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Montañismo y Exploración
Isabel Suppé sobrevive montañas
24 marzo 2011

Un accidente en el Condoriri, Bolivia, hizo que Isabel Suppé pasara dos noches a la intemperie con una fractura expuesta después de haber caído 400 metros por una pared que ya había escalado.







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3.- La presencia de la ausencia: el entreacto

Isabel y Peter se despertaron en el campo base a las 12:30 de la madrugada. La noche resplandecía barnizada de cristales de hielo. Subieron hasta el glaciar cargados con las mochilas llenas de material. A las siete miraban hacia el cielo para contemplar desde la base del Ala Izquierda del Condoriri la verticalidad de la pared por la que se disponían a ascender.

Escalaban ya el penúltimo largo. Isabel, preocupada por las condiciones del hielo, reforzó la reunión con un tercer anclaje. A fin de garantizar la solidez de la reunión, se situó unos pasos más abajo para no cargar tanto peso sobre ella. Cuando Peter llegó hasta donde ella estaba y se autoaseguró, Isabel le pidió que no se moviera. Pero él no estaba cómodo y siguió avanzando. Entonces resbaló y comenzó a caer por la pared. Isabel oyó cómo la reunión crujía al ser arrancada de la nieve: “estoy muerta” pensó con una enorme lucidez. Efectivamente, la caída de Peter descuajó la reunión y arrastró a Isabel con ella. Imantados por la fuerza de la gravedad, ambos volaron por 400 metros de hielo y roca.

Inexplicablemente, Isabel sintió que iba frenando. Y que al final se detenía. Y que no estaba muerta. Que estaba viva, al igual que Peter.

Durante la caída la cuerda se le había enredado alrededor del cuerpo y le presionaba las costillas. Se liberó de ella. Cuando fue a levantarse se dio cuenta de que la pierna derecha no la sujetaba: se había partido el tobillo. Su bota derecha empezó a mancharse de sangre. Peter también tenía las piernas partidas. Isabel recogió las cuerdas para que Peter se sentara encima y se aislara así del frío del glaciar.

Durante la caída parte de su mochila se había abierto y cuando la examinó vio que su plumífero había desaparecido. Entonces se asustó de verdad. Pero miró a su alrededor y lo vio no demasiado lejos de ella. Se arrastró hasta él y se abrigó. Después se deslizó hasta una zona pedregosa y pasó la noche en el amparo del frío caliente de la roca en lugar de en el helado frío del hielo.

Al día siguiente Isabel valoró la situación. Decidió que tenía que tratar de atravesar el glaciar a lo largo de toda la base de la pared y tratar de llegar hasta el collado, desde donde podría hacer señales de luz para que fueran vistas desde el campo base y así alguien acudiera en su ayuda. Pero su pierna le impedía caminar. Y para más colmo, el terreno estaba aguijoneado por mil penitentes que le dificultaban el avance.

Como no podía levantar la pierna, enganchaba el bastón al crampón de su pie lastimado, lo elevaba y así ella avanzaba arrastrándose. Después, con la mano, atraía la mochila hacía sí: la necesitaba para aislarse del hielo del glaciar durante la noche. La pierna dolía de forma punzante cuando la obligaba a determinados movimientos, pero el resto del tiempo el dolor era una sensación difuminada y plana. En vez de la huella habitual, a su paso una línea de sangre iba indicando el camino recorrido.

Isabel sabía que era vital que se hidratara para no sufrir congelaciones. Mientras se arrastraba por el hielo, se acercaba a los charcos que se habían derretido en el seno del glaciar con el calor del sol y recogía en una botella vacía un poco de agua helada. Para no enfriarse aún más, se metía pequeños sorbos en la boca, esperaba a que se calentaran entre sus mejillas y finalmente se los tragaba. Comía algo del charqui que llevaba para la escalada: no tenía hambre, pero la sal de la carne le ayudaría a retener la poca agua que podía beber.

El collado al que necesitaba encaramarse se elevaba pedregoso y entre rocas por encima del glaciar. Isabel sabía que una vez allí no podía fallar. Cuando empezara a trepar hacia él, si resbalaba, podría caer otro buen trecho y se iba a destrozar la pierna aún más. Y si encima tenía un poco de mala suerte, se podría caer a una grieta del glaciar. Pero según pasaban las horas, Isabel comprendió que ese día no iba a poder llegar hasta el collado. Así que se dispuso a pasar una nueva noche glacial.

Se sentó encima de la mochila. El macuto no le ofrecía espacio suficiente para tumbarse. Isabel era consciente que si se dormía tal vez no se despertaría nunca más, así que permaneció sentada y con la cabeza apoyada sobre el bastón: de esa manera, cuando se dormía se despertaba al caérsele la cabeza. Se frotaba los brazos y las piernas para no congelarse. A cierta distancia, Peter dejó de hablar. Y finalmente el frío de la noche se lo llevó. Y ella no pudo hacer por él más de lo que ya estaba haciendo.

A ratos a Isabel le parecía que a lo lejos, en la silueta de la montaña, brillaba una frontal, y entonces una oleada de alegría y de alivio la inundaba y comenzaba a gritar pidiendo ayuda. Hasta que se daba cuenta de que le estaba gritando a una estrella que justo salía de detrás de la sombra de la silueta de la montaña. Y así se zambullía en la inmensidad del próximo eterno instante.

Al amanecer de la tercera mañana vio acercarse a la brigada de rescate. Agitó mucho los brazos para que no la creyeran muerta. Ni siquiera llevaban agua caliente: el rescate iba a recolectar dos cuerpos sin vida. Pero ahí estaba la fuerza latente de Isabel. Con la suavidad de las plumas de nieve de su ala izquierda, el Cóndor empolló durante dos días y dos noches a Isabel con una frigidez solícita de carroñera clueca. Pero Isabel luchó por el calor, luchó por la vida y no cedió a la tentación del viaje hacia ese inti divino al cual vuela alto el Cóndor. Isabel no aceptó ser una ofrenda a los apus, Isabel se quedó en la tierra, por fría que ésta estuviera, con una contundencia que no dudó ni un solo minuto. Isabel no voló al sol.

4.- El calor

La Paz. Jordi y yo nos metemos en un colectivo. El cobrador repite la ruta como si fuera un rosario automatizado e inconsciente. Nos detenemos en la avenida 6 de Agosto a la altura de la plaza Avaroa. En el Alexander Coffee compramos dos porciones de la cheesecake con la que Isabel soñaba durante el rescate.

La habitación del hospital es blanca y tranquila. Con la pata envuelta en una férula y andamiada por dentro con dos placas y trece tornillos que le incrustaron en sus huesos a lo largo de dos operaciones para reparar su fractura expuesta de tibia y sus ligamentos rotos, Isabel sonríe con una mirada limpia y clara, y con muchas ganas de irse al gimnasio. En cuanto la desaten del gotero se irá a nadar y a entrenar de la forma en que su férula le permita. Y tan pronto como le sea posible, está decidida a volver a escalar. Y a entrenar religiosamente para escalar más fuerte aún que antes.

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