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Montañismo y Exploración
El antropólogo inocente

Cuando un antropólogo hace su primer estudio de campo se encuentra con muchas situaciones que nadie ha escrito, quizá porque les pareció que son minucias que el trabajo debe llevar. Nigel Barley decidió contar su experiencia y divertir al lector al mismo tiempo. El antropólogo inocente es prácticamente la guía de sufrimientos de un estudioso de campo en antropología. Ya madurará.







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Nigel Barley. El antropólogo inocente. Notas desde una choza de barro. Editorial Anagrama, Barcelona. 1989. 238 páginas. ISBN: 978-84-339-2518-3

 

Un antropólogo es una de esas personas que ha estudiado varios años para estudiar al hombre y, de preferencia, en el lugar donde vive en hombre, no tras un escritorio impartiendo clases. Eso mismo es lo que Nigel Barley se planteó cuando decidió hacer su primer trabajo de campo en África: poder narrar a sus alumnos sus propias anécdotas y no las que había leído en los libros, precisamente porque quiere ser un antropólogo bien formado y no sólo educado en instituciones de prestigio:

“…los antropólogos se han sitiado a los pies de santos hindúes, han visto dioses extraños, han presenciado ritos repugnantes y haciendo gala de una audacia suprema, han ido a donde no había ido ningún hombre. Están, pues, rodeados de un halo de santidad y divina ociosidad.”

Después de decidir a qué parte del mundo ir (y en ese tiempo descubrir que el mundo es demasiado extenso), descubre algo:

“Los dos obstáculos que me quedaban por salvar eran a saber, conseguir dinero y autorización para investigar. De haberme percatado desde el principio de que me aguardaban dos años de esfuerzos continuos para hacerme con las dos cosas al mismo tiempo, quizá habría regresado a la cuestión de si todo aquello valía la pena. Pero por fortuna mi ignorancia me resultó útil y comencé a aprender el arte de arrastrarse para recaudar fondos.”

Pero no se intimida y termina en algún lugar de África, plantado en un pueblo que no conoce y no lo conoce. Ahí comienza su verdadera aventura: sobrevivir entre ellos y descubre que lo que se ha dicho de los antropólogos sobre el trabajo de campo es prácticamente nada y que cada uno de ellos ha tenido que recorrer el mismo camino como cuando transcurre la adolescencia: solos.

Suceso tras suceso, Barley va contando no su trabajo antropológico sino sus vivencias como trabajador de campo y si llega a mencionar su trabajo es porque tiene relación con lo que está viviendo. Como buen novicio, le pasa lo inimaginable: descubre que hay animales de cuidado, o cabras que quieren comer todas sus pertenencias, un techo que deja pasar toda el agua de lluvia mientras él trata de dormir, protegiendo sus libretas de campo. Tras tanto suceso uno se pregunta a qué se refiere el autor cuando escribe que comienza “la etapa más infeliz de mi viaje”.

Al descubrirlo, no queda más que reír, por lo absurdo: tras un accidente acude a un odontólogo y luego de algunas preguntas:

“Sin más discusión, éste agarró unas tenazas y me arrancó los dos incisivos. Lo inesperado del ataque me aletargó los sentidos en cierta medida y mitigó el dolor de la extracción. Según declaró, los dientes estaban podridos. Quizá siempre los había tenido podridos, aventuró misteriosamente. Me los había quitado, de modo que estaba curado.”

Un minuto después se da cuenta de que no fue el dentista sino un mecánico (a quien ha confundido por tener bata blanca). Pero eso es solo el principio de una serie de acontecimientos que el autor ha sabido manejar de manera inteligente en lo psicológico y divertida en lo literario.

El libro es lo que un antropólogo pudiera esperar en su (primer) trabajo de campo, algo que no se había escrito antes y que seguramente les viene al dedo a todos ellos. Y no sólo a los antropólogos sino a los viajeros que tienen la intención de pasar un tiempo con comunidades distintas en países muy diferentes al suyo.

Un libro dedicado “Al jeep” debe ser sumamente divertido (y lo es); debo decir que varias veces tuve que soltar la carcajada al leer una anécdota más. Y un último detalle es su re-encuentro con su propio mundo:

“Toda separación te deja una sensación de vacío, un ligero regusto de soledad cósmica. Resulta difícil no empezar a olvidar de inmediato que el estudio de campo consiste fundamentalmente en un aburrimiento, una soledad y una desintegración mental y física intensos. Sobre tu memoria desciende una neblina dorada, los salvajes se vuelven más nobles, el ritual más impresionante, el pasado se reestructura para conducir inexorablemente a algún gran propósito del presente. Sólo gracias al diario que no dejé de escribir sé ahora que el sentimiento que experimentaba entonces era fundamentalmente de histérica alegría por haber terminado… La paradoja del viajero espacial einsteiniano es una de las que más ha dado que pensar a los matemáticos. Después de recorrer el universo a gran velocidad durante unos meses, regresa a la Tierra y descubre que en realidad han transcurrido décadas enteras. El viajero antropológico se encuentra en la posición opuesta. Durante lo que parece un periodo de tiempo extraordinariamente largo, permanece aislado en otros mundos, donde se plantea problemas cósmicos y envejece de forma considerable, para regresar y descubrir que tan sólo han pasado unos meses. La bellota que plantó no se ha convertido en un gran árbol, apenas ha tenido tiempo de sacar un débil brote, sus hijos no se han vuelto adultos y únicamente sus más íntimos amigos han notado su ausencia.”

Y tras todo esto, el lector creería que un antropólogo no abandonará en absoluto la cómoda guarida en donde ha crecido y vivido la mayor parte del tiempo, pero el autor nos lo delimita así:

“Pero en el estudio de campo hay algo que forma insidiosamente hábito. La resaca antropológica no es más efectiva como terapia de aversión que cualquier otra. Varias semanas después de mi retorno llamé por teléfono al amigo cuya conversación me había decidido a marcharme al campo.
“—Así que has vuelto.
“—Sí.
“—¿Ha sido aburrido?
“—Sí.
“—¿Te has puesto muy enfermo?
“—Sí.
“—¿Has traído notas a las que no encuentras pies ni cabeza y te has dado cuenta de que te olvidaste de hacer todas las preguntas importantes?
“—Sí.
“—¿Cuándo piensas volver?
“Me reí débilmente. Sin embargo, seis meses más tarde regresaba…”

Cualquier parecido con la pasión por la montaña, debe ser mera coincidencia o asunto de investigación por la naturaleza humana.

Que lo disfruten.

Puedes leer un fragmento del libro (en formato EPUB) aquí



 



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