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Montañismo y Exploración
Longitud

En el siglo XVIII, los métodos para encontrar la longitud en el mar eran imperfectos y una equivocación podía equivaler a perder uno o más barcos, con pérdidas cuantiosas. La corona inglesa decidió otorgar un premio de 2o mil libras a quien entregara la solución a este problema. Esta es la historia de cómo fue resuelto el problema.







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Dava Sobel. Longitud. La verdadera historia de un genio solitario que resolvió el mayor problema científico de su tiempo. Editorial Anagrama, Madrid. 1995. 202 páginas. ISBN: 978-84-339-7269-9


Para quienes vivimos en este tiempo donde todo puede ser ubicado vía satélite por medio de un GPS de bolsillo, el tema de la longitud puede no atraernos. Pero volteemos a ver qué tan importante era la longitud en el siglo XVIII como para que la corona inglesa quisiera premiar con 20 mil libras esterlinas (de su tiempo, una fortuna) a quien encontrara una forma de encontrar la longitud de manera acertada.

La razón era sencilla: la longitud es difícil de establecer y antes del siglo XVIII los métodos en que se basaban los capitanes de navíos para establecerla requerían varias horas de cálculos y el resultado podía ser impreciso, por lo que el capitán elegía la mejor opción. Las decisiones tomadas sin hechos palpables solían ser corazonadas y algunas veces terminaban en desastre. Una flota de la armada inglesa se perdió por completo por una decisión de este tipo y varios barcos mercantes se habían perdido, lo que no favorecía nada al país.

Esa fue la razón por la que se otorgaba el premio a quien pudiera encontrar un método para hallar la longitud con un rango de error bastante alto, pero muy reducido para la época.

Longitud narra la historia de esa competencia pensada básicamente para científicos pero alguien que no lo era anotó el problema y se dedicó a ello. Autodidacta, perfeccionista y sin más preparación que lo que pensaba y podía intercambiar, pero con todas las herramientas que le proporcionaba ser un excelente artesano, trabajó años en ello hasta que lo resolvió más allá de los límites que marcaba la convocatoria.

Pero él no estaba satisfecho y en lugar de recoger el premio pidió permiso para mejorarlo. Lo mismo pasó con sus relojes posteriores: siempre pedía tiempo para mejorarlos. Con el tiempo, desarrolló un reloj de bolsillo que si bien pesa más de un kilo, era una verdadera herramienta que se podía usar para establecer la longitud con mucha precisión.

Con el paso de los años, las personas del “Consejo de Longitud” que pudieron haberle otorgado el premio sin vacilación, habían muerto y las habían sustituido otras. Como dice la autora: “No se puede hablar de un héroe sin hablar de un villano”, y este papel le tocó a Nevil Maskelyne, quien estaba especialmente interesado en el premio pero que ocupaba un puesto dentro del Consejo de Longitud: director del Observatorio Astronómico de Greenwich. Como científico, había apostado todo a las observaciones astronómicas y obstaculizó la entrega del premio a Harrison.

Al final, John Harrison, que había comenzado por ser un carpintero y se había vuelto el relojero más perfeccionista del mundo y por lo cual, quizá, era menospreciado por Maskelyne, recibió el premio. Sus relojes fueron el antecedente de lo que hoy conocemos como cronómetro (palabra que se acuñó en torno de estos inventos).

Esta es la historia que cuenta, con más detalles, Dava Sobel.

El libro tiene un ingrediente importante: la historia del hombre buscando un método para determinar la latitud, que en realidad se puede extrapolar a la historia de la relojería o de la navegación. Sin embargo, el libro tiene algunas carencias, como la dificultad de explicar el mecanismo interno de un reloj o la forma de encontrar la latitud por medio del movimiento de la luna. Ninguna de las dos es fácil de explicar sólo en letras y el lector tiene que prestar mucha atención a estos pasajes si es que no quiere regresar varias páginas cuando se mencione más adelante.

Desde mi punto de vista, para comprender mejor el tema de la longitud, hace falta hablar más de las navegaciones anteriores y cómo lo resolvían (la autora lo explica pero en sólo dos ejemplos), un poco de historia del reloj, sea de arena o del péndulo, y una continuación profunda hacia lo que es ese tema en la actualidad. Por supuesto que es mencionado, pero si el libro de llama Longitud, uno espera verse empapado de ese tema y no quedar sólo en la historia de John Harrison.

Comparado con otros libros de divulgación científica (Los cazadores de microbios de Paul de Kruif, Comenzó en Babel de Herbert Wendt o Dioses, tumbas y sabios de W. A. Ceram), se queda muy corto en calidad de narrativa, pero el tema es bueno y uno aprende en un solo tomo bastante del tema.

Una pregunta que salta es ¿cómo es que los relojes más famosos actualmente son suizos cuando fue un inglés quien lo desarrolló y perfeccionó aun sin usar metales? Cualquier lector se preguntará cómo es posible que hubiera un reloj (y toda su maquinaria interna) sin metal. Fue una de las genialidades de Harrison.



 



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