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Montañismo y Exploración
La montaña plana

Una carrera de 42,198 metros vista desde la perspectiva de un competidor que además es montañista y, de paso, doctor aficionado a analizar la fisiología del cuerpo humano para sacar más provecho de sí mismo en cada prueba que se pone a sí mismo, como esta “montaña plana”.







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La combustión de la glucosa con agua en el músculo produce dos sustancias: la primera es el bióxido de carbono, que normamente uno expulsa con la respiración. Pero a medida que uno sigue haciendo esfuerzo, se produce en cantidades tales que no es posible movilizarlo rapidamente hacia la sangre y se acumula formando ácidos. De todos, el más doloroso es el ácido láctico, porque se acumula en el mismo músculo, se cristaliza, y puede tardar días en disolverse.

Este dolorcillo es muy rico los lunes cuando vas a trabajar después del fin de semana en la montaña. Pero no durante el ejercicio. Eso era nuevo para mí. Al subir el puente de Coyoacán comencé a sentirlo y me preocupé. Pero olvidé la preocupación porque la sustituyó el dolor.

Kilómetro 32. Me encontraba ya al final del Circuito Interior Río Churubusco y nos empezamos a enfilar por la continuación del Eje 5, La Piedad. Empezaba a sentir ya muy profundamente el dolor de mis pantorrillas y muslos. Sentía muy lenta mi carrera pero al mismo tiempo estaba sorprendido por mi paso. Afortunadamente iba junto a dos personajes que año con año corren el maratón: a uno le apodan el “Basurín”, un corredor vestido de traje de pana —¡con ese calor!— y forrado de latas de aluminio; el otro era el “Peluchín”, vestido a su vez con por lomenos 50 muñecos de peluche de todos colores. Se decían albures y gritaban de lado a lado. Fue muy divertido.

Repentinamente, una horda de por lo menos cien ciclistas invadió el eje. Llevaban imágenes de la Virgen de Guadalupe y supuse que iban de peregrinación pero no había elementos de seguridad o apoyo para evitar que entraran en la ruta del maratón. Todo fue confusión porque los ciclistas se sentían con derecho de vía de paso… y los maratonistas también.

Nadie puso orden. Escuchamos un escándalo de latas: era “Basurín” en el suelo, quejándose. No pude evitar la tendencia a ayudar y me detuve (otros corredores también) y lo ayudamos a levantarse. No pasó a más. Al levantarme para seguir corriendo, casi caigo al suelo: mis piernas ya no respondían y se contraían en espasmos muy dolorosos. Caminé y después de media hora logré trotar de nuevo.

Hasta el km 35 había un puesto de ayuda. Aproveché para un rápido masaje y volver a recuperar la cadencia. Fue mi tramo mas penoso.

El km 38, en la Calzada de tlalpan. Además de mi Ipod llevaba una tarjeta electrónica del metro: si algo salía mal me subiría al metro y abandonaría la carrera. Vi la estación del metro y sentí la tentación de renunciar. Tan simple como subirse, viajar en la misma linea e incorporarse en los últimos 198 metros del Maratón. La neta, lo pensé.

Frente a mí iba una chica. El bloque de mujeres había salido casi media hora antes que los hombres, así que ella estaba ya muy retrasada. Vi que metía la mano a una bolsa de su short cuando nos acercábamos a la siguiente estación del Metro. “Tampoco aguanto las ganas de subirme, pero inténtalo en la estación que sigue” y le enseñé mi tarjeta del metro. Sonrió y siguió corriendo.

Más estaciones del Metro hasta que el kilómetro 40. Sentía que no podía llegar. Bajé el ritmo y creo que salí del túnel caminando. Sentí una mano en mi antebrazo. Era Elena, la chica del Metro. “No me subí al metro”, me dijo. “Mira de frente, ahí se ve la meta.”

De frente a lo lejos, ya se veía. Valía la pena un último jalón. Lo que dicen es verdad: lo más duro son los últimos 198 metros.

Al llegar, levanté las manos para la foto y miraba a la cámara mientras pasaba sobre el tapete sensor del chip y triunfalmente… tropecé con uno de sus bordes y caí al suelo de rodillas. Recogí mi orgullo y ya con la línea de meta detrás, simplemente grité. “Señores, ¡he llegado!” Me levanté caminando como si nada.

Entregué mi chip, recibí mi medalla y sólo hasta que me sentí solo, empecé a sollozar del dolor. ¡Pero qué orgullo! Los cálculos sobre fisiología fueron correctos. El equipo (ese es otro tema), funcionó perfectamente. Con buena biomecánica me protegí mis rodillas. Logré bajar de mi montaña plana.

Al salir al guardarropa me encontré con escenas aún más serias: subían corredores a las ambulancias, algunos otros tenían los dedos sangrando por uñas desprendidas, otros eran cargados por sus familiares. No cabe duda: es una prueba peligrosa. Me tomó dos días eliminar el ácido láctico de mis músculos. Es normalmente lo que me toma después de una expedición fuerte. Eso es buen signo también.

Recapitulando

Correr un maratón, rodar una prueba de ultra-distancia, escalar una montaña en estilo super alpino… Aunque la biomecánica, la técnica y el equipo varían, no son cosa simple ni deben ser presumidas tan sólo con superlativos. Una de estas pruebas no se define con términos como “el último reto”, “la aventura extrema”, “la prueba más dura del mundo y el universo”, ni ningún otro.

La magnitud se define a través de conocimiento profundo sobre lo que se está haciendo, con entrenamiento y, sobre todo, con trabajo intenso sobre el metabolismo. Hay que hacerlo cambiar, para definir con precisión cómo llegar con seguridad, porque se trata de energía. Y uno puede morirse de no hacerlo bien. Hay que eliminar y controlar al máximo las variables peligrosas.

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