda tiempo para escribir estas páginas en mi diario. Las tropas de los aliados están a punto de llegar. Esta mañana hemos sentido …







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Sinfonía alpina
Finalista
María de Jesús Lea Nuñez
España

Martes, 2 de abril de 1945.

Apenas me queda tiempo para escribir estas páginas en mi diario. Las tropas de los aliados están a punto de llegar. Esta mañana hemos sentido el ruido de la artillería y avistado negras humaredas que se elevaban por encima de las montañas, cerca de la aldea de Partenkirchen. Sin embargo estamos tranquilos y no vamos a movernos de aquí. Pauline ha preparado el desayuno y despertado a los niños como otro día cualquiera. Con resignada tristeza echo una última mirada al estudio: el piano, la biblioteca, el escritorio, las partituras, el sillón de cuero y, sobre la chimenea, el cuadro de Friedrich, “Paisaje de alta montaña”. Es muy posible que este lienzo me indujera ayer a acometer la ascensión del Finsterberg, buscando la purificación moral a través del esfuerzo, la liberación mediante el trabajo y el culto a la eterna y magnífica naturaleza.

 

La montaña prohibida
Finalista
Christian Rodríguez Morales
Guatemala

Dicen que la realidad siempre supera la ficción, el problema es que cuando cuentas lo que has vivido no siempre te creen. Y es que si alguien me contara que escaló una montaña en medio de la selva logrando burlar a un ejército que la custodiaba, y que además, sobrevivió a accidentes con arenas movedizas y minas antipersonales… pues yo tampoco le creería fácilmente.

Ocurrió en julio del año 2007. Me dirigía a la montaña más alta de Nicaragua, el Cerro Mogotón, de dos mil ciento siete metros. Una “montañita” me dije a mí mismo. Pocos meses atrás había regresado de escalar varios cuatro y cinco miles en México, montañas difíciles de escalar e incluso de pronunciar: Iztaccíhuatl y Citlaltépetl, entre otras. Así que esa “montañita” me sobana a un dulce paseo. ¡Pero qué equivocado estaba!

 

El tótem de las orcadas
Finalista
Antonio Jesús Ruiz Munera
España

Todos los lugares tienen una historia. Unos se nutren de leyendas, de relatos de lo que cuentan que fue. Otros de sensaciones , de imágenes desprovistas de artificios que nos llenan la retina de paisajes. Y finalmente están los que atesoran, a un tiempo, memoria y belleza sin concesiones. Escocia es uno de ellos.

ME gusta viajar en la proa, salpicando mi cara con las gotas que se levantan, curiosas, más allá de la línea de flotación. Tumbada sobre la cubierta, la cabeza se apoya en el mismo vértice del tajamar, indiferente al gélido viento del Norte. Dentro de ella, Ian Anderson inunda mis neuronas de rock gaélico, enloquecido con los pluratos de su flauta plateada.

 

Herencia
Finalista
Carlos Rangel
México

Es un paso tras otro. Sólo uno…

Con las fuerzas ausentes, el cuerpo se hace lento, los pies pesan. Hasta el sueño pesa. Un sueño de pocas horas y mucho nerviosismo allá abajo, por la emoción, por el frío, por el ansia de subir esta montaña blanca, enorme, fría. Y ahora, toda mi fuerza de voluntad sólo para dar el siguiente paso. Sólo uno, aunque sea uno. Únicamente pasos como botas de siete leguas pueden subir hasta la cumbre y yo… soy un enano.

Es la segunda ocasión que venimos al Popocatépetl. La primera sólo llegamos a Las Cruces, a menos de la mitad de la montaña, y ya estábamos mal. Nos habían hablado del mal de montaña pero habíamos decidido que con nosotros no podría, hasta que descubrimos que también somos mortales. Llegamos a esa esquina del mundo donde parecía que se enredaran todos los vientos, ahí, alrededor de esas cruces erigidas quién sabe por qué o por quiénes. Ni ganas de acercarse a ellas. Sólo teníamos ojos para la montaña, siempre arriba, muy arriba. “No se preocupen, la montaña no se va y regresaremos en otra ocasión”, nos dijeron. Pero, ¿cómo tragarse ese orgullo herido de sabernos derrotados, esa humillación personal de tener que ser reconfortados como bebés cuando tienes quince años?

Pero regresamos, esta vez durante la Confraternidad que se hace en octubre, cada año, el fin de semana más cercano al día 12, el “Día de la Raza”. Hoy es domingo 11 de octubre y mañana será ese día. Feriado, por ser lunes. Por eso es que hay tantísima gente, tanta como un día de fiesta allá en el zócalo. ¿De dónde vendrá tanta gente si en las excursiones no veíamos mucha? Seguro de todos los países del mundo, porque hay banderas de cada país. La gente viene, sube por estas pendientes y allá arriba, al borde del cráter, se hace una ceremonia para intercambiar banderas de todas las naciones como hermanas. Una pro-puesta del montañismo al mundo en tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Eso dicen. Ahora es una tradición y nosotros estamos dentro de toda esa tradición.

Hay quienes pasan a mi lado tranquilamente, incluso platicando sin ningún problema. Yo… no puedo. Me detengo y hago lo que muchos como yo: coloco mi piolet por encima de mí, me agacho y recargo la frente en él. Respiro fuerte, agazapado con mi cansancio. Nadie me había dicho cómo hacerlo, pero muchos lo hacían y parecía lo más sensato: acurrucar al propio cansancio para que otros no lo vieran y reunir fuerza para dar un paso más. Respirar y juntar voluntad para volver a andar, aunque nos sintamos hechos papilla del cansancio.

Salimos en la madrugada de Tlamacas, allá abajo. El frío hacía castañetear los dientes y entrechocar las rodillas si no se ponía uno a caminar. Entre ese frío que pasaba cualquier suéter y las ganas que teníamos de subir, nos levantamos muy temprano para ser de los primeros en llegar a la cumbre.

La cumbre… Un tío me había preguntado para qué subía, si sólo me iba a cansar. “Claro, la vista debe ser muy bonita desde arriba” —así se lo imaginaba (y yo también)— “pero ¿vale la pena tanto cansancio, tanto frío sólo para ver algo desde arriba si abajo puedes jugar fútbol tan a gusto y luego sentarse a ver el partido de tu equipo favorito?” Me dejó sin palabras. De verdad. ¿Cómo hacerle comprender que todo lo que bulle en mí de juventud se representa en llegar a la cumbre de esta montaña? Aunque esa juventud esté siendo aplastada en la pendiente por falta de fuerzas en este preciso momento.

O precisamente por eso.

 

Grietas
Finalista
Olga Pérez Herrero
España

“Escalar es aceptar la vida y vivirla intensamente”.

El frío me atraviesa como una daga y el aire levanta la tierra como en una premonición. Juan cuelga a más de treinta metros del suelo, unido a mí por una cuerda. Su vida pende de un hilo, entre mis manos. Pero confía, confía más allá de lo razonable. Los pies de gato como garras de águila. Conozco la sensación y siento envidia, pero ahora es su turno. Ya ha colocado los mosquetones en los anclajes de la vía e inicia el descenso. Desde abajo veo cómo se deja caer suavemente sobre el arnés, sintiendo su presión que le une a la vida como un sutil abrazo. El cansancio me puede y tengo que adelantar la pierna derecha para sujetar bien la cordada. Apoyo la rodilla sobre un saliente de la roca, como tantas otras veces. Los brazos, mi punto débil, empiezan a temblar y me avisan que no aguantaré mucho más. Debería haber hecho más caso a Juan cuando me enseñaba en el búlder pero la parte técnica no me interesaba y echaba de menos la montaña y el aire libre.

 

Yo puedo
Finalista
Franz Keller
España

En cuanto se levantaba del pupitre se sentaba a cuchichear en el escalón de algún portal. De allí, al sofá de casa. Mesa y mantel, más sofá y a la cama. Una adolescencia perezosa, como tantas. “No, mamá, hoy no, que estoy súúúper cansada. Mañana lo recojo todo”. Inviernos de horas y más horas vespertinas en el café para tomarse un cortado con las amigas, veranos enteros al aceite de coco sobre el metro cuadrado de toalla playera.

No cambiaron las cosas en la facultad. Aulas, biblioteca, cafetería. Días sedentarios. Largos jueves noche por los bares de la zona universitaria, viernes de ojeras y regreso al pueblo. En tercero empezó a correr un poco por el parque en cuanto las bocatas y las pizzas empezaron a acolchar cartucheras y lumbares.

Un buen día todo se aceleró. Así, sin más.

El viaje de fin de estudios a Italia, las carreras por pasillos de hotel, madrugadas furtivas con su amigo Julio y, en un abrir y cerrar de ojos, un bebé no del todo planeado.

Boda, piso, trabajo. Adulta.

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