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Montañismo y Exploración
La fuerza de la cordada

Cada año, Cuentamontes celebra un concurso de relato de montaña en donde puede participar cualquier persona que hable español e incluso los de habla inglesa. Este año, el triunfador del concurso fue un cuento llamado La fuerza de la cordada, …







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Cada año, Cuentamontes celebra un concurso de relato de montaña en donde puede participar cualquier persona que hable español e incluso los de habla inglesa. Este año, el triunfador del concurso fue un cuento llamado La fuerza de la cordada, que le da nombre al libro.

Además de este cuento, el libro está compuesto por los relatos finalistas de España, Argentina, Guatemala y México. Como Cuentamontes trata de promover la cultura de montaña, el de relato es sólo uno de los concursos que promueve así que en el libro también se encuentran las poesías, fotografías e ilustraciones ganadoras de otros concursos celebrados simultáneamente.

Termina con menciones a la mejor actividad en montañismo, al mejor montañista y otras menciones.

Pero el concurso de cuento es, quizá, el más notorio. Aquí, fragmentos de algunos de los cuentos, que se contaron en la ceremonia de entrega de premios.

 

Varios autores. La fuerza de la cordada. Trabajos premiados en el VI Certamen de Cuentos y Relatos Montañeros. Cuentamontes, Grupo literario y montañero, Alicante, 2014. 288 páginas. ISBN: 978-84-95254-40-5

 

La fuerza de la cordada
José Francisco Maestre Pérez
España

Como el rayo que precede al trueno, así resonaron las palabras en su cabeza. Su cuerpo, como una marioneta al que le cortaran las cuerdas, siguió por inercia el camino de salida.

Llegó a la calle cuando las palabras del doctor todavía resonaban en su cabeza sin poderlo entender pero, tras un principio de laxitud, empezó a comprender la magnitud de la noticia que le había afectado.

Sentado en un banco del paseo principal y rodeado por la multitud de personas que, con indiferencia, pasaban a su lado ajenas a su sufrimiento, se sintió solo. No entendía, no podía entender la terrible noticia que nunca pensó que pudiera sucederle. Siempre creyó que eso no podía pasarle a él, una persona con gran disciplina de vida, con una relación tan equilibrada con su yo interior que nunca oiría para sí mismo la terrible palabra.

 

Soñaba con subir a la montaña
Premio local Cuentamontes
Octavio López Lorente
España

Soñaba con la montaña. Soñaba con subirla. Bueno, más que subirla soñaba con… ¿Cómo decirlo? Vivirla, y vivir con y en ella todos los sueños que le inundaban, ya que no tenía muy claro el concepto del que oía hablar: “si no haces cumbre en la ascensión, habrás fracasado, la montaña habrá podido contigo” sin tener en cuenta ningún otro concepto ni filosofía alguna. Él sólo soñaba con llegar hasta la montaña y conocerla. Hablaban tanto de aquélla, que él soñaba con su presencia. Él soñaba. Y pasaba de aquellas cosas de lograr la cumbre como una obligación, de la derrota si no lograba culminar la ascensión. Él soñaba sólo con adentrarse y sentir la montaña con toda su fuerza, con todos sus matices, con todos sus perfumes, con sus sonidos y sus silencios, sus retos, descifrar sus enigmas, pisar sus sendas y sentarse tranquilamente en su cumbre para observar el paso de las nubes, y descubrir todos sus secretos.

 

Marina a la deriva
Ganador Vivac de cuento
Heliodoro García Mallebrera
España

A estas alturas nadie se sorprenderá si digo que mis conocimientos en materia de montaña no alcanzaban más allá de saber que un inocente cervatillo correteaba por el verde prado de mi niñez sobre el estuche de mis párvulas pinturas de colores. Del romero y los caracoles en las puntuales paellas de cada fin de semana, nos juntaban a todos en casa de mis padres o de esa extraña crónica de una muerte anunciada que a menudo contraían las macetas a los pocos días de haberlas adquirido, como poseídas por una especie de profética maldición, nada más saberse en el balcón de mi casa. Sí, así es. Ni lo niego ni me escondo. Siempre fui más de ciudad. De tiendas y sus escaparates, de sofá, de asfalto, hasta de tráfico. Y si me apuran, diría que soy más de mar que de montaña. Tal vez porque mis padres ya lo vaticinaron desde muy lejos, me llamaron Marina. Por eso no di crédito el día que el destino tuvo la deferencia de ocuparse de mi caso y en lugar de enviarme a un chico bien afeitado, con camisa de cuello almidonado y pantalón con trenque, dispuesto a pasar conmigo el resto de sus días, confundió los papeles incomprensiblemente y puso en mi camino a otro mucho más famélico de lo que hubiese podido imaginar, cuyo mentón afilaba una barba crecida no sabría calcular los días, cargado con una pesada mochila como segunda piel llena de cachivaches con la que parecía un hombre orquesta y cuyos pies permanecían a toda hora sobre unos estribos llamados escalada y expedición.

 

La leyenda de Mariola
Cuentamontes de honor a la literatura montañera
José Soler Carnicer
España

La mañana había sido fresca. En la cumbre del Montcabrer cuando llegamos, serían las once, un viento que venía desde la Altana nos hizo recuperar los plumíferos. Un techo de nubes bajas por encima de los novecientos metros cubría toda la Foia del Comtat y dejaba tan solo al descubierto las testas rocosas del Benicadell, la Carrasqueta y la Serrella como islotes perdidos en aquel blanquecino mar.

Habíamos salido de Agres hacia el santuario dela Verge del Castell y, tras pasar por el fabuloso bosque de la Teixera, llegamos al refugio de la Cava Arqueada, donde hicimos un alto para almorzar. Mientras reponíamos fuerzas algunos del grupo me habían hecho varias preguntas, ninguna insidiosa por supuesto, sobre la sierra Mariola y la cava, dada mi calidad de Guía. Era lo natural y lógico ante aquella antigua nevera, verdadera reliquia de la arquitectura rural de un tiempo pasado.

 

Un mal sueño de un viejo montañero
Cuento denuncia
Vincent Verdú i Mollá
España

Queridos amigos, érase una vez —què importa cuando— un viejo montañero, me relató una historia acaecida en el monte del Cid. Me dijo:

—¡Tú conoces el monte del Cid, verdad!— Yo asentí con la cabeza.

—Pues bien —prosiguió; sabes que es una montaña emblemática para las gentes de este Valle, incluso para algunos es algo mágica. Por su forma, tan característica es muy original, sus laderas y paredes verticales, la hacen casi inexpugnable, es un fortín maravilloso que utilizan ciertas cabritas “arruís” creo que los llaman, como criadero; en las repisas soleadas de su cara sur y al cobijo de los intrusos, guardan su intimidad al amparo de formidables paredes rocosas.

Seguía el relato el viejo montañero —Aquello es un verdadero aprisco, maravilloso lugar donde se producen las más tiernas imágenes, hembras amamantando a sus crías, cabritillos jugueteando plácidamente, es un auténtico remanso de paz y felicidad.

 

La invernal
Finalista
Fernando Vilardebó
Argentina

El plan fue definido con meses de antelación. El lujo de julio, 4 días de montaña. Gracias al día de la bandera, jueves 20, un viernes feriado puente, ¿puente de qué?, cuatro días rojos en el almanaque y un paisaje sacado con millas. El plan está en marcha, el esquivo Volcán Licanbur, en Bolivia, con Silvina Gómez y Rafael Kühl, estrenando amor y nuevo Citroën C3. Al poco tiempo se une al plan Guillerno Oro y ofrece su VW Bora, más grande y cómodo, ya éramos un dream team. Perfecto.

Salir desde Salta pasando por Jujuy, Purmamarca, cesta de Lipán, Salinas Grandes, Susques para aclimatar un día, cruzar a Chile por el paso de Jama, y bajar —un sinsentido burocrático— hasta San Pedro de Atacama a hacer migraciones, volver a subir y salir hacia Bolivia, entrar en la Reserva Natural Eduardo Avaroa, encontrar el refugio del Hito Cajón, y aclimatar un segundo día y salir al tercer día hacia un campamento cercano a la base del volcán, en lo posible con la guía de Macario Berna Muraña, el expertise del lugar. El cuarto día será de montaña propiamente dicho, un día completo de ascensión para subir hasta la cumbre de casi seis mil metros.

 

Acariciar el cielo
Finalista
Cristina Fernández Valls
España

Nací en Pheriche, en la base del Everest. Mi madre daba comidas a la gente que pasaba por el pueblo y mi hermana, cuatro años mayor que yo, la ayudaba en el comedor y en la cocina. Mi padre trabajaba como porteador y guía de montaña en expediciones sencillas. A los trece años empecé a trabajar con él, sólo en el camino del pueblo al campamento base. Venía mucha gente curiosa, mi padre decía que eran ricos y que como a tales debíamos tratarlos, porque se gastaban mucho dinero para decir que habían llegado hasta aquí. Un día le dije a mi padre que si se gastaban tanto dinero sería porque les gustaba venir, entonces me corrigió:

—Los ricos no se gastan el dinero en venir aquí, se lo gastan en decir que han venido.

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