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Montañismo y Exploración
En el vientre del mundo: primer descenso del Cañon Colcá 2
26 febrero 2013

En 1981, un grupo de seis polacos llegaron a Perú con la intención de hacer descensos por los ríos que aún no se habían navegado. Uno de ellos fue el Cañón Colca, en Arequipa. Era el cañón más profundo del …







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En 1981, un grupo de seis polacos llegaron a Perú con la intención de hacer descensos por los ríos que aún no se habían navegado. Uno de ellos fue el Cañón Colca, en Arequipa. Era el cañón más profundo del mundo y nadie lo había siquiera explorado. El grupo se metió a ese cañón y pronto descubrió que su cálculo de tiempo dentro del río era demasiado conservador. Pero ya no había salida ni marcha atrás. Esta es la continuación del artículo de Andrzej Pietowski sobre ese primer descenso.

Esa fue la primera lección. La segunda vino dos días después, durante el cuarto día, cuando el kayak que yo remaba naufragó en los rápidos. No habíamos traído ninguna resina con nosotros para reparar los daños así que, por desgracia, lo dejé sobre un afloramiento de rocas y tomé un lugar en la balsa. No había seguridad ahí. Ninguna amortiguación.

Los días pasaron rápidamente. Nos sentíamos cada vez más y más cansados, dándonos cuenta de que nuestra estimación de cinco días estaba muy lejos de la verdadera marca. Muchas cascadas eran simplemente demasiado arriesgadas y terminábamos porteando nuestros suministros rodeándolas. Además, el río se ensanchaba en algunos puntos hasta aproximadamente 20 metros y se reducía a tan sólo 3. A veces, nuestra balsa quedaba atrapada entre bloques y permanecía en el agua mientras tratábamos frenéticamente de ponerla de nuevo en la corriente. Yo temía siquiera pensar en lo que nos sucedería si la balsa se pinchaba o si perdíamos nuestro otro kayak.

El paisaje era verdaderamente deslumbrante. De algún modo, me resulta imposible describirlo, no vienen a mi mente adjetivos adecuados. Tal vez “mítica” y “primordial” sean los que más se acerquen. En un viaje posterior, llevaríamos a varios geólogos con nosotros a través del Colca y no pudieron separar sus ojos de las paredes del cañón —aquellos testamentos vivos, esas estrías que llevan impasiblemente la historia de la formación de nuestro planeta. Era tras era. Siglo tras siglo. Periodo tras periodo. A diferencia de esos geólogos, tomé un interés más activo en las muchas torres de roca que empujaban en el río, que se extendían por kilómetros continuos, aparentemente congeladas en el espacio. Varias de ellas parecían esculturas. Distinguí una cabeza de niño en una, un camello en la otra y, el más misterioso, un castillo muy complicado con dos torres rocosas.

A menudo escrutábamos la corriente que venía de una fuente termal. Geológicamente, la zona está llena de actividad, a pesar de su apariencia estéril. Un elemento familiar era la franja de azul que vimos más arriba, muy arriba, pero con demasiada frecuencia se tornaba un carácter extraño, salpicado cada vez más con siluetas escarpadas de cóndores.

Fue nuestro quinto día, después de una experiencia particularmente penosa de portear nuestros suministros en torno a una cascada, que la cruda realidad de nuestra situación apareció. A las tres de la tarde el sol se ponía detrás de los picos a nuestra derecha, aumentó el frío y decidimos vivaquear. Nuestra ropa, ligera como era, estaba empapada. Colgamos nuestros suministros para que se secaran, preparamos la cena a partir de la variedad de polvos y alimentos secos que habíamos traído mezclándolas en una olla grande. Nuestro combustible hacía tiempo se había terminado y habíamos tenido que recurrir a la recolección de ramas que pudiéramos encontrar para encenderlas. Parecía que nada crecía a lo largo del Colca —durante cinco días que no habíamos visto un solo trozo de vegetación— y sabíamos que íbamos a tener que confiar en nuestras propias provisiones. Pero las habíamos medida con la preocupación de un boticario y ese día, mojados, cansados más allá de lo imaginable, nos dimos cuenta de que si no recobrábamos nuestro ritmo, simplemente podríamos morir de hambre.

Nuestra charla, como sucedía a menudo, era sobre comida. Alguien recordaba algunos pasteles maravillosos que había probado en un hotel en Cracovia. Hablando de comida parecía nuestro pasatiempo favorito, además de mantener los ojos fijos en las paredes verticales por encima de nosotros, donde quiera que nos deteníamos, en busca de los primeros signos de una avalancha. Un mínimo codazo tectónico habría significado el fin para nosotros.

Durante ese tiempo, tuve dos sueños recurrentes. En el primero, éramos sepultados por una avalancha y en el segundo estaba a la deriva en el río sin poder parar, y podía escuchar el rugido de una cascada, más fuerte a cada instante. Mis compañeros dijeron haber tenido sueños similares.

Con el tiempo, los cóndores se hicieron más y más atrevidos. Nuestro único consuelo era que si moríamos, estas enormes aves difícilmente habrían hecho una comida con nosotros seis, pues parecíamos esqueletos andantes.

Después del quinto día, el resto se confunde en mi mente. La monotonía de esos días: mantener la dañada balsa con todas nuestras fuerzas mientras danzaba en lo alto de una cascada, portear nuestros suministros, hacer campamento, levantar el campamento, soñar con avalanchas, filmar el paisaje, observar en silencio la belleza de la vista revelada más allá de la curva del río, anticipar el peligro, el alivio de ver qué pasaba... Nudillos pelados. Quemaduras de sol. Nuestros chistes, nuestras conversaciones. Monotonía.

Nunca hablamos de las cosas más cercanas a nosotros. Nunca mencionamos las cosas más importantes. La frialdad de la noche. La Duda. La esperanza. El significado detrás de las experiencias. Nunca hablamos; aún era demasiado pronto para eso.

Al décimo día vimos una serie de colinas parecidas a las que habíamos visto en las fotografías tomadas por José Arias: colinas erosionadas que marcaban la ubicación de algunos saltos de agua y luego, con suerte, el primer asentamiento humano.

En el undécimo día, recuerdo las tres cascadas sobre las que llevamos nuestras provisiones a nuestras espaldas. Fue probablemente la parte más fatigosa de nuestro viaje, nuestro calvario. De repente, vi a lo lejos vegetación, hermosos racimos de verde. ¿Es una alucinación? No, es real. El fin del cañón. “Tierra, tierra”, le dije a mis compañeros.

Nos orillamos con las pocas fuerzas que nos quedaban e hicimos tierra en una pequeña playa rocosa. Notamos inmediatamente que detrás del follaje nos examinaban con recelo unos ojos. Entendíamos su miedo. Estos indios, descendientes directos de los incas, tienen una marcada aversión al agua. Se cree que ninguno de los antiguos incas sabía nadar y su mitología incluye una gran cantidad de demonios de río. Aparentemente, algunas de estas creencias persisten en la actualidad. Más de una vez hemos observado que los indios andinos que llevan un rebaño de llamas a casa desde el otro lado del río, no cruzan un puente peatonal después de la puesta del sol: aunque estuvieran más confortables del otro lado del río, se enrollan con fuerza en sus ponchos y esperan pacientemente la salida del sol. Frente a seis blancos extraños con barba, que llegaban por donde nadie en su recuerdo se había acercado antes, estaban asustados. Tenían razón para tener miedo.

Nos quitamos los cascos lentamente y llamamos a los indios en español. Esto aclaró sus mentes. ¿Dónde estamos? ¿En Canco? Sí, sí ¡en la Hacienda Canco! ¡Estamos salvados!

Nos saludaron efusivamente, nos llevaron comida, como siglos antes otros indios hicieran con Cristóbal Colón en las costas de América. No sabría decir si trataban de aplacarnos o porque estábamos muertos de hambre. Había maíz dulce, queso blanco y, en el poblado al que nos llevaron, huevos. Los suficientes para que tuviéramos dos cada uno.

Por la noche teníamos en nuestras manos un periódico, de unos pocos días atrás, y sólo entonces descubrimos que el Papa había sobrevivido. Fuera de toda la alegría que sentimos en ese momento, llamamos a las grandes cascadas que habíamos porteado esa misma mañana con el nombre de Juan Pablo II. Entonces encontramos una botella de whisky en nuestras provisiones (de nuevo, no puedo decir con seguridad si la habíamos dejado para celebrar una ocasión reservada o como un amortiguador frente a un destino peor) y bebimos con nuestros nuevos amigos indios.

Tomamos un descanso de diez días e hicimos reparaciones, los siguientes 56 kilómetros de nuestro viaje nos llevaron sólo cinco días. El terreno era amable y nos quedamos encantados de que el agua turquesa de la Mamacocha cubriera bloques en el río, haciendo nuestro viaje mucho más fácil y más rápido. Nos relajamos, bajamos la guardia y estuvimos a punto de morir en lo que resultó ser una cascada muy hermosa. Con ironía, la llamamos Profesor Reparaz. Entonces todo llegó a su fin. De repente, las paredes del cañón se echaron hacia atrás tan fácilmente como un telón de teatro. El río corría ya a lo largo de una superficie plana y recta hasta el Pacífico. Tenemos algunas fotografías en las que estamos haciendo muecas a la cámara. ¿Se había acabado? ¿Era el final? Parecíamos desgastados, con la ropa hecha jirones.

Antes de que nos diéramos cuenta, estábamos en una conferencia de prensa: fotógrafos, micrófonos. De pronto nuestras fotos estaban en los periódicos. Estábamos en TV. La gente quería tocarnos, nos llamaba. Tuvimos una audiencia con el presidente del Perú.

¿Qué sacábamos de todo esto? Lo que más recuerdo es un momento fugaz en que, flotando fuera del cañón, todos nos vimos hacia atrás para una última mirada, como si quisiéramos recordar esas interminables paredes verticales que nos habían dominado desde lo alto por casi un mes. De repente, experimenté la sensación de anhelo, anhelo por el cañón. Era casi como si hubiéramos dejado algo allí, algo viable, la respiración, una parte pequeña pero viva de nosotros mismos. Ese anhelo se ha mantenido en mí desde entonces. Por este cañón, por otro, a lo mejor todavía invicto.


La historia del primer descenso del cañón Colca fue escrita en polaco y traducida alinglés por Dark Oglaza para que apareciera en el libro First Descents. In Search Of The Wild Rivers, editado por Cameron O’Connor y John Lazenby para Menasha Ridge Press. Birmingham, Alabama. 1989. Después fue publicado en la página de Canoandes.com. Traducción al español por Carlos Rangel, con la autorización de Andrzej Piętowski.


Ver Cañón Colca, Perú en un mapa más grande


Más información

Canoandes.com

Colca Canyon en Wikipedia

Sitio oficial del cañón Colca



 



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